Madres de la Plaza, ¡los pueblos del mundo las abrazan!
Las Madres de Plaza de Mayo de Argentina cumplen 49 años de organización y de lucha constante por la Memoria, la Verdad, la Justicia y la revolución social. Una historia que trasciende fronteras y ya es leyenda. A continuación, una breve cronología.
1977
—¡Circulen!— ordenó, con severidad, el policía. Pero las 14 mujeres habían ido decididas a hacerse oír, después de tantos ruegos desatendidos. Estaban allí para reclamar que las recibiera quien ejercía el cargo de presidente de la república después del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. —¡Circulen, están prohibidas las concentraciones, no pueden quedarse paradas acá!— el policía volvió a gritar.
—Circulemos— les dijo a sus compañeras Azucena Villaflor, quien había tenido la idea de llevar la protesta hasta la mismísima Plaza de Mayo, a las narices del dictador Jorge Rafael Videla, que estaba allí nomás, dentro de la Casa de Gobierno que usurpaba en nombre de una alianza militar-empresarial.
—Circulemos… demos vueltas a la pirámide, si caminamos no tendrán motivos para sacarnos— argumentó la mujer, y dio el primer paso. La siguieron las demás, porque la decisión de Azucena contagiaba y porque, aún con miedo, ese puñado de mujeres —a las que nadie decía dónde estaban sus hijos, sus hijas, capturados por los militares y sin paradero conocido desde entonces— sabía que ya no podían quedarse sin reaccionar. «Algo habrán hecho», les decían. «Algo habría que hacer», pensaron las madres, y empezaron a marchar.
Se tomaron del brazo para darse fuerzas, para vencer el miedo. Y convirtieron la concentración prohibida en una ronda, en una marcha que comenzó aquel sábado 30 de abril de 1977 y no se detuvo nunca más. Así, a fuerza de coraje y dignidad, con todo en contra y con pocas posibilidades de lograr la sencilla pero titánica tarea que se habían propuesto, nacieron las Madres de Plaza de Mayo. Las Locas de la Plaza, como las llamaron para descalificarlas. Esas señoras a las que los voceros del régimen mandaban a que volvieran a la cocina, a atender a sus maridos, y las acusaban de no haber cuidado a sus hijos desaparecidos, de haber dejado que se convirtieran en “terroristas”. Así denominaban a los militantes revolucionarios para deshumanizarlos y pretender justificar el aniquilamiento masivo de lo más valioso de toda una generación: los hijos y las hijas de las Madres, los y las que, aún después de haber sido capturados, torturados y desaparecidos, proyectaron su compromiso a este grupo de mujeres. Ellas, que ante cada ofensa de los poderosos fueron comprendiendo todo con mayor claridad y radicalizaron sus posturas cada vez más, hasta convertirse en una fuerza incontenible para los personeros del genocidio y los defensores de la impunidad.

Azucena Villaflor
2002
«La revolución, inexorablemente se acerca cuando escuchamos a los compañeros con tanta precisión hablar de organización, de formación para la revolución. En cada uno de ustedes ha nacido nuevamente uno de nuestros queridos y amados guerrilleros revolucionarios», grita, con todas sus fuerzas, la mujer del pañuelo blanco. Se trata de Hebe de Bonafini, madre de Jorge, estudiante de la Universidad de La Plata secuestrado y desaparecido en esa ciudad bonaerense el 8 de febrero de 1977, fecha desde la que no se supo más de él. Ahora, a 25 años de aquella herida siempre abierta, Hebe, convertida en la Madre más emblemática y combativa, les habla a los integrantes del movimiento piquetero, a los jóvenes militantes que buscan darle continuidad organizada a la rebelión popular que había estallado en diciembre de 2001. Es el 16 de febrero de 2002, se realiza la Asamblea Nacional de Trabajadores Ocupados y Desocupados y Hebe es la oradora más incendiaria.
«Nos pesa mucho la valoración de todos aquellos que dieron la vida, más de 30.000 compañeros que pelearon por lo mismo que estamos peleando hoy. Lo que sentimos en carne propia es que somos los mismos que pelearon en aquellos años. Somos la continuidad de esa historia», había dicho Darío Santillán, admirador de Hebe y de las Madres, joven líder piquetero que expresó los mejores valores de una nueva generación revolucionaria y que cayó asesinado por la represión cuatro meses después, el 26 de junio en la Masacre del Puente Pueyrredón.
Tras el quiebre histórico que había logrado imponer la dictadura a fuerza de decenas de miles de desaparecidos, las Madres de Plaza de Mayo fueron puente entre generaciones, hilo de continuidad para las ideas de revolución social.

Hebe de Bonafini
2021
«Paren de desaparecen gente, de violar los derechos humanos, de violar mujeres. Paren de perseguir al pueblo cuando está reclamando lo justo», se escucha en un audio que se viraliza por Whatsapp. La voz es la de una mujer, que se presenta cuando empieza el mensaje: «Habla Nora Cortiñas. Piden las Madres de Plaza de Mayo que paren de matar en Colombia».
La rebelión de la juventud se condensaba en las primeras líneas de las principales ciudades de Colombia, y la represión criminal no se había hecho esperar. Norita, la más internacionalista de las Madres, difundía la solidaridad con la juventud combativa del mismo modo que lo había hecho con las mujeres combatientes del Kurdistán, con los pueblos indígenas de Ecuador, con cada intifada palestina y con cada lucha en la que flameara una bandera o un pañuelo desafiando los atropellos de los poderosos. Sentía, ella como todas las Madres y como el Che, cualquier injusticia cometida contra cualquiera, en cualquier parte del mundo, como si fuera propia.

Nora Cortiñas
* * *
Azucena fue, al igual que sus hijos, víctima de los militares; también ella fue desaparecida en represalia por su lucha. Hebe y Norita fallecieron. Quedan pocas: Estela, batalladora como nadie en la recuperación de nietos robados por los militares cuando eran bebés; Taty, con sus 96 años radiantes, aún con el puño en alto; otras madres pasaron los 100 años de vida.
El promedio de vida de las Madres de Plaza de Mayo es más alto que la media de las mujeres de su edad. Viven más, vivieron más: la lucha no solo da resultados, sino que, a juzgar por la experiencia de las Madres, rejuvenece, cura, energiza. Pero es otra la sobrevida que más importa, la del legado que las Madres dejan: ni la más sanguinaria dictadura pudo contra un grupo de mujeres que encarnaron una causa justa, la sostuvieron con constancia inquebrantable durante décadas y, con el tiempo, convirtieron el dolor en solidaridad y vencieron la impunidad.
Son varias generaciones que, en Argentina, heredaron sus banderas y siguen su ejemplo. Y no solo en Argentina: las Madres de Plaza de Mayo, para los pueblos del mundo, ya son leyenda.
