No, la gente no vota a la derecha porque sea estúpida
Luego de soñar con el triunfo en primera vuelta del proyecto progresista de Iván Cepeda y Aida Quilcué, el dignísimo segundo lugar que nos da paso a la disputa final nos supo más a derrota que a triunfo. Muchas reacciones aparecieron entonces, pero particularmente me llamó la atención una expresión que se repetía en espacios físicos y sobre todo virtuales: “la gente es estúpida, por eso vota a la derecha”. Algo me parecía problemático en la afirmación, pero no podía precisar totalmente qué era —quizá porque yo mismo me sentía en parte reconocido en ella—. Reflexioné un rato sobre la cuestión y llegué a cinco tesis que quisiera compartir para contribuir a la moralización tan necesaria de cara a la segunda vuelta.
1. Decir que la gente vota a la derecha porque es estúpida es síntoma de despecho electoral
La expresión “la gente vota a la derecha porque es estúpida” está teñida de un despecho malsano. El despecho es la experiencia de frustración ante la pérdida o la imposibilidad de acceder a un objeto que se deseó. Existen varias formas de tramitar esta frustración: la más cobarde de todas es no hacerse cargo de la responsabilidad propia ante el malestar y exteriorizarlo luego en la forma de hostilidad hacia el objeto.
La escena es bien conocida: un tipo le coquetea insistentemente a una mujer y recibe un no como respuesta. El tipo en un esfuerzo por recuperar su honor y disimular su impotencia opta por insultarla: “si te vas con otro y no me eliges a mí, es porque no te valoras”. De un lado, considera que el deseo de la mujer está validado sólo si lo beneficia a él —si el caso es el contrario se tratará de un deseo ilegítimo—; de otro lado, escapa a la consideración de su parte de responsabilidad en la negativa —quizá él fue arrogante, invasivo o simplemente torpe, pero es más fácil juzgar el deseo de ella que examinarse a sí mismo—.
El militante que con el optimismo de la victoria seduce primero a la gente y que luego con la decepción de los resultados dice que en este país no se puede hacer nada, reproduce esa misma estructura inmune a la autocrítica del despechado: si yo sembré bien y no nació en ti el amor que yo soñé, es porque tú eres tierra mala.
2. Decir que la gente vota a la derecha porque es estúpida es expresión de un sentido común neoliberal
Cuando tramitamos nuestro despecho tratando a la gente de estúpida, legitimamos el conjunto de ideas que queremos combatir. Gramsci sostuvo de forma célebre que la hegemonía de un grupo social se expresa en la capacidad que tiene ese grupo para hacer valer sus ideas particulares como ideas de toda la sociedad. En este sentido, no es en las grandes teorías de los intelectuales de derecha donde la hegemonía se transparenta sino en las ideas más corrientes de la sociedad en su conjunto: en el sentido común. Cuando las ideas de una clase social aparecen de forma espontánea en el grueso de la sociedad, esas ideas no son vistas como ideas particulares sino como hechos naturales.
Decir que “la gente es estúpida porque vota a la derecha” es posible sólo cuando hemos aceptado el paradigma del individualismo metodológico que soporta al pensamiento neoliberal, sintetizado en el axioma de Margaret Thatcher de que “no existe la sociedad, sólo los individuos”. La afirmación de la estupidez individual generalizada supone que hemos asumido ya como un hecho natural que la decisión de los votantes depende exclusivamente de sí mismos, que sus valoraciones no están determinadas por factores sociales o que, en todo caso, ellos como individuos deciden libremente creer en lo que la mediación social les ofrece. Por tal motivo, ellos, y sólo ellos, son responsables de su desgracia. Cuando culpamos al individuo particular por aquello que tiene causas sociales, estamos expresando la hegemonía neoliberal en nuestro propio discurso. En este sentido la premisa meritocrática de que “el pobre es pobre porque quiere” y “la gente es estúpida porque vota en contra de sus propios intereses” hacen parte de una misma matriz ideológica.

3. Decir que la gente vota a la derecha porque es estúpida evidencia una meritocracia progresista
La meritocracia se vende como un discurso optimista que busca incentivar a las personas menos favorecidas a ascender en la escala social mediante tenacidad y esfuerzo, pero en la realidad es un discurso opresivo que no hace sino felicitar a los que ya están arriba y humillar a quienes están abajo: “si tiene dinero será porque se esforzó, si no lo tiene es porque no se ha esforzado lo suficiente”.
Mucho se ha insistido desde posiciones progresistas en esta “tiranía del mérito” —para usar la expresión de Michael Sandel—; se podría decir incluso que la crítica a la meritocracia hace parte del paquete de convicciones que la militancia progresista defiende. Pese a ello, Sandel señala que hay una forma de meritocracia que desde este sector político seguimos reproduciendo acríticamente: el credencialismo.
Según el autor, el credencialismo es la tendencia contemporánea a otorgar valor social y prestigio a quienes gozan de pergaminos universitarios. Más que un reconocimiento de conocimientos efectivos, las credenciales terminan operando como un criterio de dignidad social y autoridad moral. Sea que se trate de una persona graduada, sea que se trate de un estudiante, el hecho de hacer parte del selectivo clima universitario le concede una estima social particular. Este prestigio no implica de suyo una formación cualificada: el credencialismo de hecho en ocasiones se vuelve un obstáculo para la formación genuina. El capital cultural, antes que un cúmulo de conocimientos, es una relación de poder —de la misma manera que el capital económico más que riqueza en abstracto es un poder sobre la clase desprovista de medios de producción—. El reconocimiento social asociado a la vida universitaria suele traducirse en autoridad para juzgar a quienes no pertenecen al mundo intelectual. El prejuicio nos exime de analizar qué le propone el discurso de derecha al votante que le resulta tan atractivo y nos permite acusar sin mayor mediación a la gente de estúpida: error que no solo es lógico y ético sino también político.
Sandel recuerda que en 2016 el 70% de los votantes de Hillary Clinton tenía por lo menos un título universitario mientras que la gran mayoría de votantes de Trump no habían ido a la universidad. Clinton sostuvo públicamente que los votantes de Trump eran una masa de gente ignorante mientras que Trump, por su lado, sostuvo que adoraba la gente sin estudios. Una lectura posible del suceso es que, en efecto, la gente inteligente tiende a votar al partido demócrata, mientras la gente estúpida vota al republicano. Pero esta es una lectura superficial que solo valida el prejuicio credencialista. Muchos de los seguidores de Trump habían votado meses atrás en las internas del partido demócrata por Bernie Sanders, un populista socialdemócrata cuyo discurso rara vez invocaba la meritocracia y el credencialismo y se centraba más en las desigualdades de poder y riqueza. ¿Qué pasó entonces? ¿Cómo fue posible este giro de amplios sectores de la población? ¿No eran estúpidos cuando apoyaban a Sanders y se volvieron estúpidos para apoyar a Trump? ¿O será, más bien, que el problema radica en nuestro paradigma meritocrático de la estupidez generalizada?

4. Decir que la gente vota a la derecha porque es estúpida ha beneficiado históricamente a la derecha
He señalado que la afirmación de que “la gente vota a la derecha porque es estúpida” es problemática desde un punto de vista psicológico (despecho electoral), sociológico (individualismo metodológico), ético (prejuicio moral) y político (error estratégico). Quisiera detenerme un momento más en este último punto.
Cuando decimos que “la gente es estúpida porque vota a la derecha” estamos marcando una distinción esencialista entre los dos grupos: los estúpidos que votan a la derecha y los inteligentes que votan al progresismo. Con ello perdemos la ocasión de entender los vasos comunicantes entre un grupo y otro.
Nancy Fraser ofrece una explicación al referenciado viraje de antiguos votantes de Sanders a la campaña de Trump que resulta interesante para nuestro contexto. La zona que comprende estados como Michigan, Ohio, Pennsylvania, Wisconsin y partes de Indiana e Illinois se caracterizó durante el siglo pasado por concentrar la mayor cantidad de industria de acero del país. Debido a la creciente financierización del capitalismo actual y su consecuente desindustrialización, estas fábricas terminaron vaciándose, la población entró en una profunda crisis económica y debido al deterioro de las viejas factorías y su población, la zona pasó a ser conocida como el Cinturón del Óxido. El discurso neoliberal envuelto con los ropajes del progresismo de Hillary Clinton poco interés causó a los trabajadores empobrecidos de la región. Fue el discurso populista de Bernie Sanders centrado en el abuso de las élites económicas lo que sedujo a este segmento de votantes. Tras la derrota de Sanders en las internas demócratas, la población del Cinturón del Óxido miró hacia el otro discurso antiélite que quedaba en pie: el de Donald Trump.
El populismo de derecha de Trump prometía el retorno al tiempo en que América era grande. Este discurso sedujo profundamente a los votantes. No es que fueran estúpidos, fueron de hecho consecuentes con sus exigencias iniciales: habían sido empobrecidos por una élite plutocrática y exigían una política de redistribución que les restituyera su reconocimiento. El resto de la historia la sabemos: en lugar de desmantelar la élite, Trump acusó a los negros, los migrantes, los ambientalistas, las feministas y la población LGBTQ+ de ser la élite.
Se podría decir que los votantes fueron estúpidos al no ver que la élite económica nada tenía que ver con esa población marginalizada, pero, nuevamente, ese sería un análisis simplista. Fraser señala que tras décadas en las que el neoliberalismo se vistió de progresista —mujeres que rompían techos de cristal, homosexuales que triunfaban en el mundo del espectáculo, ecologistas que se paseaban en sus carros eléctricos y un afroamericano que llegó a la Casa Blanca— no fue difícil asociar el poder económico con el nuevo discurso del reconocimiento meritocrático.
Cuando decimos que la gente vota a la derecha porque es estúpida asumimos la política como dos estancos claramente separados y perdemos de vista los vasos comunicantes que pueden llevar a una persona y a una comunidad completa a pasar de una opción a otra según su propia situación.

5. Decir que la gente vota a la derecha porque es estúpida es desconocer el lugar del goce en la política
Inicié esta reflexión con una analogía entre la seducción fallida y la frustración política en parte porque entiendo que mucho de lo que sucede en la política tiene que ver con la seducción. El paradigma que sugiere que los individuos adhieren a programas políticos una vez han ponderado sus propuestas y han evaluado cuál de ellas les resulta más convincente es ingenuo. Idealmente el voto debería ser informado, pero la teoría no puede analizar sólo cómo debería votar la gente y omitir la reflexión de cómo lo hace de hecho. No votamos por un proyecto político porque lo encontremos más racional, sino porque nos seduce.
Slavoj Žižek sostiene que no elegimos una causa política porque nos identifiquemos con sus ideas sino con el modo específico de goce que esa causa promete. Las nuevas derechas ofrecen un goce desbordado a sus votantes: rebeldía hacia el Estado, incorrección política, apariciones en público llenas de show, clips y memes virales en redes sociales. Lo que se vende es la pertenencia a una comunidad de goce.
Cuando condenamos la estupidez de la gente nos ponemos a nosotros mismos en el lugar del ciudadano informado que se indigna ante la ausencia de formación del votante medio. Pero estamos perdiendo de vista que la gran mayoría de nosotros mismos llegamos al progresismo buscando también una comunidad de goce. Decimos sí a la redistribución social de la riqueza, a la avanzada en derechos de las y los históricamente excluidos, a la memoria de las los desaparecidos, a la defensa de la naturaleza no porque tengamos un conocimiento enciclopédico de esas causas y hayamos concluido posteriormente que las queríamos defender. Nos contagiamos de ese deseo altruista y nos formamos, unos más otros menos, dentro del progresismo.
No quiere decir esto que no haya diferencia de fondo entre una posición y la otra, de ninguna manera. La explotación, el colonialismo, la crisis de cuidados, la crisis climática, la crisis democrática no son opiniones. El hecho de que el capitalismo esté canibalizando nuestra existencia y la del planeta no es una opinión. La militancia debe estar fundada en una teoría crítica lo suficientemente rigurosa que pueda demostrar la verdad de estos enunciados, pero no puede suponer esa logicidad en el grueso de la población. Su margen de acción es el de la sensibilidad, el de la seducción.

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No niego que la estupidización de las clases subalternas sea un instrumento fundamental para la reproducción de la hegemonía. Lo que sostengo es que señalar la estupidez de los dominados no puede ser el punto de llegada del análisis. Con ello no hacemos más que desconocer las múltiples determinaciones sociales que atraviesan a los individuos, reducir fenómenos complejos a una explicación única y clausurar toda posibilidad de comprensión. Robert Musil advirtió que la estupidez no siempre adopta la forma de la falta de inteligencia; a veces aparece precisamente allí donde la inteligencia se vuelve incapaz de percibir la complejidad de aquello que tiene delante. Quizá la pregunta no sea cuán estúpidos son quienes votan a la derecha, sino cuánta estupidez hay en la necesidad de explicar ese voto únicamente por la estupidez.

Referencias
Fraser, N. (2023). ¡Contrahegemonía ya! Por un populismo progresista que enfrente al neoliberalismo. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.
Gramsci, A. (2017). Antología (selección, traducción y notas de M. Sacristán). Buenos Aires: Siglo XXI Editores.
Musil, R. (2011). Sobre la estupidez. En L. Parra París y L. H. Vargas Guillén (Eds.), Ramón Pérez Mantilla: Textos reunidos (trad. R. Pérez Mantilla). Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Ciencias Humanas.
Sandel, M. J. (2020). La tiranía del mérito: ¿Qué ha sido del bien común? (Trad. A. Santos Mosquera). Barcelona: Debate.
Žižek, S. (2008). Porque no saben lo que hacen: El goce como factor político. Buenos Aires: Paidós.
