El carácter destructivo de Walter Benjamin
A 144 años de su natalicio, recordamos un breve texto escrito por Walter Benjamin y publicado en el periódico Frankfurter Zeitung en 1931, en donde, abrazando la contradicción recubierto en el velo del sosiego, nos invita a permitir que la destrucción necesaria suceda para dar paso a creaciones renovadas.
Las cosas no se pueden pensar sin otras que permitan su conexión, las relaciones que se establecen en el pensamiento dejan claro que el pensamiento crea pero también destruye. Se crea mientras se produce y se destruye mientras se quita lo creado con el fin de recrear, de reponer. Así es que recordamos a Walter Benjamin, su existencia establece ya una relación directa con el más asiduo espíritu crítico y liberador, su nacimiento no se puede pensar prescindiendo de estas dos características.
Hacia el año 1931 Benjamin escribió el breve texto “El carácter destructivo” en un álgido periodo de entreguerras. Bien podría decirse que es un texto cargado de un pensamiento agobiado por la destrucción inminente de la vida, pero también es un reflejo de los primeros atisbos que le darían forma a las famosas “Tesis sobre el concepto de Historia”.
El carácter destructivo tiene en su núcleo el más fuerte palpitar de la fuerza crítica y liberadora, pues lejos está del odio, el nihilismo y la mera violencia. El sujeto al que se le llame destructor es, ante todo, un abridor de caminos, un personaje que es capaz de ver lo mortal en lo aparentemente inmortal. La destrucción es un pleno acto de desmitificación, su acción, al quitar lo puesto, desaparece el velo engañoso que convierte la realidad histórica en una rígida necesidad natural. Aquellas apariciones que pretenden imponerse como eternas e invariables son transformadas por la función crítica que no se cansa de mostrar nuevas posibilidades.
El destructor abraza la contradicción, la diferencia y la negación, pues sabe que en ellas habita el espíritu transformador. Ahora la pregunta no es ¿Qué debemos conservar? Sino ¿Qué debe ser removido para que algo diferente pueda surgir? Entonces la destrucción aparece como una especie de arqueología inversa: en lugar de acumular capas históricas, las retira. Ese vacío, producto del cambio, debe ser atravesado con responsabilidad, pues la carga de la libertad no es un yugo fácil de llevar para la toma de decisiones futuras.
Benjamin, en últimas, sabía que la creación de caminos implica sobreponerse sobre lo viejo, el avance que se hace sobre las ruinas no puede olvidarse de lo anterior. Al contrario, el punto de fuga del destructor conoce bien el suelo que pisa, pues sobre él se ha allanado el porvenir. El tiempo, de cierta manera, se vuelve sobre sí mismo, pues no desecha lo que sabe que contribuyó a su avance, pero eso no detiene su inexorable paso demoledor.
El carácter destructivo*
Puede ocurrirle a alguno que, al contemplar su vida retrospectivamente, reconozca que casi todos los vínculos fuertes que ha padecido en ella tienen su origen en hombres sobre cuyo «carácter destructivo» está todo el mundo de acuerdo. Un día, quizás por azar, tropezará con este hecho, y cuanto más violento sea el choque que le cause, mayores serán las probabilidades de que se represente el carácter destructivo.
El carácter destructivo sólo conoce una consigna: hacer sitio; sólo una actividad: despejar. Su necesidad de aire fresco y espacio libre es más fuerte que todo odio.
El carácter destructivo es joven y alegre. Porque destruir rejuvenece, ya que aparta del camino las huellas de nuestra edad; y alegra, puesto que para el que destruye dar de lado significa una reducción perfecta, una erradicación incluso de la situación en que se encuentra. A esta imagen apolínea del destructivo nos lleva por de pronto el atisbo de lo muchísimo que se simplifica el mundo si se comprueba hasta qué punto merece la pena su destrucción. Este es el gran vínculo que enlaza unánimemente todo lo que existe. Es un panorama que depara al carácter destructivo un espectáculo de la más honda armonía.
El carácter destructivo trabaja siempre fresco. Es la naturaleza la que, al menos indirectamente, le prescribe el ritmo: porque tiene que tomarle la delantera. De lo contrario será ella la que emprenda la destrucción.
Al carácter destructivo no le ronda ninguna imagen. Tiene pocas necesidades y la mínima sería saber qué es lo que va a ocupar el lugar de lo destruido. Por de pronto, por lo menos por un instante, el espacio vacío, el sitio donde estuvo la cosa que ha vivido el sacrificio. Enseguida habrá alguien que lo necesite sin ocuparlo.
El carácter destructivo hace su trabajo y sólo evita el creador. Así como el que crea, busca para sí la soledad, tiene que rodearse constantemente el que destruye de gentes que atestigüen su eficiencia.
El carácter destructivo es una señal. Así como un punto trigonométrico está expuesto por todos lados al viento, él está por todos lados expuesto a las habladurías. No tiene sentido protegerle en contra.
El carácter destructivo no está interesado en absoluto en que se le entienda. Considera superficiales los empeños en esa dirección. En nada puede dañarle ser malentendido. Al contrario, lo provoca, igual que lo provocaron los oráculos, instituciones destructivas del Estado. El más pequeño burgués de todos los fenómenos, el cotilleo, tiene lugar sólo porque las gentes no quieren ser malentendidas. El carácter destructivo deja que se le entienda mal; no favorece el cotilleo.
El carácter destructivo es el enemigo del hombre-estuche. El hombre-estuche busca su comodidad y la médula de ésta es la envoltura. El interior del estuche es la
huella que aquél ha impreso en el mundo envuelta en terciopelo. El carácter destructivo borra incluso las huellas de la destrucción.
El carácter destructivo milita en el frente de los tradicionalistas. Algunos transmiten las cosas en tanto que las hacen intocables y las conservan; otros las situaciones en tanto que las hacen manejables y las liquidan. A estos se les llama destructivos.
El carácter destructivo tiene la consciencia del hombre histórico, cuyo sentimiento fundamental es una desconfianza invencible respecto del curso de las cosas (y la prontitud con que siempre toma nota de que todo puede irse a pique). De ahí que el carácter destructivo sea la confianza misma.
El carácter destructivo no ve nada duradero. Pero por eso mismo ve caminos por todas partes. Donde otros tropiezan con muros o con montañas, él ve también un camino. Y como lo ve por todas partes, por eso tiene siempre algo que dejar en la cuneta. Y no siempre con áspera violencia, a veces con violencia refinada. Como por todas partes ve caminos, está siempre en la encrucijada. En ningún instante es capaz de saber lo que traerá consigo el próximo. Hace escombros de lo existente, y no por los escombros mismos, sino por el camino que pasa a través de ellos.
El carácter destructivo no vive del sentimiento de que la vida es valiosa, sino del sentimiento de que el suicidio no merece la pena.
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* Benjamin, W. 1989. Discursos Interrumpidos I. Filosofía del arte y de la historia. Taurus.
