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Calibán y la bruja: cuerpo, tierra y acumulación

En el cumpleaños de Silvia Federici leemos Calibán y la bruja desde América Latina para insistir en el carácter material de la violencia que funda el capitalismo. Su trabajo muestra cómo el despojo de la tierra y el disciplinamiento de los cuerpos, en particular de las mujeres, fueron condiciones necesarias para su consolidación. Leerla hoy permite nombrar la continuidad de esas formas de dominación en un presente en crisis por un capitalismo voraz imperialista y la actualización de sus viejas formas de colonización.

 

La conquista de Nuestra América no fue únicamente un proceso de ocupación territorial: fue una reorganización violenta de los cuerpos y de las condiciones materiales de existencia. Como plantea Silvia Federici en Calibán y la bruja, la acumulación originaria no puede entenderse sin la producción sistemática de jerarquías raciales, sexuales y morales que hicieron posible el despojo.

 

 

La violencia colonial no se sostuvo solo en la diferencia racial. Fue necesario producir al colonizado como figura moralmente abyecta. Los pueblos indígenas y las poblaciones africanas esclavizadas fueron inscritos en un régimen de verdad que los nombró “sodomitas”, “caníbales”, “bestiales”. No era un exceso discursivo: era una tecnología de poder. Como muestra Federici, la colonización implicó «una campaña de degradación sistemática» que permitió justificar la esclavitud, el saqueo y el exterminio.

En este entramado, el cuerpo de las mujeres ocupó un lugar estratégico. No se trató únicamente de subordinarlas, sino de redefinirlas como recurso. La caza de brujas —leída por Federici como un momento central en la transición al capitalismo— operó también en América como un mecanismo para destruir autonomías, saberes y formas comunitarias de reproducción de la vida. «La acusación de brujería», escribe, «fue un instrumento para despojar a las mujeres del control sobre sus cuerpos y su trabajo», integrándolas por la fuerza a un nuevo orden económico.

 

 

La relación entre mujer y tierra no es metafórica, sino estructural. Ambas fueron constituidas como superficies de apropiación. En la lógica colonial, la tierra aparece como aquello que puede ser poseído, explotado y abandonado; del mismo modo, el cuerpo femenino es reducido a función reproductiva y fuerza de trabajo invisible. Como advierte Federici, el capitalismo naciente necesitó «transformar el cuerpo en una máquina de trabajo», y esa transformación tuvo en las mujeres uno de sus principales campos de experimentación.

La violencia no operó únicamente desde el aparato colonial europeo. La reconfiguración de las jerarquías alcanzó también las relaciones internas de las comunidades colonizadas. Federici señala que, en muchos casos, los hombres indígenas se incorporaron a este orden como mediadores de la dominación, reproduciendo formas de control sobre las mujeres. Este reordenamiento no es accidental: forma parte de una estrategia más amplia de fragmentación social que permitió consolidar el régimen colonial.

 

 

La empresa imperial no podía sostenerse solo en la fuerza. Necesitó una arquitectura moral que hiciera inteligible la dominación. La imposición del cristianismo y de sus categorías pecado y desviación no fue un simple cambio religioso, sino un dispositivo político que clasificó cuerpos, reguló prácticas y legitimó la violencia. Allí donde la diferencia no bastaba, se produjo la monstruosidad.

Pensar este proceso en clave materialista implica reconocer que la colonización no se agota en el episodio histórico de la conquista, sino que se reorganiza en nuevas formas de acumulación. En América Latina, las economías extractivas —minería, agronegocio, despojo territorial— reproducen la misma lógica que Federici identifica en la acumulación originaria: la apropiación violenta de la tierra y la subordinación de los cuerpos a las necesidades del capital.

En ese marco, el lugar de las mujeres no es secundario. La intensificación de la explotación de los territorios viene acompañada de una intensificación de la violencia sobre los cuerpos feminizados: desplazamientos forzados, economías ilegales que se sostienen en la trata y la explotación sexual, precarización del trabajo reproductivo y comunitario. No se trata de fenómenos aislados, sino de engranajes de un mismo orden. Allí donde la tierra es cercada, el cuerpo también lo es.

 

 

La persistencia de estas dinámicas muestra que los mecanismos descritos por Federici no pertenecen únicamente al pasado europeo de la transición al capitalismo, sino que encuentran en América Latina un campo privilegiado de actualización. La racialización, la producción de alteridades “desechables” y la desposesión sistemática siguen siendo condiciones necesarias para sostener economías que dependen del saqueo.

Volver a Calibán y la bruja desde este contexto nos permite comprender la racionalidad de un sistema que continúa organizándose a partir del despojo. Si la acumulación originaria implicó convertir la tierra y el cuerpo en objetos de apropiación, las formas contemporáneas del imperialismo no han hecho más que perfeccionar esa operación: hacerla más extensa, más eficiente y, sobre todo, más difícil de nombrar.