De Palestina a Cuba, la lucha campesina es la lucha por la humanidad
Detrás del velo que la inmediatez del acontecimiento construye, podemos observar que las arremetidas imperiales han sido —y son todavía— pueriles estratagemas de los bloques de poder para hacerse con el dominio de la tierra. Asimilar la importancia de su defensa, nos permite comprender que la lucha del campesinado histórico y mundial es la defensa de la humanidad toda. Unos precisos y calibrados apuntes a cargo de Raquel Cano Cardona.
El 17 de abril de 1996, 21 campesinxs del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) fueron asesinadxs por la Policía Militar en el estado de Pará, Brasil, mientras participaban de una ocupación de tierras en el marco de la lucha por la Reforma agraria. Ayer se cumplieron 30 años de la Masacre de Eldorado do Carajás, episodio que, más allá de ser un símbolo de la violencia en el campo, es uno de la resistencia y la lucha campesina contra el capital. Por ello, cada 17 de abril, el campesinado del mundo se moviliza en el Día Internacional de las Luchas Campesinas.
En un contexto de escalada de agresiones imperialistas sobre los pueblos del mundo, se hace necesario poner el foco sobre el campesinado. Esto por dos motivos: el primero, estas ofensivas tienen consecuencias profundamente devastadoras en los territorios rurales y sus habitantes; segundo, históricamente lxs campesinxs han construido propuestas de organización y movilización como respuesta a las presiones que el capital ejerce sobre sus territorios. De estas experiencias podemos aprender la clase popular, ya que las luchas campesinas tienen en su centro la innegociable disputa por un futuro de vida digna para toda la humanidad.
Este #17Abril sucede en un presente marcado por el genocidio en Palestina —en donde los crímenes de guerra cometidos por el ejército israelí no cesan a pesar de los altos al fuego pactados— y la agudización del bloqueo criminal a Cuba, acompañado de las reiteradas amenazas por parte del gobierno estadounidense de invadir la isla. Ni el pueblo palestino, ni el cubano, son extraños a las violencias del imperialismo: la opresión vivida ha sido de largo aliento, su resistencia también. Y en ella, la participación del campesinado ha sido fundamental.
Palestina, tierra en donde el campesinado siembra liberación

Crédito de la imagen: ANZ Clothing
1. Desde siempre el campesinado palestino ha sido blanco de Israel
A partir de octubre de 2023 hemos sido testigos del genocidio del pueblo palestino. Nuestras redes sociales se inundaron de imágenes de violencia, cargada de sevicia y odio, cometida por los miembros de las Fuerzas de Defensa de Israel y colonos paramilitares. Sin embargo, el exterminio no inició hace dos años. Por el contrario, lleva casi ocho décadas sucediendo bajo la permisividad de las Naciones Unidas, las cuales se han mostrado completamente desinteresadas en defender el derecho del pueblo palestino, no solo a su autodeterminación, sino a existir.
El fin de las Naciones Unidas es mantener un orden internacional basado en reglas y evitar que una catástrofe de la magnitud del Holocausto suceda nuevamente, al menos en principio. Porque lo sucedido en Palestina demuestra que, lo que en realidad hace, es defender las reglas que permiten sostener el modo de producción capitalista, lo que ha desembocado en la realización de Estados Unidos como potencia imperial e Israel como su vergonzoso secuaz.
El sionismo como proyecto político encarnado por el Estado israelí no puede entenderse por fuera de los marcos de la acumulación capitalista, proceso en el cual la propiedad y el control de la tierra cumplen un papel central. La desposesión y el despojo de tierras son un medio para la reproducción ampliada de capital, sea de manera originaria —en una fase de emergencia del capitalismo, como explicó Marx— o de forma continua, permitiendo la expansión del capitalismo —a través de la paliación de sus crisis cíclicas, como explora Harvey—. Por ello, el análisis de la cuestión agraria en Palestina permite entender cómo se relacionan estas dinámicas de despojo con el colonialismo y la ocupación, configurando un contexto en el que las transformaciones de las condiciones de vida del pueblo palestino son determinadas, en gran parte, por la lucha constante por el control de la tierra (Panosetti & Roudart, 2023).
El colonialismo israelí tiene expresiones territoriales específicas. De manera simultánea, despoja, desplaza, elimina y, en ocasiones, explota a lxs palestinxs para lograr reproducirse (Panosetti, Labadi & Haneiti, 2025). Desde los años sesenta, con la ocupación de Cisjordania, estas dinámicas desataron un proceso de descampesinización entre la población rural palestina.
En 1967, Israel impuso una serie de limitaciones al trabajo agrícola palestino, restringió el uso del agua para riego de cultivos, el uso de fertilizantes, el custodio de semillas y plántulas, así como la producción de flores ornamentales. Ese mismo año, abrió su mercado laboral a la fuerza de trabajo palestina, quienes se dedicaron a labores en los sectores agrarios y de construcción israelíes (Panosetti & Roudart, 2023).
En los años setenta, Israel introdujo la Doctrina de los Terrenos Estatales. Esta determinaba que las tierras que no hubieran sido usadas en la última década serían propiedad del Estado. Claramente, estos criterios fueron diseñados de manera que no se tuvieran en cuenta las razones por las que el campesinado no usó sus tierras: las limitaciones al trabajo agrícola palestino, por ejemplo. La llegada de excavadoras a las tierras indicaba —y esto continúa sucediendo— que la tierra del campesinado palestino había sido declarada propiedad de Israel. Estas máquinas acabaron con los cultivos que servían de alimento a las familias palestinas, y preparaban el terreno para la construcción de residencias para familias israelíes que expandían y consolidaban el control del territorio por parte del proyecto sionista.
También, en los años noventa, el Fondo Nacional Judío plantó pinos y cipreses en Jerusalén. Esta acción tiene una carga tanto material como simbólica considerable, ya que no solo son un símbolo del judaísmo, sino que, debido a su naturaleza, deterioran profundamente el suelo, imposibilitando la posterior producción de alimentos:
Se considera que estos árboles simbolizan el arraigo judío en el territorio. Además, desde un punto de vista material, crecen rápidamente y producen agujas ácidas que, al cubrir el suelo, impiden que crezcan otras plantas. Por lo tanto, esas tierras ya no pueden utilizarse para plantar cultivos, recolectar plantas silvestres o pastar animales. (Panosetti & Roudart, 2023, p.9) [Traducción propia]
En los años ochenta, Israel prohibió a lxs palestinxs el cultivo de árboles frutales sin permiso previo de las autoridades militares. Posteriormente, se agregaron vegetales como el tomate y la berenjena a los cultivos que requerían de permisos. En 1987, una Orden Militar decretó que cualquier actividad agrícola en Cisjordania requería de un permiso para realizarse. Sobre los olivos, aquellos árboles tan importantes en la iconografía de la resistencia palestina, también cayeron las restricciones: todos los viveros requerían de autorización para la producción y distribución de plántulas. Así, el cercamiento sobre el campesinado palestino fue cada vez más fuerte y agresivo.
La producción no fue el único eslabón de la economía que se vio afectado. Por si fuera poco, Israel también impuso restricciones a las exportaciones palestinas, afectando la capacidad de comercializar los cultivos al reducir los mercados de salida del producto del trabajo campesino. Al mismo tiempo, inundó los mercados locales con mercancías israelíes a bajo precio, como aves de corral, huevos, hortalizas y cítricos, disminuyendo aún más la posibilidad de obtener ingresos por medio del trabajo agrícola palestino.
Por medio de la combinación de estas tácticas, Israel puso en jaque la posibilidad del campesinado palestino de producir de manera autónoma los medios de vida necesarios para su reproducción; circunstancia que le permitió redirigir esta nueva fuerza de trabajo liberada hacia sus propios proyectos económicos. Ocasionando así que el campesinado palestino sobrelleve un proceso de descampesinización y de proletarización.
En el contexto del genocidio en curso, la situación de opresión de lxs campesinxs de Palestina ha adquirido un carácter aún más acometedor, que también afecta a la población en general. Desde octubre de 2023, Israel y su ejército han aumentado las acciones criminales dirigidas a despojar a lxs palestinxs de sus medios de vida, al mismo tiempo que asesinan, masacran, bombardean y usan la violencia sexual como método de tortura.
Según el centro de investigación Forensic Architecture (2024), entre el 7 de octubre de 2023 y el 30 de junio de 2024, Israel destruyó en Gaza aproximadamente el 80% de la vegetación, el 70% de las tierras de cultivo y huertas, más de 3.700 invernaderos (el 45% del total), más del 47% de los pozos de agua subterránea y el 65% de los depósitos de agua (se desconoce el estado del 29% de los pozos). Además, ninguna de las instalaciones de tratamiento de aguas residuales sigue en funcionamiento. El ejército israelí dirigió sus acciones militares hacia la contaminación y destrucción de los recursos naturales necesarios para garantizar la supervivencia del pueblo palestino, afectando de manera aguda la capacidad de producción alimentaria por parte del campesinado. Por ello, sabemos que Israel ha usado el hambre como un arma genocida:
Nadie tiene acceso a alimentos suficientes, algunas personas —entre ellas, los niños— se están muriendo de hambre, los sistemas agrícolas están al borde del colapso y se avecina una hambruna generalizada. (…) La destrucción intencionada de los sistemas alimentarios por parte de Israel, su bloqueo, que impide la entrada de recursos esenciales y vitales, y el hecho de que deliberadamente prive de alimentos al pueblo palestino, constituyen una violación flagrante del derecho fundamental a una alimentación adecuada, entre otros derechos humanos. (FIAN International, 2024, p.2) [Traducción propia]

Destrucción de tierras agrícolas en Gaza por parte de Israel.
Entre octubre de 2023 y mayo de 2024: color negro.
Entre mayo de 2024 y mayo de 2025: color rojo.
Fuente: Forensic Architecture (2025).
El hambre ha sido usada desde siempre por parte de Israel como una manera de debilitar al pueblo palestino. Desde 2007, impuso un bloqueo ilegal a la Franja de Gaza que, de manera sistemática, ha impedido el acceso a comida, agua, materias primas, combustible y electricidad. Para abril de 2024, en medio del genocidio, la población palestina estaba sobreviviendo apenas con un consumo promedio de 245 calorías al día (Forensic Architecture, 2024). Y, en 2025, las fuerzas militares israelíes destruyeron de manera deliberada la unidad de multiplicación y almacenamiento del Banco de Semillas Palestino (Rooted in Agroecology and Food Sovereignty, 2025), demostrando una clara intención de aniquilar el patrimonio agrícola, cultural y alimenticio de Palestina.
A partir de lo expuesto hasta el momento, se pueden construir dos conclusiones:
(1) Israel ha estado particularmente interesado en despojar al campesinado palestino de sus tierras, esto por dos motivos: primero, la acumulación de tierras le garantiza el control territorial por medio de la expansión de proyectos de infraestructura residencial y comercial; segundo, la desposesión del campesinado implica su proletarización, es decir, la liberación de fuerza de trabajo palestina para ser vendida en la economía israelí. De esa manera, es evidente cómo el proyecto colonial sionista se articula con procesos de acumulación de capital.
(2) Se comprueba que el ataque por parte de Israel al campesinado palestino no es un hecho reciente. En los albores de la expansión del proyecto sionista se encuentran las claves para entender las afectaciones actuales del genocidio como un proceso de larga duración, el cual ha estado marcado por las agresiones contra las prácticas materiales y simbólicas que sustentan la vida del campesinado palestino, quien, con su trabajo, garantiza algo tan fundamental como la alimentación de toda la población.
2. Agroecología para la resistencia: la juventud palestina lucha por la soberanía
La tierra, entonces, sigue estando en el centro de la lucha campesina. La tierra garantiza la supervivencia, pero los pueblos del mundo han hecho ahínco en que no es cualquier supervivencia, sino una que se pueda habitar en condiciones de dignidad y soberanía. Sobre esto saben mucho los jóvenes que en su mayoría componen Multaqa Al-Sharaka Al-Shababi (Palestinian Youth Forum), una organización dirigida por jóvenes palestinxs que construye alternativas frente a la devastación que el capitalismo ofrece. Con un trabajo enfocado en la producción de alimentos bajo un modelo basado en la colectividad, la solidaridad y la resistencia.

Estudiantes visitan la Cooperativa de Mujeres Ritaj.
Fuente: Rooted in Agroecology and Food Sovereignty (2025)
Desde Multaqa Al-Sharaka Al-Shababi, la juventud palestina rechaza las políticas neoliberales que se asumieron desde la firma de los Acuerdos de Oslo (1993), y que la Autoridad Palestina ha apoyado, las cuales han separado el desarrollo económico de la lucha más amplia por la liberación y la autodeterminación, teniendo como consecuencias la limitada organización popular y la creciente dependencia a la cooperación internacional (Rooted in Agroecology and Food Sovereignty, 2025).
Multaqa Al-Sharaka Al-Shababi se ha convertido en un espacio de encuentro y construcción colectiva entre distintas cooperativas campesinas, que construyen caminos hacia la soberanía alimentaria y reducen la dependencia a los productos y empleos generados por la ocupación (Fattaleh & Albarghouthi, 2022). Lo que han encontrado es que las cooperativas son una forma de sostener valores que le hacen frente a la individualidad: el trabajo de estas colectividades parte de un análisis complejo e integral del panorama político y social, acompañado de la experiencia práctica de la producción de alimentos y la organización alrededor de esta actividad. Así, la búsqueda por establecer una economía de resistencia, aparece como la base de una liberación viable que no solo le hace frente a la ocupación israelí, sino que propone alternativas de relacionamiento social y con la naturaleza contrarias a las determinadas por la búsqueda insaciable del beneficio.
Así lo afirman lxs jóvenes de Ard el-Ya’s, una de las cooperativas que hace parte de Multaqa Al-Sharaka Al-Shababi. Ard el-Ya’s traduce «La tierra de la desesperación florece con esperanza», reflejando la perspectiva asumida por lxs jóvenes frente a lo sombrío de la ocupación israelí, pero, al mismo tiempo, encarnando la responsabilidad que tienen de sembrar esperanza y materializar formas diferentes de relacionarse entre sí y con la tierra
Estos jóvenes son cada vez más conscientes de que el modelo capitalista que alimenta la colonización israelí —del que la mano de obra barata en los asentamientos es una faceta y el desempleo otra— es el mismo que está llevando al planeta a la extinción. Encontrar formas no capitalistas de satisfacer las necesidades básicas, especialmente la alimentación, les parece a muchos de ellos un punto de partida alternativo. (Mari, 2023) [Traducción propia]

Miembro de Ard el-Ya’s muestra sus cosechas.
Fuente: Rooted in Agroecology and Food Sovereignty (2025)
Por ello es que las prácticas de cultivo de las cooperativas campesinas juveniles se basan en la agroecología, buscando establecer relaciones de cuidado mutuo entre la humanidad y el medio ambiente, a la vez que se reduce la dependencia frente a insumos y cadenas de comercialización asociadas a la circulación global del capital. De esta manera, cultivar se convierte en un acto desafiante: es una forma de reclamar la tierra y la posibilidad edificar un futuro digno. El Sindicato de Comités de Trabajo Agrícola (Union of Agricultural Work Comittees – UAWC) reafirma la centralidad de Palestina como un escenario de lucha contra las dinámicas agrarias desiguales, disputa que es indispensable para pensar y construir un mundo diferente.
Para materializar estas alternativas, Multaqa Al-Sharaka Al-Shababi se ha ocupado de la distribución y comercialización de alimentos producidos de manera cooperativa. Las estrategias desarrolladas incluyen la realización de un Mercado Campesino de Cooperativas mensual, espacio en el que se establecen relaciones directas entre productores y consumidores, y también se dan discusiones sobre el carácter político de la alimentación y su vínculo con la liberación. Además, después de cada Mercado, los miembros de las cooperativas intercambian productos de sus cultivos y ensamblan canastos de comida para las familias más necesitadas, formando un sistema de apoyo mutuo basado en la confianza y la lucha compartida, acciones que han tomado especial importancia en medio del genocidio (Rooted in Agroecology and Food Sovereignty, 2025).
Cuba: el campesinado en la primera línea de la Revolución
La Revolución Cubana es uno de los ejemplos de lucha más significativos para la clase popular organizada del mundo. Mucho se habla de hombres como Fidel, el Ché y Camilo Cienfuegos, referentes consolidados en la izquierda y cuya labor dentro del Movimiento 26 de Julio es ampliamente reconocida. Se menciona mucho menos a Haydée Santamaría, Celia Sánchez, Melba Hernández y Vilma Espín, a pesar de que ellas también cumplieron un papel fundamental dentro del proceso revolucionario en la isla. Y, al igual que con las mujeres, el reconocimiento de la relevancia del campesinado en el proceso revolucionario parece a veces limitarse a la lectura de discursos y declaraciones de Fidel sobre la Reforma Agraria, dejando de lado la importancia de la participación directa de campesinas y campesinos, no solo en el triunfo de 1959, sino también en la defensa del proyecto cubano que hasta hoy sigue firme y vigente.
1. Los años de la Revolución
Las luchas campesinas en Cuba se remontan a los inicios de la época republicana (1902-1959). Para principios del siglo XX, el gobierno cubano empezó a favorecer a los latifundistas criollos y extranjeros al entregarles tierras de propiedad estatal para la expansión del monocultivo de caña de azúcar, situación que obligó al movimiento campesino a tomar tierras e instalarse en asentamientos, recurriendo, en muchos casos, a la confrontación armada contra el Ejército que buscaba desalojar a las familias campesinas. Así ocurrió en lugares como El Vínculo y Realengo 18, en Guantánamo; Ventas de Casanova, en Jiguaní; San Felipe de Uñas, en Holguín; y Viramas, en Victoria de las Tunas (Gallego Jiménez, 2020).
La experiencia de Realengo 18 en los años treinta fue de particular relevancia, ya que contó con la participación de más de cinco mil familias y con la solidaridad de los movimientos estudiantil y obrero. Con el uso de las armas como forma de resistencia, la comunidad de Realengo 18 ejerció presión sobre el gobierno de Caffery-Batista-Mendieta y logró la redacción del Acta de Lima en 1934, la cual estableció una prórroga de dos años para todo tipo de litigio sobre el realengo:
El movimiento campesino tuvo un referente a nivel nacional, así como para los precaristas que se enfrentaban a los desalojos y otras reivindicaciones de similar índole. Era el paso previo al estímulo y desarrollo de las primeras ideas de reforma agraria (Gallego Jiménez, 2020, p.560).
De manera que las luchas del campesinado durante la República fueron suelo fértil para la consolidación de su participación en la Revolución Cubana. A inicios de los años cincuenta, las diferencias en la calidad de vida entre los habitantes urbanos y los rurales era abismal. Para 1953, el analfabetismo rural era casi cuatro veces mayor y la matrícula escolar era de menos de la mitad que en las zonas urbanas; gran parte de la población rural infantil sufría de parasitosis intestinal y había altos índices de desnutrición. Lxs trabajadorxs agrícolas tenían un déficit diario de 1000 calorías; la mayoría de hogares rurales no contaban con electricidad y no estaban construídos con materiales sólidos (Gallego Jiménez, 2020).
Estas diferencias estaban aún más marcadas en las estribaciones de Sierra Maestra, por lo que allí, el emplazamiento de un foco guerrillero del Movimiento 26 de Julio, no fue casualidad. Las comunidades campesinas se organizaron junto al M-26-7, fuera en forma de solidaridad y apoyo, o participando activamente como combatientes:
Más allá de ser un simple refugio, estas comunidades se convirtieron en el alma logística y moral del Ejército Rebelde. Proveyeron enlaces, alimentos, medicinas, ropa y lo que era más valioso: conocimiento preciso de los caminos, los senderos y los escondites que facilitaron la movilidad y la supervivencia de los combatientes. Muchas veces, hasta arriesgaron sus vidas para transportar armas, trasladar heridos o facilitar comunicaciones entre distintos grupos guerrilleros. Su apoyo directo fue esencial para que la guerrilla se mantuviera activa y organizada frente a la fuerte persecución y los bombardeos que desataba el régimen de Batista. (Hidalgo Rodríguez, 2025)

Fuente: Oliva Ferrales, 2023.
Las incursiones del Ejército cubano para aquella época iban acompañadas por los latifundistas de la caña de azúcar y de otros cultivos de exportación —como el café—, quienes usaban como excusa las operaciones militares para llevar a cabo desalojos y acaparar tierras del campesinado. Así, los ataques sufridos de manera conjunta por el campesinado y el Ejército Rebelde en Sierra Maestra, llevaron a la organización de asambleas campesinas en varios territorios de la mano de distintos Frentes del M-26-7, culminando en la realización del Congreso Campesino en Armas el 21 de septiembre de 1958 en Soledad de Mayarí Arriba, donde 200 campesinos se reunieron con el propósito de consolidar la plena identificación del campesinado cubano organizado con los principios del proceso revolucionario y el apoyo indiscutible a este (EcuRed, s.f.). En este encuentro se fortaleció la alianza obrera y campesina, se estableció la demanda por la reforma agraria y el derecho a la posesión de la tierra por parte de quien la trabaja (Contraloría General de la República de Cuba, 2025).
Así, el campesinado y la cuestión agraria tuvieron un papel protagónico en el proyecto político revolucionario, tal como lo reconoció Fidel en su alegato de autodefensa durante el juicio por el Asalto al Cuartel Moncada, La historia me absolverá:
«Nosotros llamamos “pueblo”, si de lucha se trata, (…) a los quinientos mil obreros del campo que habitan en los bohíos miserables, que trabajan cuatro meses al año y pasan hambre el resto (…), a los cien mil agricultores pequeños, que viven y mueren trabajando una tierra que no es suya (…)» (Castro, 1983, pp.31-32).

Fuente: Hidalgo Rodríguez, 2025.
Esta postura por parte del movimiento revolucionario, además, estaba plasmada en el Manifiesto No.1 al Pueblo de Cuba, en el que se definía que el primer punto a resolver después de tomado el poder sería el problema del latifundio, por ser considerada la más aguda de las problemáticas que enfrentaba el pueblo cubano. Bell, López y Caram (2006) explican por qué:
- La concentración de la tierra en pocas manos constituye una aberración económica. En el caso cubano, la concentración no solo era alta —los latifundios azucareros y ganaderos se extendían por el 75% del país—, sino que gran porcentaje de las tierras acaparadas eran improductivas.
- La concentración de la tierra era uno de los pilares políticos de la dependencia, ya que más de 1.100.000 hectáreas de las mejores tierras cubanas eran propiedad de Estados Unidos.
- La expansión del latifundio azucarero implicó la desaparición del campesinado, el crecimiento del sector de los obreros agrícolas y la elevada explotación de ambas clases.
Apenas semanas después del triunfo de la Revolución, el 23 de febrero de 1959, se aprobó la ley mediante la cual fueron creados varios departamentos dentro del Ejército Rebelde, encargados de involucrarse en distintas áreas de apoyo al campesinado. Entre estos, resaltan el de asistencia técnica, material y cultural para el campesinado; el de construcción de viviendas campesinas; y el de asociaciones y cooperativas de consumo y producción agrícolas. Dos meses después, la Ley de Reforma Agraria fue firmada y puesta en funcionamiento. Esta es considerada por varios académicos y militantes como la condición primigenia para la emancipación del pensamiento económico y social del pueblo cubano (Díaz Fariñaz, 2024).
La Ley de Reforma Agraria implicó la redistribución de 350 mil caballerías de tierra —más de 15.000.000 de hectáreas— a unas 200 mil familias campesinas (Hidalgo Rodríguez, 2025). De esta manera, se consolidó la pequeña propiedad agrícola y el campesinado recuperó su derecho a la tierra, el cual le había sido arrebatado en condiciones de colonialismo y explotación. La profundización de la organización campesina alrededor de la tierra y el impulso a la continuación de la Reforma Agraria alcanzó nuevos niveles en 1961, cuando se creó la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP).
2. El compromiso y el amor del campesinado por la Revolución
Como ya lo sabemos, desde los años de la Revolución, Cuba ha estado bajo el asedio imperialista de Estados Unidos y sus aliados. Los bloqueos y sanciones a la isla —así como a países que no correspondan con la directriz imperial— han causado una crisis humanitaria que afecta los medios de vida de lxs cubanxs, como el acceso al petróleo y, por ende, a energía y combustible para las distintas actividades productivas y servicios básicos: salud, transporte, educación y producción agrícola. En medio de estos ataques, la organización campesina continúa siendo un pilar para el sostenimiento y la defensa del proyecto revolucionario.
Desde la ANAP, el campesinado cubano busca alternativas para mitigar las consecuencias de los ataques lanzados por Estados Unidos. Entre estas se ha destacado el Movimiento Agroecológico de Campesino a Campesino (MACaC) iniciado en 1997 como respuesta a lo que el Periodo especial reveló: el peligro de una agricultura cubana altamente dependiente de insumos externos y dedicada, en mayor parte, al monocultivo de caña de azúcar, aún cuando este fuera administrado por lxs trabajadorxs agrícolas y campesinxs. El MACaC, impulsado por la ANAP, ha definido que su propósito último es armonizar la actividad de producción agrícola con la naturaleza, al mismo tiempo que aprovecha de manera racional y responsable el potencial productivo de las tierras cubanas, incrementando la producción y alcanzando la soberanía alimentaria para el pueblo cubano (Machín, 2017).
El país tiene que vivir con lo que seamos capaces de producir a partir de nuestros propios esfuerzos y recursos, para alcanzar la seguridad alimentaria y nutricional. Esa es y será siempre nuestra respuesta contundente frente a la agresividad del imperialismo yanqui en su fracasada intención de asfixiar la economía y destruir la Revolución (La Vía Campesina, 2020).

Fuente: La Vía Campesina (2021).
En búsqueda de ese objetivo, el MACaC ha trabajado con base en dos principios: el primero, la articulación de la agricultura campesina tradicional con la agroecología, como una forma de rescatar los conocimientos campesinos mientras que se sientan las bases para la sostenibilidad a largo plazo de la actividad productivo; el segundo hace referencia a la introducción del Método de Campesino a Campesino.
Basado en la educación popular, el Método de Campesino a Campesino se refiere a la enseñanza que un agricultor brinda a otro acerca de las técnicas de la agroecología, proceso que genera una red de construcción y transmisión de conocimiento a través del trabajo cooperativo, iniciando a pequeña escala y convirtiéndose en un efecto multiplicador de experiencias agroecológicas campesinas (Asociación Nacional de Agricultores Pequeños, 2016). Para esto ha sido fundamental mantener las alianzas entre sectores populares que iniciaron desde los años de la Revolución. Por ejemplo, las universidades cubanas han estado al servicio de producir conocimiento de la mano del campesinado, validando la eficiencia de la agroecología desde la ciencia.
El MACaC ha puesto especial atención al fortalecimiento de las cooperativas que en él participan. La formación política transversal al Método de Campesino a Campesino ha propiciado que la participación del campesinado en el tránsito a la agroecología sea una cuestión marcada por la consciencia de la importancia de llevar a cabo estos cambios. El abordar el trabajo agrícola desde la agroecología implica no solo alimentar al pueblo cubano, sino dejar de depender de insumos producidos por fuera y que, además, causan daños irreparables en los suelos y las aguas. Por lo tanto, la plena integración de la agroecología significa la sistematización de las prácticas de producción y la introducción de principios de sustentabilidad: fomentar la diversidad por encima del monocultivo e impulsar procesos de conservación y reciclaje (Machín, 2017).
La Cuba de la Revolución, que ha sido siempre con los pueblos del mundo, entendió que, en un contexto marcado por la multicrisis —climática, social, alimentaria, bélica, económica.—, socializar y expandir los conocimientos alrededor de esta manera de producir alimentos es una responsabilidad política de cualquier proyecto que abogue por la construcción de un mundo más justo y una vida más digna. Por ello, la isla fue la sede del IX Encuentro Internacional de Agroecología, Soberanía Alimentaria, Educación Nutricional y Cooperativismo en noviembre de 2025. Organizado por la ANAP y el MACaC, el encuentro reunió a 121 representantes de 16 países, entre ellos Colombia, Uruguay, Paraguay, Puerto Rico, Honduras, El Salvador, México, País Vasco, Sri Lanka e Indonesia; quienes declararon:
Que mantendremos siempre presentes en nuestro trabajo las ideas del Comandante en Jefe, compañero Fidel Castro Ruz, de que un mundo mejor es posible y contribuir con nuestro granito de arena a salvar desde ya, la subsistencia de la especie humana. (La Vía Campesina, 2025)

Fuente: La Vía Campesina (2025).
La lucha campesina es la lucha por la humanidad
Apenas dos meses después del Encuentro Internacional de Agroecología, se escalaron las agresiones del gobierno de Estados Unidos, a la cabeza de Donald Trump, hacia Cuba. La profundización del bloqueo y las sanciones han pretendido afectar las condiciones de vida del pueblo cubano, probablemente buscando provocar un estallido social que desencadene en un cambio de régimen, hecho que daría a entender que el proyecto socialista en Cuba fracasó. Teniendo en cuenta lo que significa la Revolución Cubana para los pueblos oprimidos en todo el planeta, esto implicaría una afectación profunda en términos materiales, pero también simbólicos y emocionales. Cuba ha sido símbolo de esperanza, una prueba de que otras formas de relacionarnos entre nosotrxs y con la naturaleza son posibles.
El proyecto imperialista pretende prender fuego a lo cosechado por la Revolución y su campesinado, sembrando semillas de desesperanza y rendición entre aquellxs que se atreven a desafiar al orden capitalista. También a esto aspira con la exterminación del pueblo palestino. A fin de cuentas, el imperialismo, con tal de lograr sus objetivos, está dispuesto a cometer todo tipo de acción, por más descarnada e inhumana que parezca.
Lo que ignora el tigre de papel es que no es la primera ni la última vez que Palestina y Cuba, así como lxs militantes de la izquierda del mundo, levantamos nuestras voces y sembramos nuestros cuerpos en primera línea, para enarbolar la “crítica despiadada de todo lo existente, despiadada tanto en el sentido de no temer los resultados a los que conduzca como en el de no temerle al conflicto con aquellos que detentan el poder”, tal como lo sentenció Marx (1843). Al fin y al cabo, sabemos que para la lucha debemos formarnos como “personas pacientes, que no se desesperan ante el peor horror ni se emocionan por cualquier cosa”, guiadas siempre por el pesimismo del intelecto, pero sobre todo por el optimismo de la voluntad (Gramsci, 1920).
Tanto el campesinado cubano como el palestino tienen esto claro. Frente a la devastación que el imperialismo impone, defienden con firmeza su libertad como pueblos a través de lo que mejor saben hacer: trabajar la tierra. Pero no de cualquier manera. Para el campesinado, la forma en la que los alimentos se producen es la base a partir de la cual las alternativas frente al despojo del capitalismo pueden ser propuestas. Las acciones de Multaqa Al-Sharaka Al-Shababi y de la ANAP en cuanto a la agroecología, son la prueba de una rigurosa lectura de la realidad y de la construcción de planes coherentes con lo que demanda el momento histórico, ya que, en su núcleo, buscan acabar con el hambre a partir de la consolidación de un proyecto alimentario soberano.
El campesinado en Palestina y Cuba saben que, para enfrentarnos al destino marcado por la escasez de recursos —y a las guerras por estos— ocasionados por la ordenanza del capital, es necesario cambiar el modo en el que la vida se produce por uno que garantice las condiciones de posibilidad para la reproducción de nuestra especie y la conservación del medio ambiente.
Por todo esto es que la lucha campesina es la lucha por nuestro futuro como humanidad.
Referencias
Asociación Nacional de Pequeños Agricultores ANAP. (2016). Metodología de Campesino a Campesino. Actividades y herramientas ante el cambio climático. https://www.ipscuba.net/media/2021/08/Metodologia-de-campesino-a-campesino.pdf
Bell, J., López, D., & Caram, T. (2006). Documentos de la Revolución Cubana 1959. Editorial de Ciencias Sociales, Instituto Cubano del Libro.
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Contraloría General de la República de Cuba. (2025). A 67 años del primer Congreso Campesino en Armas. https://www.contraloria.gob.cu/noticias/67-anos-del-primer-congreso-campesino-en-armas
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