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Pensar la revolución en tiempos contrarrevolucionarios

Pensar el fin del capitalismo desde Karl Marx, más que un lugar común, puede parecer un despropósito histórico. A Marx no lo han refutado teóricamente, más bien, le han arrebatado su lugar de enunciación. En momentos en que el cínico realismo de nuestros tiempos ha remplazado el utópico romanticismo revolucionario del siglo XIX, es más necesario que nunca activar los elementos disruptivos que el discurso de Marx nos presta.  [Foto de portada: imagen recortada de fotoserigrafía del Taller 4 Rojo, “La lucha es larga, comencemos ya”. Autores: Diego Arango y Nirma Zarate, 1971]. 

Pensar la revolución en tiempos contrarrevolucionarios no es lo mismo que hacerlo al calor de una utopía ardiendo en las calles. Pensar el fin del capitalismo en momentos como estos corre el riesgo de hacernos pasar por estúpidos. Más aún, hacerlo desde el horizonte teórico de un sujeto como Karl Marx puede llevar a que algunas personas nos vean como reliquias extraídas del mismísimo siglo XIX.

Y es que para muchos Marx no es más que un perro muerto. Un viejo ilustrado que proclamaba la revolución en los tiempos en que la clase obrera apenas se consolidaba en la vieja Europa. “¿Qué nos podría ofrecer ese patético metarrelato en los tiempos del Big Data y de la inteligencia artificial?”. En un momento en que aquella frase de: “todo lo sólido se desvanece en el aire”, solo parece haber aplicado para los proyectos liberadores, se podría pensar que muy poco.

No importa la opinión personal que tengamos acerca del llamado “socialismo realmente existente”, lo cierto es que el colapso del proyecto soviético le robó a la mayor parte de la izquierda global la idea de que otro mundo era posible. La realmente existente crisis del marxismo no es más que la ausencia de un referente claro de transformación radical de nuestras sociedades.

Ahora bien, lo que no es cierto, es que de esta orfandad político-discursiva, si se quiere, se derive la muerte del proyecto teórico Marx. Por el contrario, la crítica de la civilización capitalista elevada por Marx permanecerá vigente mientras este tipo de sociedad siga ejerciendo su dominio sobre los talentos, capacidades e ingenio de los seres humanos, enfrentándolos contra el medio natural que da base a la vida misma.

Según uno de nuestros grandes pensadores latinoamericanos, Bolívar Echeverría, en realidad lo que a Marx le han quitado es su lugar de enunciación. Ya no hablamos de una crítica radical y revolucionaria en el ambiente romántico del siglo XIX, sino en el absoluto desencanto de principios del siglo XXI.

De ahí la “paradoja” del marxismo hoy: mientras más aguda es la crisis total del mundo capitalista menos consistente resulta la respuesta de las teorías marxistas. Y no es que hagan falta analistas de calidad, coloquios o profesores universitarios. Lo que de verdad hace falta es romper en los individuos la imagen cínica de un mundo imposible de transformar. Nuestra penosa carencia está en poner al orden del día un proyecto total de transformación de la vida.

La misma obra de Marx sería totalmente inconcebible sin la idea de la revolución a flor de piel. Textos como el 18 Brumario de Luis Bonaparte y el Manifiesto del Partido Comunista son engendrados a la sombra de las revueltas desarrolladas en gran parte de Europa a finales de la década de 1840.

De igual forma, la consolidación de su gran proyecto crítico que inicia con la aparición de la Contribución a la crítica de la economía política de 1859, solo puede entenderse en el contexto de una gran crisis en Europa en la segunda mitad de la década de 1850.

Marx fue enfático: sus textos eran cartas de batalla, o “misiles” como él mismo los llamó. La crisis llegó en Europa, pero la revolución que Marx esperaba nunca cuajó. Hoy, que creemos estar tan lejos de cualquier experiencia concreta de liberación popular, es cuando más debemos activar los elementos disruptivos que el discurso de Marx nos presta: “la crítica despiadada de todo lo existente” como lo nombró en su juventud.

Así pues, una de las preguntas que Echeverría nos dejó a mediados de los noventa es tan actual, como actual es la necesidad de cambio anticapitalista: “¿Es capaz [el marxismo] de construir un concepto de revolución que no se agote en la inspiración romántica del siglo XIX, que recoja la experiencia del desencanto en el siglo XX y permita combatir desde un nuevo ángulo la restauración fría y cínica del realismo moderno?”… veremos.

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*Texto presentado en la lectura inaugural del Ciclo de Talleres de Economía Política Crítica del Grupo de Estudio Marx Pensamiento Vivo, Medellín.

Autor

Editor de Lanzas y Letras y docente universitario.