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Masculinidad Ultra en Colombia: la cara local de una ultraderecha global

El ascenso de la ultraderecha no puede comprenderse únicamente a través de sus programas o resultados electorales. También exige analizar las formas de subjetividad, autoridad y poder que produce. La figura de Abelardo de la Espriella permite rastrear la configuración de una “Masculinidad Ultra”: un dispositivo político que articula patriarcado, militarismo, nacionalismo y extractivismo en el marco del actual giro global hacia la ultraderecha.

La figura de Abelardo de la Espriella no es solo la de un individuo; representa una masculinidad de ultraderecha que, lejos de ser un fenómeno local, forma parte de una tendencia transnacional que persuade mediante símbolos, gestos y promesas de orden. Su repertorio simbólico entrelaza género, raza, clase y nación para proyectar una promesa de salvación nacional. Se trata de un relato que se despliega sobre los terrenos de la seguridad militarizada, la familia heterosexual tradicional y la economía extractivista.

Por ello, esta masculinidad debe encarnar simultáneamente al guerrero, al héroe, al padre y a la figura mesiánica. Articula una retórica de seguridad y familia que presenta la autoridad como solución a los conflictos sociales y normaliza formas jerárquicas de organización de la vida colectiva. De ahí el saludo militar, la mirada puesta en el horizonte, la presencia constante de su esposa e hijas y el tono profético de sus intervenciones. Esta puesta en escena se refuerza mediante una performance pública en la que incluso aparece dentro de una pecera que lo protege y lo proyecta como salvador de la patria.

La masculinidad exhibida por De la Espriella es también un producto cuidadosamente fabricado para el consumo político. La línea de ropa masculina, los sombreros con su nombre, los discos de tenor y el apodo de “El Tigre” forman parte de una estrategia en la que él mismo se convierte en la mercancía principal. El tigre resume bien esta narrativa: un depredador solitario, elegante y letal, que no negocia su lugar en la jerarquía, sino que lo impone. Es una imagen que promete fuerza sin vulnerabilidad, liderazgo sin reciprocidad y autoridad sin deliberación.

Esta construcción simbólica está diseñada para conectar con públicos diversos mediante rasgos que se presentan como espontáneos o emocionales, pero que responden a una estrategia política precisa. Hay una figura para cada audiencia: la camiseta de la selección colombiana de fútbol, aprovechada en momentos de alta identificación nacional; el tigre para quienes valoran la confrontación y la fuerza; El Ciro y otros símbolos religiosos para sectores conservadores, católicos y cristianos; la imagen del padre de familia para quienes defienden la familia heterosexual tradicional; y la estética del hombre exitoso, cuidadosamente vestido y físicamente disciplinado, para quienes asocian el éxito con prestigio social y arribismo.

Lo que ocurre en la superficie no es accesorio. Forma parte de una estrategia política que moviliza emociones, instala símbolos reconocibles y proyecta la imagen de un líder capaz de encarnar una determinada idea de nación. Esa imagen se apoya en ideales de blanquitud que asocian autoridad, éxito y pertenencia nacional con privilegios raciales y de clase, históricamente naturalizados. También descansa sobre una heterosexualidad normativa que ocupa un lugar central en esta construcción. No solo aparece como rechazo a los derechos de las personas con orientaciones sexuales e identidades de género diversas, sino también como demostración permanente de virilidad.  Se trata de una narrativa profundamente binaria que privilegia la fuerza sobre la empatía, la autoridad sobre la negociación y la jerarquía sobre la igualdad. Este binarismo se expresa tanto en el desprecio por la autonomía de las mujeres como en el cuestionamiento de los derechos de las personas diversas y en la reivindicación de roles tradicionales de género.

Las propuestas políticas asociadas a esta construcción mantienen una notable coherencia con la identidad que promueve. Se plantea la reducción del Estado y, en particular, el debilitamiento de instituciones y políticas sociales, culturales y de construcción de paz consideradas prescindibles. En contraste, se fortalece una visión militarizada de la seguridad, se abren debates sobre la flexibilización del porte de armas y se promueve una explotación intensiva de la naturaleza bajo la premisa de que el crecimiento económico constituye el principal horizonte de desarrollo. La masculinidad no funciona aquí como un elemento decorativo de la comunicación política, sino como un dispositivo que traduce una determinada visión del país en políticas concretas.

En la construcción de este personaje, el Estado aparece con frecuencia como un obstáculo, mientras que la patria es presentada como el sujeto político legítimo. El hombre salvador no habla en nombre de las instituciones, sino de una nación concebida como una comunidad amenazada que requiere protección. Esa narrativa justifica la exaltación de la fuerza, la admiración por el militarismo y la promesa de restaurar un orden supuestamente perdido.

La virilidad y la juventud son elementos centrales de esta construcción. El referente ya no parece ser exclusivamente la figura paternal y severa que encarnó Álvaro Uribe, sino modelos más recientes de liderazgo autoritario como Bukele. Se trata de un salvador adaptado a la lógica de las redes sociales: una figura que se presenta como outsider, cercana a la ciudadanía y distante de la política tradicional, aunque participe plenamente de las dinámicas del poder.

En este sentido, la figura de Abelardo de la Espriella se inscribe en una narrativa patriarcal, autoritaria y extractivista que hoy encuentra expresiones en distintos lugares del mundo, en el marco del giro global hacia la ultraderecha. Lo que aquí denominamos “Masculinidad Ultra” incorpora elementos ya presentes en otras experiencias: los símbolos patrios apropiados por Bolsonaro; la capacidad de movilización de sectores religiosos utilizada por Trump y Bolsonaro; el punitivismo y el liderazgo personalista de Bukele; o la exaltación de figuras animales como emblemas de fuerza y jerarquía, visible en experiencias como la de Milei.

La masculinidad de De la Espriella es más que su puesta en escena. Es una promesa política de orden y salvación nacional que combina seguridad militarizada, defensa de la familia tradicional y una visión extractivista de la economía. Su relevancia radica precisamente en que conecta una figura local con un repertorio político global en expansión.

Este texto no busca demonizar a un individuo, sino comprender una maquinaria política y cultural. Cuando la seguridad se convierte en ideología y la diversidad en amenaza, se cierran las posibilidades democráticas. Leer críticamente estas formas de poder y oponerse a ellas, resulta indispensable para imaginar futuros más igualitarios, plurales y justos para Colombia.

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Escribe el Semillero de investigación “Masculinidades en debate”. Escuela de Estudios de Género, Universidad Nacional de Colombia. Conoce más aquí.