“Colonialismo”: ¿Marx sobre América Latina?

¿Era Marx simplemente un viejo-hombre-blanco-europeo encantado por el progreso y la civilización occidental? ¿Consideró acaso como una simple caricatura a la realidad de los pueblos no europeos? ¿Hizo Marx algún aporte para la comprensión de América Latina? Publicaciones, hasta ahora inéditas de sus obras, pueden darnos algunas luces. 

Imaginémonos a un joven Marx, perseguido, sofocado, encarcelado y expulsado de una buena parte de la Europa continental. Ya sus aspiraciones de criticar en lo fundamental a esa sociedad burguesa que estallaba en los ojos, venían concretándose: lo que hoy conocemos como los Manuscritos económico-filosóficos se remontan a su experiencia en el exilio francés a principios de la década de los cuarenta, y el mundialmente famoso Manifiesto del Partido Comunista vio la luz en 1848.

Desterrado nuevamente, llegó a Londres en mayo de 1849 con su esposa y sus pequeños hijos. Intelectualmente, había iniciado una autocrítica a su identificación con la doctrina económica de David Ricardo, y poco a poco empezaba a parir una nueva forma de aprehender el mundo moderno a través de la crítica. La etapa de su vida que se abriría en Inglaterra sería la antesala de la obra más significativa del pensamiento radical moderno: El capital, o lo que es lo mismo, la crítica de la economía política.

De su llegada a Londres a la primera publicación en alemán de El capital transcurrirían 18 años. ¿Qué tanto fue aquello que anduvo pensando ese joven provinciano, judío converso y poeta marginal entre 1849 y 1867? Tristemente, muy poco sabemos —o sabíamos— al respecto. Más allá de la Contribución a la crítica de la economía política de 1859, y de unos cuadernos personales escritos entre 1857 y 1858 que hoy reciben el nombre de los Grundrisse, apenas una parte diminuta del proceso teórico llevado a cabo por Marx en esta época ha llegado a nosotros.

Parecería que hay un enorme bache entre su arribaje a Inglaterra y la concepción de El capital. Esto ha contribuido potentemente a cierta idealización de Marx como una especie sacerdote o alquimista teórico que tenía, desde un principio, todas las respuestas bajo la manga. Pero además, la crítica marxista más original se ha visto en igual medida afectada: frente a la ausencia de material escrito, la más rancia ortodoxia comunista contribuyó, con un gran éxito, a la creación de un Marx a imagen y semejanza de las doctrinas y estatutos de aquellos partidos de masas que —generalmente— se identificaban con la política de mano dura o revisionista (según de donde se mire) de la oficialidad soviética.

Una patética caricatura de Marx encarnó por mucho tiempo al verdadero pensador y revolucionario. Se “desarrollaron las fuerzas productivas” como un eufemismo del apoyo a las políticas burguesas de proletarización y destrucción de los vínculos comunitarios. Se excluyó a los indígenas, a los campesinos y las mujeres con supuestas bases textuales en el ya muy manoseado Marx.

Si luego de Marx la inocencia se hizo imposible, de los primeros que tendríamos que dudar es de los marxistas. Hoy, por suerte, contamos con buen material bibliográfico que despeja las dudas. Sabemos, por ejemplo, que en la década de 1870 Marx encaró la cuestión —negligentemente tratada en su juventud— de la India, la China, Rusia y los Estados Unidos, países todos al margen del movimiento asumido por Europa en la consolidación de la sociedad burguesa. Quedaba claro que no existía una sola vía hacía el capitalismo, y lo que es más importante, que no había un modo único o una condición económica indispensable para salir de él por la puerta de la revolución.

Volviendo al periodo londinense que nos ocupa, recientemente han abundado publicaciones críticas sobre el mismo de la mano del proyecto MEGA. Un ejemplo notable es el libro de Lucia Pradella, sobre las notas de Londres de 1851 a 1853. Al parecer, ni América Latina, ni la condición de la mujer fueron continentes desconocidos para la pluma de Marx. Un golpe bajo para los ortodoxos y para el progresismo liberal. El interés creciente sobre estos textos, no obstante, permanece en la vieja Europa y en algunos círculos de la crítica norteamericana. Casi todo en alemán, muy poco en inglés, y prácticamente nada en castellano. La frontera idiomática ha obstaculizado una recepción efectiva de un Marx, quizá hasta ahora, desconocido.

Por eso —y a esto se debe todo el rodeo— es que habría que celebrar con bombos y platillos la muy reciente traducción al castellano, por gestión de Álvaro García Linera en la Vicepresidencia de Bolivia, de uno de los manuscritos que componen los cuadernos escritos por Marx en sus primeros años en Londres. Titulado sugerentemente como “Colonialismo”, corresponde más exactamente al cuaderno XIV de 1851. ¿Qué podrá decir Marx sobre “colonialismo”? ¿Un abuso del editor? ¿Una estrategia de marketing? ¿Un intento fracasado de revivir a un perro cada vez menos muerto? Mientras llega a nuestras manos, acá dejamos el registro audiovisual de la presentación oficial del libro comentado por Álvaro García Linea y Michael Heinrich.

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