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Restauración patriarcal, nuevas derechas y luchas populares en América Latina: Una conversación con Verónica Gago

Las luchas populares en América Latina se enfrentan hoy a bloques antifeministas y movimientos reaccionarios que han logrado hacerse un espacio en el ideario de una gran parte de la sociedad, en especial entre jóvenes varones. Ante este panorama, conversamos con Verónica Gago para comprender mejor de qué va la restauración patriarcal y cómo disputar lenguajes capaces de producir nuevas subjetividades transformadoras.

En un momento de profundas disputas políticas en América Latina, las luchas feministas vuelven a ocupar un lugar central en la discusión. Al mismo tiempo, el antifeminismo se ha convertido en una de las banderas más visibles de las nuevas derechas, configurando un escenario de confrontación política que atraviesa a toda Nuestra América.

En este contexto, desde Lanzas y Letras conversamos con la filósofa, politóloga y activista feminista argentina Verónica Gago durante su visita a Medellín en febrero de este año. La entrevista aborda algunos de los debates más urgentes para los movimientos sociales latinoamericanos: la relación entre feminismo y economía, el problema del endeudamiento, y los desafíos que enfrentan hoy las luchas feministas y los movimientos sociales frente al avance de proyectos políticos autoritarios.

A propósito del mes de marzo y de las conmemoraciones del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, publicamos esta conversación como una invitación a pensar el feminismo no como una agenda sectorial, sino como una fuerza política capaz de articular luchas contra las múltiples formas de explotación, dominación y despojo del capitalismo.

Restauración patriarcal, neoliberalismo y autoritarismo
L&L: En espacios de divulgación, como el podcast Los monstruos andan sueltos y el artículo sobre el libro reciente de Judith Butler acerca del movimiento antigénero, propones pensar el momento actual no sólo como una reacción conservadora, sino como un proyecto de “restauración patriarcal”. ¿En qué sentido hablar de “restauración” nos permite entender mejor este ciclo de ultraderechas que términos como “reacción” o “backlash”? ¿Qué implica esa promesa de retorno a un pasado idílico patriarcal —fantaseado como “natural”— en el marco de un neoliberalismo que, al mismo tiempo, produce precariedad e inseguridad generalizada?

V.G.: Esa noción de restauración patriarcal es, a partir de mi lectura del libro de Butler, una manera de comprometerme con ese diagnóstico; pero a la vez pensarlo desde Argentina, donde lo que estamos viviendo con el gobierno que se llama anarcolibertariocapitalista de Javier Milei tiene una particularidad que es lo que yo llamo un antifeminismo de Estado.

Es decir, que la dimensión de lo que Butler llama antigénero, en el caso de Argentina, toma unos ribetes, unos contornos muy particulares porque se convierte en un proyecto y en una política de Estado. Entonces, para mí, los argumentos de Butler son interesantes porque nos permiten, por un lado, como un mapa global; es decir, ¿por qué esta reacción se da en lugares tan diversos del mundo? Y, a la vez, a mí me interesaba pensar por qué, además, en países del sur, como el nuestro, donde el movimiento feminista, transfeminista fue tan potente en la ocupación de la calle, en la radicalidad de sus propuestas, en la manera en que se hizo transversal en distintos espacios políticos, desde sindicatos hasta universidades, organizaciones políticas, hasta en los currículums de las escuelas públicas…; ¿Por qué toma justamente una dimensión particular, al punto de que se hace programático del gobierno ultraderechista de Javier Milei?

Entonces, yo creo que, si bien podemos decir que el movimiento antigénero es global, hay que también entender situadamente por qué en algunos de nuestros países toma un ensañamiento en respuesta a la radicalidad y a la masividad que han tenido los movimientos feministas y transfeministas. Y yo creo —sobre todo— que es una respuesta a la capacidad que nuestros movimientos feministas y transfeministas han desarrollado en términos de alianzas políticas. Lo vimos en Chile, lo vimos en Ecuador, lo vimos en Colombia: la capacidad también de las dinámicas de luchas feministas de estar en contacto, de aliarse y de radicalizar movimientos populares, huelgas, indígenas y campesinas. Creo que es a esa capilaridad, a esa masividad, pero también a esa capacidad de alianza política que los movimientos feministas y transfeministas han tenido en el Sur, a lo que se responde de manera tan particular y tan cruel. En Argentina, nosotras usamos mucho la palabra crueldad como una política de Estado.

Para mí la idea de restauración patriarcal era fundamental para entender qué ha prometido Javier Milei, haciendo del movimiento feminista un objeto de odio; y eso ha sido parte, primero de su campaña política, y después de sus políticas concretas una vez que logró convertirse en presidente. Y en estos dos años no hemos dejado de ver una criminalización contra referentas sociales y feministas, un ataque permanente a los ámbitos de autogestión de la reproducción social donde los feminismos son protagonistas en los movimientos de luchas por la tierra, movimientos indígenas, movimientos de redes de cuidados y, por supuesto, también un ensañamiento muy fuerte contra el derecho al aborto. Milei habla de “las asesinas del pañuelo verde”, en Argentina que ha sido un país conocido mundialmente por una lucha tan importante por el aborto y que fue logrado en plena pandemia. Entonces, creo que la idea de restauración patriarcal funciona efectivamente como una venganza contra la capacidad de las luchas feministas y transfeministas, la capacidad de haber abierto un escenario político y haberlo hecho en términos de mucha masividad y de mucha radicalidad, y de haber puesto en cuestión temas en una multiplicidad de espacios, no solo en las organizaciones feministas, sino en todo tipo de ámbitos de la vida cotidiana, de la vida política y de la vida económica. Entonces, creo que a esa multiplicidad responde esta restauración. 

Pero también diría que me interesa mucho no solo este momento de venganza, sino también lo que Milei promete a futuro; no solo una restauración de un pasado idílico, sino también una propuesta de futuro para los jóvenes varones de “lo que las feministas te robaron”, “todo lo que te hace sentir inseguro es culpa de las feministas”, “nosotros te proponemos un futuro mejor si te adherís al antifeminismo que estamos proponiendo como política de Estado”. Y política de Estado son cosas muy concretas en el caso de Argentina: haber desfinanciado o cerrado todas las instituciones y políticas públicas que tenían que ver con la prevención de la violencia por razones de género, la criminalización y persecución de liderazgos feministas y de liderazgos populares asociados al ciclo de luchas feministas, y una agresión y una violencia digital permanente contra los feminismos, que se ha desbordado a la habilitación de una violencia en la calle.

En estos dos años de gobierno ultraderechista han aumentado un montón lo que se llaman crímenes de odio o agresiones de odio contra personas queer, contra mujeres en la calle; es decir, hay algo de la habilitación del discurso de odio cuando se produce desde el máximo poder de Estadoque habilita un odio que se transmite en la dinámica cotidiana y que ha habilitado esta idea de venganza como una suerte de moneda de cambio frente al malestar generalizado que hoy tenemos en nuestro país.

Neoliberalismo, fascismo y masculinidades precarizadas
L&L: Has desarrollado la noción de “individualismo autoritario” para pensar la articulación entre neoliberalismo y pulsiones fascistas. En este marco, también has señalado el papel de las masculinidades en crisis y expresiones de “reemplazo”, más violentas y reaccionarias, además de la conexión emocional que las ultraderechas construyen con hombres jóvenes que se sienten desestabilizados por los avances feministas. ¿Cómo se entrelazan la precarización neoliberal y la “conmoción” de los privilegios masculinos en la producción de este nuevo sujeto político reaccionario? ¿Qué papel juega la promesa de estabilidad y orden patriarcal en esa recomposición de identidades masculinas fragilizadas? ¿Qué relación puedes establecer entre las estrategias actuales de Trump en América Latina cada vez más hostiles y reaccionarias —secuestro de Maduro, cerco a Cuba, tensiones con Colombia, etc.— o el ascenso de figuras como Milei o la acogida juvenil en Colombia de figuras como Abelardo de la Espriella con esta forma de masculinidad?

V.G.: Me parece que la ultraderecha ha hecho una operación muy inteligente, que es reemplazar el malestar que se siente por la precariedad, por la falta de horizonte laboral, de vivienda, de la posibilidad de planificar una vida —sobre todo en la juventud y, en particular, en los varones jóvenes, que tienen tradicionalmente este mandato de ser proveedores y de formar una familia en relación con la autoridad que les daba su figura de proveedor, vinculada al mundo asalariado de derechos, que no existe más en el neoliberalismo—. Y la ultraderecha ha reemplazado la fuente de esa inseguridad, que es el neoliberalismo; es decir, el neoliberalismo es una gran máquina de producir inseguridad en la vida cotidiana, y ese malestar que produce esa inseguridad —lo que han dicho las ultraderechas— es: “la causa de ese malestar no es el neoliberalismo y las políticas de despojo, sino que la causa de ese malestar es que las feministas te vinieron a sacar lo poco que tenías”. Entonces, ese reemplazo permite dejar de lado la crítica al neoliberalismo y usar como chivo expiatorio a las luchas feministas, pero también a otro tipo de luchas que han puesto el cuerpo, justamente, a hacer la crítica al neoliberalismo. Pero la ultraderecha dice: “la razón, la causa de tus padecimientos, de tus inseguridades es que hoy hay un grupo social que está demandando más cosas y que, por lo tanto, como los recursos son finitos, si ellas y elles tienen más, vos vas a tener menos”.

Entonces, logró transmutar esa escena y, por lo tanto, activar una política de odio y de resentimiento; pero, al mismo tiempo, yo creo que es interesante pensar que en nuestros países, cuando se habla de masculinidad que pierde sus privilegios, no es la misma masculinidad blanca, asalariada, de los países del primer mundo, porque también son masculinidades hiperprecarizadas, muchas veces no blancas o no percibidas como blancas en el mercado del trabajo. Y yo creo que tenemos que hacer otro tipo de explicación desde nuestros países, que no es exactamente la misma de cómo funciona la caída del privilegio masculino blanco en países del primer mundo. Ahí hay una disputa muy interesante desde los feminismos para entablar vínculos, conversaciones y alianzas con esos jóvenes hiperprecarizados que hoy gobiernos de ultraderecha o dispositivos mediáticos de ultraderecha están queriendo capturar en su malestar, y aprovechar y explotar ese malestar para proponerles una subjetivación reaccionaria.

Ahí hay una tarea que hacer con esos compañeros —sobre todo compañeros muy jóvenes. Vale la pena pensar desde los feminismos: qué hacer, cómo abrir otra conversación, qué significa también poder conversar sobre el malestar de esas masculinidades y qué otras propuestas de masculinidades están circulando que no sean esas tan atadas a una idea de “proveedor exitoso” o “violento fracasado”, que son como los estereotipos de la masculinidad que se oferta—. Al menos en Argentina hay una discusión que se abre en ese sentido porque Milei está muy obsesionado con capturar a los varones jóvenes: esta idea de que han sido quienes lo han votado. Y él promueve, también en consonancia con dinámicas globales, toda esta idea del éxito financiero, de los criptobros, de una subjetividad que se va a hacer rica o que se va a hacer exitosa con las apuestas virtuales, con la especulación financiera. El propio Milei encarna un poco esa idea. Hace un año produjo una estafa con una Memecoin —desde su cuenta oficial de presidente estafó a un montón de gente— y él dice: “es el riesgo de la apuesta”.

En el libro que hicimos con Luci Cavallero, Contra el autoritarismo de la libertad financiera, hay una conversación —con dos compañeros: Ariel Sánchez y Nico Pontacuarto, con quienes estamos trabajando— sobre cómo el gobierno ha propuesto una idea de que hoy la masculinidad se puede validar con el riesgo financiero. Entonces, en la medida en que más te arriesgas financieramente, en que más apuestas…; hay algo de esa masculinidad que ya no es proveedora, pero que ahora es especuladora. Entonces, desde la ultraderecha están tratando de ofertar un nuevo modelo de masculinidad para los jóvenes, diciendo: “bueno, ya no vas a conseguir trabajo —al estilo del trabajo con un salario estable—, pero sí te podemos ofrecer una idea de riesgo en la cual esa masculinidad se va a poder probar”.

Y, además, ese discurso y esa oferta vienen vinculados a un antifeminismo muy fuerte. Es decir, de nuevo: “con este riesgo te vas a probar que valés, en contra de lo que dicen las feministas que están devaluando permanentemente el rol masculino”. Hay algo ahí que me parece interesante discutir, desarmar y disputar también, porque esta generación es una generación que ha sido parte del momento de luchas feministas. Entonces, también hay una subjetivación en disputa que me parece que no se la podemos regalar a la ultraderecha.

Ahí vos hablabas del individualismo autoritario, que es un concepto que en algún lado escribí. Me parece que en la teoría política clásica está esta figura del individualismo posesivo. Bueno, las democracias liberales se sustentan bajo la idea de un individualismo posesivo —que siempre son estos varones blancos que tienen derechos—, y después hay un montón de cuerpos que no logran el estatus de individuos propietarios: las mujeres, las personas sin derechos laborales, etc. Pero hoy lo que me llama la atención es que estamos en un neoliberalismo en el que incluso el individualismo no tiene garantías de ser propietario. Ese individuo no tiene garantías de ser propietario; es un individuo que está despojado, pero, aun así, el reemplazo de ese despojo se da por medio de una intensidad autoritaria. 

Entonces, vos no tenés nada, pero lo que asegura tu individualidad es una capacidad de ejercer cierto poder. Me parece que hay ahí unos corrimientos en esta idea de una oferta permanente a individuos a quienes, sin embargo, no se les garantiza ninguna capacidad de ser propietarios, ninguna capacidad de tener derechos, pero se les oferta que sean actores de un autoritarismo de tipo “horizontal”, entre pares. Ahí hay una cuestión también interesante a pensar: ¿sobre qué bases se sustenta este individuo despojado y autoritario?

Culpabilización del feminismo y remasculinización de la política
L&L: Tú te has cuestionado la narrativa —proveniente incluso de sectores progresistas— que responsabiliza a los feminismos por el ascenso de la ultraderecha. También adviertes que la “remasculinización de la política” no es exclusiva de la derecha, sino que puede operar como repliegue en espacios aliados. ¿Cómo evitar que, frente al avance reaccionario, incluso sectores populares o de izquierda respondan con una remasculinización que vuelva a segregar las demandas feministas y sirva al fascismo en ascenso?

V.G.: A nosotras nos llamó mucho la atención que, en el caso de Argentina, cuando ganó las elecciones Milei, rápidamente se le echó la culpa al feminismo; o sea: que haya aumentado la adhesión a la ultraderecha se debe a que el feminismo fue muy radical, demandó demasiadas cosas, fue muy agresivo, y entonces “esto es el efecto que ustedes produjeron”. Y esa culpabilización del feminismo la hizo la ultraderecha, pero también sectores, entre comillas, aliados, progresistas e incluso de izquierda. Sectores de izquierda que vienen hace mucho tiempo diciendo o adhiriéndose a esta idea de que lo woke es el abandono de una lucha de clases y de que las luchas feministas dejaron de poner en el centro cuestiones vinculadas al trabajo; cuando nuestra experiencia es completamente distinta. Es decir, es gracias a las luchas feministas, al paro, a la huelga feminista, que se amplió la idea de lo que entendemos por trabajo, que se puso a discutir qué son los trabajos no formalizados, los trabajos no remunerados; cómo eso tiene una larga historia en nuestros países; qué significa, por ejemplo, construir demandas gremiales para un trabajo no formalizado, etc.

Entonces, esa culpabilización de las luchas feministas vino de varios frentes al mismo lugar, y yo creo que se aprovechó también, desde varios lugares, para una remasculinización de las vocerías, de los movimientos, de quiénes aparecen en los programas de televisión, de radio…; todo lo que se había puesto en discusión —de un cierto monopolio de las voces, de la visibilidad, de la representación, etc.—, con el argumento de que el feminismo era en parte culpable del ascenso de la ultraderecha, fue aprovechado por distintos sectores para una remasculinización de muchos de los espacios: la universidad, los medios de comunicación, la política representativa. Entonces, me parece clave seguir discutiendo con esos sectores que finalmente terminan compartiendo parte de un óptico con la ultraderecha, aún si se dicen contrarios a la ultraderecha.

Mujeres conservadoras, feminismo liberal y pinkwashing
L&L: Has señalado cómo ciertos liderazgos femeninos en la derecha, funcionan como legitimación de políticas profundamente regresivas, en una suerte de pinkwashing conservador, como podrían ser los casos de Weidel, Meloni y Le Pen. ¿Cómo piensas que ha mutado el feminismo liberal en este contexto? ¿Qué implica que la derecha produzca figuras liderazgos femeninos como Widel, Meloni y Le Pen, como respuesta a la “marea” feminista y se apropie estratégicamente de la agenda de género para reforzar un proyecto neoliberal y autoritario?

V.G.: …Y el proyecto racista muchas veces, ¿no?

Otra de las dinámicas de limitar la capacidad de los feminismos, de las luchas feministas en su anticapitalismo, en su antirracismo, en las maneras en que se han conectado con otras dinámicas de luchas populares y sociales…

Creo que cuando hablamos de un feminismo que se hizo masivo, que se radicalizó, es un feminismo que empezó a hacer diagnósticos estructurales sobre las violencias, y no sólo sobre la llamada Agenda de Violencia de Género, sino que empezó a hablar de la interconexión y de la imbricación de las violencias en clave estructural; que además dijo: no sólo vamos a hablar de la violencia, sino de las luchas contra las violencias, que no es exactamente lo mismo. Y que además empezó a producir un punto de vista a la vez sistémico —porque esto es parte del sistema capitalista colonial patriarcal— y, al mismo tiempo, muy situado en conflictos concretos. Esa articulación que logran las luchas feministas, de poder decir: “estamos hablando de un sistema que es patriarcal, colonial, extractivista, y al mismo tiempo esto lo estamos diciendo desde este conflicto, de cómo nos afecta a las mineras en tal lugar, el trabajo precario en otro, la política antiinmigrante en otro”, le da una fuerza a esos movimientos de enunciación, de lucha, de conceptualización, que es muy fuerte.

Uno de los efectos para tratar de desbaratar las dinámicas contrarrevolucionarias contra esa forma de los feminismos han sido las producciones de feminismo liberal, de feminismo pink washing, de feminismo como si fuese una cuestión de cupo empresarial, como si fuese una cuestión nacionalista donde el feminismo pasa a ser una clave civilizatoria contra los migrantes y las migrantes. Hay un intento de secuestrar ahí el nombre mismo feminismo, porque tendríamos que discutir si le seguimos diciendo a esas formas de “liderazgo”, a esas políticas, feminismo, o si han capturado justamente ese nombre para vaciarlo de sentido, para vaciarle su sentido justamente anticapitalista, antifascista, antipatriarcal.

Pero, por supuesto, es una estrategia capitalista muy efectiva para decir: “finalmente el feminismo no era nada más que esto”, o “finalmente el feminismo también puede ser racista, también puede ser liberal”. Son las maneras de vaciar esas palabras, de crear una confusión y apostar a que “si lo único que querían era una mujer en el poder, si la mujer es de derecha, no importa, porque lo único que les interesaba a ustedes es que sean mujeres”; es una idea biologicista también muy fuerte. Creo que es clave marcar esas diferencias, señalar esa estrategia de captura y de vaciamiento, y tener muy en claro que una de las claves de capturas capitalistas es agarrar eso que aparece como diferencia subversiva e incorporarlo al sistema para mostrar que finalmente no tenía ninguna subversión seria.

Abundancia, subjetividad y disputa del lenguaje
L&L: Has planteado que las luchas populares no son pro-austeridad y que es necesario disputar la narrativa del sacrificio, incluso frente a sectores de “clases medias” que sienten que “tienen algo que perder”. También has advertido que las derechas se apropian de un lenguaje de audacia y revolución. En este “umbral histórico” en el que nos encontramos —marcado por crisis capitalista, violencia y restauración patriarcal—, ¿cómo reapropiarnos del lenguaje de la transformación, de la revolución, de la abundancia y de la “autoestima colectiva”? ¿Cómo sostener esos espacios colectivos y producir nuevas subjetividades en un momento de “derrota” y catástrofe?

V.G.: Lo que vemos hoy en Argentina es que están tratando de destruir justamente esta autoestima colectiva, pero también las capacidades materiales de tiempo, de recursos para estar en la asamblea, estar en la organización, tener capacidad de participar en redes. Y, al mismo tiempo, sabemos que esas redes son los únicos recursos en un momento de austeridad hiperimpuesta por parte del capital. Hoy, en Argentina, es una política de saqueo financiero, porque aumentan los precios de los servicios básicos, hay una inflación que recae principalmente sobre la vivienda, sobre la medicación y sobre el alimento; hay un congelamiento de los salarios, hay aumento de desempleo, a la vez que aumenta el pluriempleo —sobre todo vía plataformas—, y hay un aumento brutal del endeudamiento —que es el otro tema que nosotras trabajamos muchísimo—, y esa deuda es la que te obliga a trabajar y trabajar y disponer cada vez de menos tiempo para hacer otras cosas. 

Pero algo que en Argentina se está discutiendo también mucho es lo que se llama crisis de salud mental; es decir, el nivel de agotamiento, de padecimiento psíquico que produce el estar trabajando todo el tiempo, de que nada te alcanza; que además, cada vez hay menos recursos públicos. Entonces, justamente hay un ciclo de luchas, en el caso de Argentina, pero creo que en América Latina, que han sido muy importantes, como luchas contra la impunidad y contra la austeridad —que era una articulación que el neoliberalismo, en el momento de los años 90, con el consenso de Washington, etc., de un gran paquete de impunidad y austeridad—. Y, a partir de los años 2000, empiezan a haber levantamientos y protestas populares en distintos países de nuestra región, donde cuestionan esa política de impunidad y de austeridad.

Yo creo que es eso lo que, en varios países, especialmente en el Cono Sur, abre el espacio político y el momento de lo que se llamó los gobiernos progresistas, que tienen que responder a esa agenda de movimientos. Lo hacen de distintas maneras, con distintos resultados, pero lo que vemos es que los movimientos feministas retoman esa agenda antiausteridad, antiimpunidad e incluso le plantean críticas a los gobiernos progresistas muy interesantes y muy radicales; por ejemplo, el extractivismo, la insistencia colonial de nuestros Estados, etc.

La ultraderecha viene a responder a ese nuevo ciclo de luchas, cuyas críticas habían sido muy radicales y muy de fondo. ¿Cómo lo hace la ultraderecha? Usando ese mismo lenguaje de lo revolucionario, de transgredir todos los límites, y eso hoy, por lo menos en el caso de Argentina, lleva a una crítica muy profunda de la moderación progresista. Es decir, cómo la moderación progresista tuvo que ver con que hoy el lenguaje de la radicalidad sea cooptado por estas ultraderechas, pero también con la imposibilidad hoy de proponer otro horizonte cuando es la propia ultraderecha la que permanentemente está acelerando y radicalizando los procesos de despojo contra los movimientos sociales que han sido los más radicales: los feminismos, las asambleas por el agua, por ejemplo, las colectivas indígenas de defensa del territorio, etc. Creo que ahí hay una disputa que ellos plantean de manera directa, porque se quieren quedar con ese lenguaje; por eso es tan importante reclamar esos lenguajes y no cedérselos, y no creer que hay que ir a la moderación para no hablar la misma lengua que ellos, porque ellos son los que capturaron algo de nuestra práctica, de nuestra lengua política, y yo creo que hay que desobedecer los usos que ellos hacen de ese lenguaje.