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54 años tejiendo organización, memoria y resistencia popular

A 54 años de la fundación de la Organización Femenina Popular (OFP), conversamos con Jackeline Rojas, lideresa y vocera política de la organización, sobre el legado de décadas de lucha, la relación entre el movimiento de mujeres y el sindicalismo, y los desafíos que enfrenta hoy la organización popular en Colombia. Desde Barrancabermeja, esta entrevista recupera una historia construida desde las mujeres organizadas y reivindica una convicción que atraviesa más de cinco décadas de lucha: solo el pueblo organizado puede transformar las condiciones materiales de su existencia.

Mi nombre es María Jackeline Rojas Castañeda, tengo 58 años de edad, barranqueña, ribereña también: me considero una mujer de la Ribera del Magdalena Medio, porque he crecido como la lideresa que soy y que me reconozco en la defensa de los derechos humanos y los derechos humanos de las mujeres.

Hago parte de la Organización Femenina Popular desde hace más de 30 años, ya llegando a los 40. Llegué muy chiquita a la organización. Y digo chiquita, pues tengo 58 y ya voy a cumplir 40 de estar en la organización. Entonces sí que llegué bastante pequeña, siendo parte de los grupos juveniles que la Organización Femenina Popular acompañaba en esa época.

Y aquí estoy, hago parte del equipo de dirección de la Organización Femenina Popular y tengo la responsabilidad del acompañamiento al proceso de mujeres en la región del Magdalena Medio. Y soy vocera política en el tema de memoria, derechos humanos y paz de la organización.

L&L: ¿Qué es la OFP?

J.R: La Organización Femenina Popular, como su nombre lo dice, es una organización de mujeres populares. Y cuando hablo de populares, hablo de la mujer que está empleada, pero también de la que no está empleada, la mujer que vende las empanadas y la que es maestra. Hasta donde se alcanza, es esa reivindicación y reconocernos en el tema de qué nos está afectando, qué nos daña a las mujeres y cómo nos juntamos. Porque juntas no nos golpea de la misma forma. La Organización Femenina Popular es eso, es una organización de mujeres de base, mujeres que entienden elementos clave como el género y la clase, como pueblo que tiene principios de autonomía y que están insertas en el territorio.

L&L: Históricamente, el sindicalismo en Colombia ha sido un espacio muy masculinizado. ¿Cómo ha sido para las mujeres de la Organización Femenina Popular disputar ese lugar y construir formas propias de organización y lucha?  

J.R: Me da risa la pregunta y después cuando ya te diga al final por qué me da risa lo vas a entender. A ver, yo creo que indudablemente el escenario del proceso de la organización es Barrancabermeja. Ahí arrancamos en los 70 y Barrancabermeja tiene una historia de lucha. Y la primera organización social que dinamizó y acompañó el movimiento social en Barranca fue el sindicalismo, porque aquí nace la Unión Sindical Obrera (Uso), el sindicato de la industria del petróleo con Ecopetrol.

Entonces, indudablemente, hemos tenido un relacionamiento muy muy cercano, como hermanos de lucha que nos reconocemos, nos apoyamos, nos acompañamos y nos insertamos en la dinámica del movimiento social. Eso para decirte que hay dos cosas claves que hemos ido encontrando y en las cuales yo particularmente me he ido involucrando; y tienen que ver con el tema de ganar espacios en el movimiento sindical.  Y yo siempre lo he dicho, si existe un escenario machista es el sindicalismo. Con todo el amor, el respeto que tengo con los compañeros, y hoy día compañeras, del movimiento sindical. Pero afortunadamente esa hermandad que fuimos tejiendo en ese escenario de reconocernos, respetarnos, creo que ha sido un ejercicio de formación interesante en el que nosotras como mujeres fuimos ganando desde lo concreto, desde la lucha, desde la friega, desde la barricada, desde la olla del sancocho, desde la marcha. Un reconocimiento con los compañeros en la oportunidad de ver cómo las mujeres podíamos jugar y estábamos jugando un papel fundamental para fortalecer la dinámica de las luchas y el movimiento social.

Lo digo con cosas concretas, dos ejemplos que yo siempre he dicho en el tema de los compañeros de los sindicatos. Uno fue el escenario de la Coordinadora Popular, un escenario fuerte de finales de los ochenta, comienzos de los noventa, en el que nos acogíamos los diferentes movimientos, organizaciones, las mujeres, los campesinos, los estudiantes, la iglesia… Porque particularmente para la región del Magdalena, en ese entonces contábamos con iglesia de puertas abiertas, las juntas de acción comunal… Inclusive, hasta los gremios estuvieron en la Coordinadora Popular.

Entonces, un ejemplo muy concreto fue el día que teníamos un paro. Programamos un paro, obrero, y nosotras estábamos ahí. Hicimos la asamblea de la Coordinadora y estábamos ahí en todo lo de la logística, organización… Y entonces empezaron a montar las comisiones de trabajo. Y en esas comisiones de trabajo entonces, se levantó el compañero dirigente, de voz gruesa, y dijo: “Entonces las mujeres de la OFP van a encargarse de los sancochos, de la olla, de garantizar la alimentación”.

Y recuerdo tanto, que se paran Yolanda y Rosalba Meriño —yo estaba muy chiquita en ese entonces—  y le dicen: “Vean, nosotras vamos a acompañar el tema de las ollas, pero nosotras no lo vamos a hacer solas. En esa comisión deben estar también los compañeros de los sindicatos. Porque es que el sancocho es profundamente político. La garantía del alimento para los que estamos en la brega es súper importante y no lo hacemos solamente las mujeres. Necesitamos también que sea 50/50”, —“¡Ay compañeras, pero es que no sabemos! —“Se aprende. Y ustedes tienen que estar ahí. Pero además, nosotras pedimos un cupo en la comisión política, en la elaboración del documento; porque es que nosotras tenemos cosas para decir”.

Entonces, es un ejemplo concreto de cómo se fue ganando esto, más que la teoría o el lenguaje que nos incluyera, es: “Estamos aquí haciéndole, venga para acá, pero yo también necesito un espacio allá”. Entonces, fue un ejercicio interesante, vuelvo a reiterar, más allá de los lenguajes. 

Otra anécdota importante es ya en los años 2000, cuando todo este proceso de resistencia, de toda la arremetida —porque Barranca tuvo un momento muy duro en el año 2000, en el que hubo más de 800 personas asesinadas. Salíamos de la casa y empezábamos a encontrar cadáveres en las calles. Que mataron a Fulano, que mataron a Susana. Y en el 2001, alcanzaron a llegar a ser casi 600 hombres o mujeres de las comunidades, asesinados. Y a través de los símbolos, pudimos generar —con un símbolo muy concreto que fue la bata negra— podernos movilizar, podernos articular, poder poner en el mundo público un símbolo que significaba resistencia y el no a la muerte: la bata negra.

Y los compañeros, un día en una asamblea, reconocieron que estaban vivos muchos de ellos, porque se habían podido meter debajo de las enaguas de las mujeres. Y esas enaguas, pues eran la bata negra. Lograr ellos también, como hombres, ponerse en la bata y poder salir, junto con nosotras, a la movilización, a la denuncia. En una época en que en Barrancabermeja los paramilitares prohibieron entre el año 2000 y 2005 cualquier acción política pública de denuncia. Y a través de los símbolos, nosotras empezamos. Entonces está la bata, está la olla, y bueno, tú conoces más de los símbolos que la Organización Femenina Popular fue posicionando. Entonces, con eso del mundo sindical, fuimos ganando. 

Bueno, y la última anécdota, de la que me reía al comienzo, es el tema de la lucha personal. Yo, Jackeline, como lideresa de Derechos Humanos, he tenido que decir entre mis pares: “Es que no es Jackeline la mujer o la esposa de…”. Mi compañero, con el que actualmente llevo 20 años, es un líder sindical del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Industria de Alimentos, en Sinaltrainal. Entonces, yo siempre he dicho, es que en mí invirtieron un montón de tiempo para formarme y para ser la lideresa, y cuando yo me encontré en el camino con él, yo ya era lo que era. O sea, soy yo la dirigente de la Organización Femenina Popular, no la mujer de Juan Carlos, el dirigente del Sindicato Nacional. Él es mi compañero de vida. Lo mismo plantea él. Y por esa lucha que yo le he dado, es que no: “yo no soy la mujer de…”. Soy la compañera de camino que tú, indudablemente, conociste ya en una trayectoria, de lo que he sido y en lo que me he formado, y en un escenario concreto que es la Organización Femenina Popular. Entonces, mi relación con el sindicalismo fue hasta la cama.

L&L: Muchas personas dicen que el sindicalismo “murió” en Colombia o que ya no representa a la clase trabajadora. ¿Usted cree que eso es cierto? ¿Qué factores —como la violencia, el neoliberalismo o la precarización laboral— explican esa crisis?

J.R: Yo creo que la crisis no es sólo del sindicalismo. La crisis es de los diferentes escenarios de articulación y procesos organizativos, porque no ha sido fácil. Indudablemente, así como el sindicato fue la primera expresión de movilización social, pues se convirtió en el objetivo militar primordial de una apuesta totalitaria y de guerra.

Aquí en Barranca, prácticamente, exterminaron a más de cuatro sindicatos. Asesinaron a toda la junta directiva. Como pasó con los del transporte urbano aquí en Barrancabermeja, de la San Silvestre. Como pasó con los de los taxis. O sea, fue una arremetida. Y como pasó… ¿Cuántos dirigentes tiene sumados la Unión sindical Obrera: Uso? De esos momentos álgidos que tuvo dentro de la lucha obrera. Porque también tenía que ver con que el sindicato, en ese momento, no se limitaba solamente a las reivindicaciones laborales y se incorporaba en la dinámica de la lucha de clases.

Entonces, en ese sentido, se convirtió, como muchas de nosotras —y sobre todo porque fue la primera expresión organizativa—, en objetivo militar. Y “tocaba exterminarlo”. Pero también, en esa transformación que ha habido, indudablemente, la estrategia de guerra perversa ha jugado con nuestras estrategias o con nuestras herramientas. Entonces, ha montado estructuras, sindicatos, sindicatos empresariales. Que para mí eso no son sindicatos, la verdad. Porque no acuerpan la esencia o la apuesta política de lo que es un sindicato: una organización, una asociación de trabajadores para ir más allá. Entonces, se desclasa (pierde su carácter de clase) el ejercicio organizativo del sindicato y se convierte dolorosamente en un grupo o un club dentro de la estructura. Que sí, dirá que negocia y apertura cosas con las empresas, pero la apuesta económica de control es tan perversa que manipula eso.

Yo sí sé que los pocos sindicatos que hay, porque desafortunadamente son pocos, también han tenido que transformarse. Porque están convencidos de su apuesta, pero necesitan sobrevivir en este escenario, sin renunciar. Y pues, yo no sé, de pronto… Y lo mismo pasa con las organizaciones.

O sea, nos toca adaptarnos a esas nuevas formas intentando no renunciar a nuestra esencia y a lo que somos. Entonces, yo creo que no es solo los sindicatos, pero ha pasado eso con esa estructura organizativa. Y creo que siguen en esa lucha.

Nosotras particularmente, y yo, en esa cercanía que he tenido con el sindicato, por esa relación con mi pareja —porque él reconoce la lideresa que soy desde el tema de mujeres—, he ayudado un poco a que, por lo menos, algunos sindicatos, particularmente ellos en Sinaltrainal, le den fuerza al tema de la participación de las mujeres y a la voz de las mujeres ahí. Entonces, esos comités de mujeres, comités de género, más allá de ser secretarías, porque eran vistas así: la Secretaría de la Mujer. Que se conviertan en esos comités donde las mujeres vayan avanzando. Y hace parte de ese trabajo, de cómo las mujeres en el sindicato también ganan esos espacios de participación, ese reconocimiento, para poder ser en apuestas muy específicas, como mujeres.

L&L: ¿Qué relación ve entre las luchas sindicales y otras luchas sociales, como las estudiantiles, feministas, territoriales o culturales? ¿Cree que siguen haciendo parte de una misma lucha de clases?

J.R: Ese es un dolor que tenemos. Y hoy, en este momento político que vive el país, ¿cómo lo vamos a sortear? De pronto, en mi espíritu esperanzador… Hemos tenido otros gobiernos y mandatos también terribles, como fueron los de Álvaro Uribe Vélez, y lo vamos a sortear. No va a ser tan fácil porque, indudablemente, pasamos de un proyecto totalitario, una apuesta totalitaria, como fueron esos mandatos, a un mandato fascista totalmente. Lo leíamos así, y es: “A arrancar cabezas”. Pero también está el tema de que no tenemos la misma fuerza que hace 10 años. Pero también esa fuerza se ha perdido porque nos hemos quedado en la supervivencia. Cada uno por su lado, tratando de… Y lo poco que nos unía, reconociendo el valor que cada una tenía, se ha ido diluyendo. 

A mí me ha marcado tanto algo que acabamos de vivir aquí en el Magdalena Medio, y es que por lo menos, una organización hermana como la ACVC, la Asociación Campesina del Valle se ha quedado en una zona porque así lo definieron las Autodefensas Gaitanistas. Un territorio que era su casa, donde tenían programas, proyectos, que habían desarrollado un arraigo en la comunidad. Tener que hacer una acción humanitaria para ayudarlos a “sacar los corotos”, como dice uno. Pero además, sin la voz, la fuerza suficiente en la garganta para gritar que eso no podía pasar. Y si antes íbamos a una acción humanitaria 40, 30 organizaciones con sus delegados; que llegaran a esa acción humanitaria 5 compañeros o compañeras delegados de organizaciones, más la institucionalidad, eso es doloroso. 

Yo no quiero perder la esperanza, no la quiero perder. Y pues, también es lo que he aprendido. En ese ejercicio de seguir caminando, de no perder la utopía, de saber que está ahí y que nos va a seguir alimentando. No por mí, sino por esas nuevas generaciones. Además, también haciendo el llamado urgente a cómo tenemos que hacer ese empalme con las nuevas generaciones, desde cada una, qué hacer, qué tenemos. Entonces, yo creo que sí nos siguen juntando cosas, volviendo a la pregunta, que nos seguimos encontrando pero con esas variables de adaptación, con esas variables de la fuerza que ya no es la misma.

Quiero creer que todavía existe esa empatía o ese amor por el hermano del sindicato, el hermano campesino, el hermano estudiante, por el dolor del hermano. Así como entre las mujeres decimos que lo que le pase a una, nos pasa a todas, también lo que le pase a cualquier compañero, nos pasa a todos. Y eso hay que seguirlo remarcando.

L&L: ¿En ciudades como Barrancabermeja, donde tantas familias viven de las economías populares, ¿cómo puede organizarse hoy la clase trabajadora más allá de los sindicatos tradicionales?

J.R: Ahí sí voy a hablar de nosotras las mujeres, y nosotras como organización. Porque los obreros que no están en el sindicato, que son muchos, tienen su familia y hacen parte de una comunidad. Entonces, ahí es la acción que podamos generar las mujeres, de espacios de encuentro, de esas mujeres que están ahí en esas casas. Y, ¿Cómo llevar… A través de ese ejercicio de encuentro, de esas economías populares, esas carpas púrpura, las casas de la mujer, la conmemoración de fechas…? ¿Cómo ir llevando “un bichito” a las mujeres para que de una u otra forma, si no es en la organización social del sindicato, esas mujeres que están ahí, lleven a una familia organizada? Entonces, yo creo que eso no es nuevo, porque lo hacíamos antes; y de hecho, muchas familias de compañeros de sindicatos han hecho parte de la Organización Femenina Popular. Pero, yo creo que hoy toma mucha más fuerza eso, para poder dar un enganche de lo que significa organizarnos, movilizarnos.

Y, en el plano de lo que acaba de pasar: las elecciones… El resultado a nivel nacional es doloroso. Pero, yo creo que el mapa de Santander lo van a cambiar y van a sacar a Barranca y a Puerto Wilches, porque fueron los únicos lugares donde la apuesta progresista ganó, y ganó por el doble o casi el triple de lo que sacó la otra. Entonces, sigue existiendo en la gente esa chispa, y eso es clave saber cómo lo podemos conducir, y es importante. Y yo creo que, pues no asumo la responsabilidad desde las mujeres, pero sigue siendo una oportunidad.

L&L: Frente al avance del individualismo, la precarización y el miedo a organizarse, ¿qué aportes cree que deja la experiencia de la OFP a las luchas actuales por la transformación de las condiciones de existencia de la clase trabajadora?

J.R: Yo la conecto un poco con la pregunta anterior, porque las mujeres somos necias tercas y no perdemos la esperanza. Indudablemente, conectar desde lo cotidiano —que siempre lo hemos hecho— nos permite adentrarnos en esos espacios; inclusive, hasta el de la clase obrera, porque también nuestros hijos, nuestros maridos, son obreros que venden la fuerza laboral a alguna empresa, a algún espacio económico. Pero en ese sentido, yo creo que es clave —y sacándolo del tema laboral—, el tema de clase, es como ese abono que debe existir y que debe seguir estando presente.

¿Quiénes somos como pueblo? Mujeres, hombres, obreros, campesinos, mineras, estudiantes, amas de casa. Es necesario saber que tenemos un lugar en esta dinámica de movimiento social, que existen unos derechos que tenemos que seguir enarbolando y reivindicando; para decirle, de pronto con nuevas formas, al Estado —como estructura— y al gobierno, que esté, que tienen que existir unas garantías y el respeto del derecho a la vida, y no cualquier vida. Entonces, yo creo que eso es clave en el tema de cómo nos sentimos como pueblo, como clase. Y en él cómo están las mujeres atendiendo un poco eso que está viviendo la organización, que fue tan fuerte para nosotros y tan referente, que es lo que ha sido la organización sindical para el pueblo de Barrancabermeja. Entonces, yo creo que seguirlo haciendo, teniendo viva la memoria de esas luchas que se han llevado, no para dejarlo en la retórica, sino pensando en cómo alimentar eso. Lo que podamos hacer hoy. Yo creo que se pueden seguir haciendo cosas.