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¡Presentes! Quiénes son los jóvenes colombianos víctimas del Terrorismo de Estado en Argentina

La batalla por la Memoria en Argentina es bien actual: el pueblo resiste la ofensiva de la ultraderecha, que reivindica la represión ilegal como aliento para su plan antiobrero y antipopular. La juventud colombiana aportó su cuota de internacionalismo en el país del sur. Estas son las historias.

 

Sobre la tela se ven los nombres bordados, y también las fotos. Allí lucen las puntadas que decoran y resaltan cada imagen. Trazos coloridos que dan vida, restituyen identidades, construyen memoria. La labor del Colectivo Bordando Luchas de Argentina sumó, este pasado 24 de marzo, el aporte de colombianas y colombianos que quisieron rescatar la presencia de cinco compatriotas víctimas del terrorismo de Estado en el país del sur. La de las bordadoras por la memoria es una práctica extendida en Colombia, donde tuvo y aún tiene su sentido reparador y reivindicatorio. Las imágenes bordadas en memoria de Bertha, Álvaro, Jairo, Alonso y Washington fueron publicadas por GV + Argentina.

 

Hubo más: lxs colombianxs residentes en Argentina se sumaron a los repudios a la dictadura cívico-militar iniciada hace 50 años con una potente actividad cultural frente a la embajada de su país, donde también portaron pancartas con los rostros de lxs 5. El video fue difundido por ANRed.

Fue en el marco de las protestas que congregaron a más de un millón de personas en todo el país.

Pasaron 50 años, y en Argentina hoy gobierna una banda político-empresarial continuadora de aquella dictadura promovida por los EE.UU. Sin embargo, las luchas por la Memoria mantienen su potencia combativa. Además de las multitudes en las calles, equipos profesionales lograron restituir, pocos días antes de la conmemoración, la identidad de 11 desaparecidos a partir de restos encontrados en la provincia de Córdoba. Las Abuelas de Plaza de Mayo, que hoy orillan los 100 años de edad, mantienen, sin descanso, la lucha por la recuperación de cerca de 350 niños y niñas robadas a sus madres desaparecidas y criadas ilegalmente por represores: otros 140 nietos y nietas, hoy adultos de entre 40 y 50 años, gracias a esa lucha ya recuperaron su identidad.

En ese contexto, el pueblo colombiano puede conocer lo que pasó con sus ciudadanos que, con generosidad internacionalista, se sumaron a las luchas de un país hermano y cayeron víctimas de la represión. Las historias de vida de Bertha, Álvaro, Jairo, Alonso y Washington fueron recuperadas por el periodista Andrés Arroyave en este completo reportaje. Con base en esa investigación, en repercusiones de periódicos de la época y en un proyecto de reconstrucción de la Memoria de estudiantes de La Matanza, presentamos, a modo de homenaje y de aliento para nuevas luchas, esas historias:

 

Bertha Lucía Restrepo. Ibagué, Tolima. Militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). 36 años.

Bertha nació y se crio en Tolima, Ibagué, pero durante su juventud decidió viajar a París en busca de nuevos horizontes. Allí se hizo amiga de una joven argentina, Graciela Paserien, comprometida con la militancia revolucionaria en su país. Graciela decidió volver a Buenos Aires en el año 1974, cuando la pulseada por el destino del proceso insurgente aún estaba abierta. Bertha decidió sumarse a esa apuesta.

En Argentina trabajó como delineante de arquitectura; hacía planos de casas y edificios. Se había integrado, con Graciela, al Partido Revolucionario de los Trabajadores, una organización guevarista que contaba con su brazo militar, el ERP. Pero el rol de Bertha fue en el área de prensa del partido. En tareas clandestinas, pero no armadas.

Tres meses después de consumado el Golpe de Estado, el 26 de julio de 1976 una patota de miembros de las fuerzas de seguridad vestidos de civil asalta el departamento de la calle Paunero 2793, en el barrio porteño de Palermo, donde Bertha residía. Se la llevan. Nunca más se supo de ella.

Jaime, su hermano, denunció ante Amnistía Internacional que aun después del hecho sus secuestradores regresaron y saquearon el lugar. Un anónimo le dijo a Jaime en 1978 que Bertha había sido vista en “el rincón de una oscura cárcel en las afueras de Buenos Aires”, pero su cuerpo continúa desaparecido. También el de su amiga Graciela.

 

 

Álvaro Herrera León. La Palma, Cundinamarca. Militante de la Juventud Universitaria Peronista (Montoneros). 23 años.

Álvaro nació en La Palma, un municipio de Cundinamarca. No había cumplido 10 años cuando su familia decidió mudarse a un barrio del sur de Bogotá, en busca de mejores posibilidades. Se hizo fanático de la lectura por influencia de su hermana mayor, Carmenza. Empezó leyendo a Gabo y enseguida se interesó por la filosofía. Quiso estudiar ingeniería en la Universidad Nacional de Colombia, pero, como le sucedía por aquellos años a miles de hijos de familias trabajadoras, no pudo: el sistema de ingresos le resultó excluyente. Terminó cursando sus estudios universitarios mucho después, en la Universidad de Buenos Aires, Argentina, en la Facultad de Filosofía y Letras, más afín a su vocación inicial.

Había partido a principios de la década de 1970 desde Soacha hacia el sur del continente, haciendo autostop. Llegó a Buenos Aires tras un paso por Bolivia y después por Chile, donde había llegado seducido por la prédica socialista de Salvador Allende. Debió abandonar ese país por el clima de persecuciones que ya por entonces generaba la oposición fascista al gobierno democrático. Cruzó la cordillera hasta Mendoza. En 1973 –un año de mucha convulsión política en Argentina– ya se había radicado en la capital. Allí Álvaro tomó partido: se encuadró en la Juventud Universitaria Peronista, la JUP, brazo estudiantil de Montoneros, la guerrilla peronista de mayor peso en el país. Pese a ello, su hermana Carmenza dice, en las cartas que le mandaba, que Álvaro “estaba en contra de las armas”.

En Buenos Aires, Álvaro formó pareja con Rosa Herrera. Tuvieron una hija, Gabriela, que tenía dos años el 13 de mayo de 1977. Ese día ocho hombres de civil armados bajaron cerca de la medianoche de dos automóviles Ford Falcon de color verde frente al domicilio de la calle Guemes, en el barrio de Palermo. Violentaron el lugar y se dirigieron hacia el sexto piso, departamento A. Allí encontraron a Rosa y a su hija Gabriela. Álvaro llegó después de eso, lo estaban esperando. Documentos judiciales procesados una vez caída la dictadura certifican que Rosa y Álvaro fueron sacados en la madrugada con los ojos vendados y las manos esposadas; dejaron a la pequeña Gabriela en manos del encargado del edificio.

Testimonios de sobrevivientes afirman que vieron a Álvaro, aún con vida, en el Centro Clandestino de Detención Club Atlético, en el barrio de San Telmo, muy cerca del centro de Buenos Aires. Después de ello ya no hubo rastros.

 

Washington Javier Barrios Fernández. Cúcuta, Norte de Santander. Militante del Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros de Uruguay, desaparecido en Argentina. 22 años.

Washington nació en Cúcuta y allí vivió solo hasta los 5 años. Era hijo de uruguayos, su nombre da cuenta de ese origen. Su familia se había radicado en esa ciudad colombiana porque el padre era futbolista y lo había fichado el Cúcuta Deportivo. Después, el grupo completo volvió a Montevideo.

A Washington le gustaba la fotografía y la carpintería, y en eso andaba cuando se sumó al Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros, la organización revolucionaria de más peso en el país oriental. Como resultado de la persecución en ese país, emigra a Argentina. En Montevideo, parte de su familia es asesinada por los militares.  Él es buscado en Argentina, como parte del Plan Cóndor, coordinación entre las dictaduras del Cono Sur.

Lo detienen en la ciudad de Córdoba la noche del 17 de septiembre de 1974 y lo trasladan a La Plata. Hay constancia que estuvo en manos de las fuerzas de seguridad hasta el 20 de febrero de 1975, cuando lo llevan desde su prisión al juzgado número 3 de esa ciudad. Sin embargo, desde entonces ya no se sabe de él. En esas fechas aún no se había consumado el Golpe de Estado, pero el Plan Cóndor, impulsado por los EE.UU. como parte de su estrategia contrainsurgente continental, estaba por encima de los gobiernos y desarrollaba la represión coordinada más allá de las fronteras, con total impunidad.

 

 

Jairo de Jesús Herrón Fernández. Santa Fe de Antioquia. Médico comunitario. 34 años.

Jairo viajó a Argentina cuando tenía 19 años. Se instaló en la ciudad de La Plata. Allí se graduó de Médico. Ejerció su profesión en González Catán, una localidad obrera de la provincia de Buenos Aires. Quedó a cargo de un consultorio barrial en 1973.

A tono con la juventud de la época, Jairo solía llevar barba y cabello largo. Una enfermera cercana a él interpreta que, por ese aspecto y por haber asistido en su consultorio a un joven militante perseguido, los militares creyeron que Jairo también estaba involucrado con los grupos insurgentes. De todos modos, a los fines de la denuncia el dato no es del todo relevante: ninguna actividad que Jairo o cualquier otro joven pudiera haber hecho justifica el secuestro, la tortura y la desaparición.

En la medianoche del 24 de marzo de 1977, al cumplirse el primer año del golpe de Estado, una mujer que trabajaba en el consultorio lo llamó por teléfono y le dijo que un paciente necesitaba verlo. Salió de madrugada. El llamado era una trampa: su compañera Irma lo supo a la mañana siguiente, cuando fue al mismo consultorio en su búsqueda y los militares también intentaron capturarla, aunque ella logró zafar. En el barrio vieron cómo personal de civil armado “de pelo bien cortito” lo echaba al piso de un vehículo y se lo llevaba. Desde entonces Jairo continúa desaparecido.

 

Alonso Durango Londoño. Cali, Valle del Cauca. Estudiante universitario. 24 años.

Alonso viajó a Argentina para estudiar medicina en la Universidad de Tucumán, al noroeste del país.

El 15 de marzo de 1976, poco antes del Golpe de Estado, fue secuestrado de su domicilio en San Miguel de Tucumán, en la calle 12 de octubre número 619. Se presume que fue capturado, torturado y desaparecido como parte de las acciones ilegales del Ejército argentino en el marco del Operativo Independencia, nombre que adoptó la acción contrainsurgente en esa provincia y que precedió en métodos y objetivos al Golpe de Estado. Su caso aparece en los registros que lleva el Centro de Estudios Legales y Sociales de Argentina (CELS).

Su caso es el único, de los cinco, que no contó con familiares que pudieran seguir de cerca el reclamo de justicia. Como su desaparición a manos de fuerzas del Estado constituye un delito de lesa humanidad y por ello no prescribe, su causa está aún vigente. Eso vuelve más pertinente difundir su caso en Colombia –especialmente en Cali, su ciudad de nacimiento– en busca de algún dato filial que permita reforzar la denuncia por su desaparición.

 

* * *

Los procesos de recuperación de identidad de personas desaparecidas como resultado del Terrorismo de Estado son distintos en Argentina y en Colombia, aunque tienen elementos en común. Lo mismo pasa con el proceso más general de reconstrucción de la Memoria Histórica, en disputa permanente. Suele primar un relato elaborado por las clases dominantes que criminaliza la rebelión –aun cuando por regla se dio en confrontación a regímenes dictatoriales–, y justifica los crímenes de quienes procedieron en defensa del Establecimiento y el gran capital. La permanencia del conflicto armado en Colombia dificulta esa disputa: a diferencia de lo que sucedió en Argentina, en el país caribeño el ciclo de la violencia armada no se puede dar aún por cerrado, por lo que ciertas reivindicaciones padecen el fuego cruzado de confrontaciones todavía vigentes. La recuperación de los restos del sacerdote guerrillero Camilo Torres ha sido, sin embargo, un paso importante: al igual que sucedió en el país del sur, fue determinante para ello la labor técnica profesional, la voluntad política y la buena recepción por parte de una mayoría social de las novedades que echan luz sobre los crímenes de Estado, para que no se repitan “Nunca Más”.

* * *

“Pido a Dios me dé la oportunidad de regresar algún día a Buenos Aires a depositar alguna flor colombiana en el cauce del río de la Plata, como homenaje tanto a mi hermana como a los miles de personas que fueron arrojadas al mar”, escribió Jaime Restrepo, hermano de Bertha. Pasaron 50 años del Golpe que desató el terror. El río que une a Buenos Aires con Montevideo, donde fueron arrojados miles de prisioneros políticos desaparecidos al igual que los cinco jóvenes colombianos, aún espera esa flor. Del mismo modo, los pueblos que padecieron la criminal represión estatal esperan el momento para volver a intentar, con los aprendizajes necesarios, los caminos de la liberación nacional y social.

Autor

Articulista y editor. Colabora con distintas publicaciones latinoamericanas. www.pablosolana.blogspot.com