Mitos y realidades del 21N. La movilización que sigue

La lucha sigue en las calles, y el 21N se ha vuelto una avalancha de espontaneidad, rabia y dignidad popular. ¿Qué creer y qué no creer en la actual coyuntura? [Imagen de portada: Rubén Torres, @merbencho].

Más allá de ser un proceso de representación, simbolismo o descontento social, la protesta es una expresión de poder constituyente que echa raíces en un proceso de interlocución, que sobrepasa el ámbito partidario de la lucha por el control del poder estatal. En los términos que emplea Isabel Rauber, entrelaza lo público y lo privado, lo cotidiano y lo reivindicativo, contra las estructuras, los medios, los valores, la cultura, y los mecanismos de producción y reproducción material y espiritual del poder.

De tal manera, a pesar de que al son de hoy no sea posible plantear una orientación política clara del reciente movimiento 21N, su éxito ya radica en la genuina potencia de articular diversas luchas populares, y en el reconocimiento de que la transformación parte de la participación y la acción política.

Justamente en estas últimas semanas, el paro nacional convocado por diversas organizaciones y sectores sociales, abrió un relevante debate acerca de la protesta social como mecanismo democrático para exigir cambios y transformaciones. Los medios de comunicación tradicionales, y una buena parte de sus expertos de cabecera, han venido tomando posición a favor o en contra de estos ejercicios de protesta. Claramente, la intención del gobierno nacional es la de boicotear las manifestaciones e impedir su expansión.

Ante este panorama, me gustaría señalar varios de los mitos y las realidades que tendríamos que considerar al abordar esta discusión en la actual coyuntura:

Mitos

  • La polarización: durante las últimas semanas pululan profesionales de la Ciencia Política mainstream, que todavía hoy tienen el atrevimiento de señalar a la supuesta polarización como posible explicación de las recientes olas de protesta social. Dejan de lado una lectura de la real politik, de la reconfiguración de los territorios, de la restructuración del Estado y de los reacomodos de las clases sociales. Es como si lo instituido fuera aquello que no permite explicar nada más allá de síntomas de inconformismo social. No logran ir al fondo del asunto y terminan favoreciendo el ocultamiento de las prácticas de poder que subyacen en este tipo de discursos.
  • La protesta es vandalismo: que las empresas de comunicación se encarguen de generar una historia de ficción sobre el papel de la violencia en las marchas es válido; su intencionalidad política tiene un marcado interés privado. Ahora bien, lo contradictorio es que los supuestos expertos no se esfuercen, ni en lo más mínimo, por ofrecer un entendimiento de la violencia, como una manifestación propia de seres humanos. La pregunta sobre lo que se denuncia, sea ineficaz o no políticamente, es algo que difícilmente se ha escuchado por parte de los asiduos doctores y analistas entrevistados por Caracol o RCN. Además, poco se menciona el hecho de que en los lugares donde no se tuvo presencia del Esmad, como es Pasto, no se presentaron hechos de violencia.
  • Una protesta de la izquierda y del Foro de Sao Paulo: una característica de esta movilización y de todas las que se llevaron a cabo en el 2010 por motivo de los acuerdos de paz, es su eclecticismo político en relación a su ubicación dentro los espectros de la izquierda o la derecha. No obstante, el surgimiento de estas diversas significaciones culturales es precisamente lo que permite la ampliación del campo político y la resignificación de nuevas prácticas que deben ser leídas en detalle. Es el afianzamiento de una macabra estrategia, basada en el discurso de la posverdad, lo que oculta un proyecto de clase orientado a frenar proyectos alternativos y propuestas de democratización del país.

Realidades

  • Los cambios que trajo la paz: una realidad inocultable es que el país viene cambiando después de la firma del acuerdo de la Habana. Y no es precisamente por haber logrado el desescalamiento del conflicto, sino por el incumplimiento sistemático de los acuerdos logrados. Lo que solo deja un proceso de reincorporación de excombatientes en el limbo, sin tocar si quiera los puntos estructurales. La construcción política del enemigo interno fabricado durante años por la derecha colombiana viene desapareciendo, y sin lugar a dudas, ha permitido el encuentro de nuevos referentes, como la visibilización de hechos claros de corrupción, que evidencian que el principal problema sigue siendo aquellos que gobiernan.
  • Tratamiento militar y contrainsurgente de la protesta social: una situación que tiene mucha relación con el punto anterior es la continuación de la guerra y, por tanto, de su estrategia militar. Son muestras de ello los hechos que obligaron a la renuncia del ministro Botero, y todo lo que se generó alrededor de la marcha del 21N: allanamientos ilegales por sospecha, excesos de fuerza, abuso de autoridad, declaración de toques de queda, e incluso, llamados a condiciones de excepcionalidad. Como si mantener el orden social pasara por la instauración de facto del uso de la fuerza y la suspensión de derechos. Se sigue imponiendo la lógica amigo-enemigo.
  • Convulsión del modelo neoliberal y reconfiguración de nuevas fuerzas políticas: siendo críticos y autocríticos con la protesta y la movilización social que se vive en Colombia y en América Latina, debe reconocerse el agotamiento de la política social y la lucha contra la pobreza impuesto, entre otras cosas, por organismos multilaterales. Ni siquiera en los países progresistas, que han tratado de distanciarse, ni donde han habido cambios constitucionales que permiten la ampliación y el reconocimiento de las expresiones populares, se ha podido superar la lógica de estabilidad macroeconómica, de manejo y control fiscal y de subsidio a la demanda. En este último con excepciones y particularidades —especialmente frente a la focalización y cantidad del gasto—, los temas a subsidiar, sea por conveniencia o por el control y la correlación de fuerzas, han hecho que en cada uno de estos países hayan primado políticas asistencialistas más que de redistribución.

Es importante entonces empezar a discutir los mitos y las realidades que aparecen en esta coyuntura política que atraviesa al país y al continente. Claro está, desde una perspectiva crítica que busque ampliar y controvertir las posiciones y discursos del establishment que sigue sin encontrar cómo resolver esta situación.

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Posdata: el Estado colombiano asesinó al joven Dilan Cruz. ¿Su error? Estar justamente en el momento en el que la fuerza policial dispara indistintamente y a sangre fría contra la población civil. Los “héroes” de Colombia lo han hecho de nuevo, han salvado la honra y los bienes de quienes cumplen con dicha condición, mientras los que no tenemos ni honra ni bienes, aquí seguimos, exigiendo educación. ¡Nos vemos en las calles a defender la vida!

Quién

Alejandro Aristizábal
Alejandro Aristizábal
Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia, integrante del Semillero Acción Colectiva, Ciudadanía y Problemas Públicos y del equipo pedagógico del IAPES Marta Cecilia Yepes en el Valle de Aburrá.

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