El «método» de Oviedo, otra trampa del consensualismo liberal
El consenso como atributo inexorable de la democracia liberal, es la herramienta de la que históricamente se han valido las múltiples ofensivas políticas para el aplanamiento del conflicto. No es exclusiva de un espectro partidario específico, sin embargo, existen sectores que más que hacerse su legitimidad con él, agudizan sus inapelables contradicciones. Una nota a cargo de Samir Arias Suarez.
El 17 de marzo fue publicada la entrevista de María Jimena Duzán con Juan Daniel Oviedo, fórmula vicepresidencial de Paloma Valencia. Allí, el candidato afirmó que “la diferencia política tiene que ser un método”. Inicialmente, el propósito de esta premisa no parece otro que justificar su más reciente alianza —que no es la primera ni la última— con el uribismo, la cara más notable de la derecha colombiana.
Sin embargo, más allá de lo que políticamente evidencia la adhesión de un autopercibido candidato de centro a las filas de la derecha tradicional, que la diferencia pueda ser concebida y enunciada como un método político me generó gran curiosidad. Propongo que nos detengamos un momento en esta premisa, la cual nos ayudará a reflexionar sobre cómo la diversidad es utilizada para neutralizar las críticas al sistema político y cómo este proceso se vincula con lo que algunas autoras han denominado liberalismo tardío.
Un método es una forma específica, ordenada y planificada de articular acciones y prácticas para alcanzar un fin determinado. ¿Cuáles son las acciones del «método de la diferencia»? Según Oviedo, su método consiste en “hablar de frente, debatir y tomar decisiones cumpliendo reglas”. En esencia, describe la fórmula básica para alcanzar cualquier consenso político.
El consenso es uno de los pilares de la democracia liberal: es la creencia en que un sistema político debe tener la capacidad de dar representatividad a diferentes sectores de la sociedad, permitir su deliberación y llegar a acuerdos que orienten las diversas dimensiones de la vida en común. Pero claro, la deliberación y los acuerdos no se construyen sobre una base informe, la democracia liberal permite el disenso siempre que este no cuestione o desborde las reglas de juego que garantizan su existencia.
Esto puede sonar obvio, cualquier sistema o régimen político protege las reglas y supuestos que permiten su continuidad, así no solo permanece en el tiempo, sino que da garantías de estabilidad y seguridad. El problema es que hay reglas que no nos cuentan, o al menos no resultan evidentes. La idea de consenso liberal trae consigo una letra pequeña, no se trata de la mera deliberación entre diferentes, sino de apagar o marginar cualquier voz, práctica o forma de vida que se perciba como conflictiva.
¿Quién define qué es lo conflictivo y cuáles son las formas de tratarlo? Ese es el asunto del consensualismo liberal, un concepto trabajado por la filósofa colombiana Laura Quintana (2020). Ella señala la existencia de unas lógicas de ordenación de lo común que tienden al aplanamiento del conflicto. En este esquema, la deliberación solo se hace posible cuando los interlocutores son reconocidos como dotados de una palabra «no conflictiva». El consenso —o consensualismo— trabaja junto con la función del reconocimiento, se trata de un sello de calidad invisible que solo se les otorga a algunos, una regla de juego no explicitada pero que define quién es un interlocutor válido.
Lo cierto es que siempre aparecen quienes escapan a esas lógicas, formas de vida cuya mera existencia y palabra suponen un conflicto: indígenas, afros, la clase trabajadora organizada, identidades de género diversas, y muchas más. Cuando Oviedo afirma que existe un método de la diferencia nos insinúa que quienes no han sido históricamente reconocidos ahora pueden serlo, no porque las bases de la derecha liberal dejen de ser clasistas y coloniales, sino porque simplemente no habían entendido cómo llegar a acuerdos políticos. El método al que alude Oviedo es el consensualismo liberal de toda la vida concediendo reconocimiento a cambio de unas condiciones y exculpando a la derecha colombiana por su historia de exclusión y eliminación sistemáticas de lo «conflictivo».
Esta operación no es nueva. La antropóloga Elizabeth Povinelli (2016) sostiene que vivimos en un periodo de liberalismo tardío. Desde la segunda década del siglo pasado tomaron fuerza movimientos que denunciaban las políticas racistas, coloniales y de acumulación de capital. En respuesta, los nacionalismos liberales cambiaron su estrategia. Ahora las críticas al sistema son tratadas como un simple problema de reconocimiento; o en otras palabras, el problema no es que exista una periferia mundial históricamente explotada, sino que los sujetos de esas periferias solo deben tomar asiento en el lugar donde se hace el consenso o son deliberadas algunas decisiones, aunque por supuesto, esto no garantiza en lo absoluto que se resuelvan los problemas de la desigualdad y la división internacional del trabajo.
La democracia liberal ha optado por procesar sus críticas y contradicciones aceptando a algunos sujetos «conflictivos» como interlocutores, dándoles reconocimiento, pero sin que esto suponga poner en duda los cimientos del sistema. Oviedo «olvida» que no hay métodos neutros que existan por sí mismos; adoptar uno implica asumir un compromiso epistemológico, ontológico y, por supuesto, político.
La jugada electoral uribista evidencia el éxito del reconocimiento como herramienta de estabilización social. Paloma Valencia sigue mostrando su crispación frente a las luchas de la comunidad LGBTIQ+, por no mencionar su defensa de las «teorías» que señalan un complot mundial llamado ideología de género. Aun así, con tan solo aceptar a Juan Daniel Oviedo como interlocutor, ha consolidado una candidatura que mantiene intactos los principios ideológicos de la derecha, pero que estabiliza a la opinión pública al adoptar el «método de la diferencia».
La campaña presidencial también deja ver que en el reconocimiento hay un elemento aspiracional. Povinelli (2021) señala que el liberalismo tardío funciona como una promesa constante, pues se muestra como un horizonte de posibilidades deseable para toda la humanidad. Ahora bien, la operación de las promesas liberales va ligada al agotamiento de estas; cuanto más nos acercamos a las fronteras del sistema, encontramos los límites materiales que impiden la realización de su horizonte. Por ejemplo, la promesa de que el libre mercado garantiza el bienestar económico generalizado encuentra su límite en la devastación ecológica y la acumulación de riqueza.
En este caso, el reconocimiento es la promesa de que todos podemos ser representados; pero claro, los asientos en los lugares de la representatividad son limitados. El consenso es una competencia, ¿quién puede representar mejor a un grupo o intereses determinados? El juego democrático del consensualismo opera bajo otro supuesto: existen sujetos dotados con la capacidad de representar y, en consecuencia, otros incapaces de hacerlo. No solo se reconoce a una persona determinada, sino a un cúmulo de cualidades que se consideran deseables. Así, quienes aspiran a ocupar el lugar de la representatividad deben personificar la tecnocracia, el capital cultural, e incluso determinados criterios estéticos.
Oviedo encarna perfectamente la dicotomía entre la promesa y la frontera. No es que su método de la diferencia sea una fuerza novedosa que moldea la figura del uribismo, se trata de que ha sabido mostrar algunas de las cualidades que hoy son objeto de reconocimiento por parte de algunas derechas liberales. Los límites de la promesa de representatividad son las bases del modelo económico e institucional que durante décadas han sostenido las élites colombianas. Basta con notar que en su entrevista con María Jimena Duzán, Oviedo se enorgullece de haber negociado con Paloma el respeto por la jurisprudencia existente en torno a los derechos de la comunidad LGBTIQ+. El método de la diferencia logró que la derecha no busque eliminar los derechos adquiridos de las minorías.
En definitiva, la «diferencia como método», proclamada por el candidato del uribismo, es la derecha colombiana actuando bajo las premisas del liberalismo tardío: realizar concesiones superficiales a la diversidad con el único objetivo de que no se ponga en riesgo el modelo económico y político actual.
Referencias
Povinelli, Elizabeth (2016). Gentologies: A Requiem To Late Liberalism. Durham and London: Duke University Press.
Povinelli, Elizabeth (2021). Between Gaia and Ground. Durham and London: Duke University Press.
Quintana, Laura (2020). Política de los cuerpos. Barcelona: Herder Editorial.
