Trascender las urnas: nuevas derechas, nuevas resistencias
Las coyunturas electorales contienen en sí mismas una particularidad como pocas otras: nos hacen tomar partido. Incluso, quienes desprevenidamente consideran que no, también lo hacen. Sin embargo, un análisis crítico de la cuestión sabrá que este momento —como toda coyuntura— es una parte de algo más complejo, profundo y abarcador. Es un movimiento táctico que no puede, ni podrá, consumir nuestra estrategia. La izquierda debe imaginar formas de ir más allá de lo que la coyuntura le plantea. Una provocación a cargo de Mateo Vidal León.
Esta no es una carta motivacional en caso de una eventual derrota contra la derecha colombiana representada por Abelardo De La Espriella en las próximas elecciones de segunda vuelta del 21 de junio. Me propongo ofrecer algunas claves para explicar el reacomodamiento de la derecha colombiana, así como aprendizajes que debe incorporar la izquierda sobre este momento particular y que pueden servir para pensar futuras disputas y posibilidades más allá de las elecciones.
Nuevas derechas o ‘posfascismo’: reacomodamiento y contradicciones
Hace un par de años escribí un ensayo en el marco de un Diploma Superior en Movimientos Sociales y Protestas Sociales ofrecido por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales —CLACSO—. En dicho ensayo, me propuse analizar el porqué de las constantes movilizaciones de sectores de derecha durante el gobierno Petro, más allá de un simple rechazo a su gobierno o eventuales agendas, las cuales eran difusas. Al respecto, dejé algunos elementos inconclusos, los cuales me propongo retomar brevemente aquí.
Uno de los argumentos que sostuve es que dicho fenómeno respondía a un proceso de configuración de un movimiento social de derecha con el objetivo de contener expresiones y acciones de sectores de izquierda. Hoy, considero que el fenómeno es aún más pernicioso y complejo de lo que yo lo observaba en ese momento, puesto que se manifiesta a la luz de un movimiento global del mismo corte, y que busca salidas cada vez más agresivas para mantener su posición hegemónica en medio de las crisis que el sistema capitalista enfrenta y ha causado.
Al respecto de este fenómeno, concuerdo con Enzo Traverso en que nos enfrentamos a una era de “posfascismo”. Traverso se cuida de llamarle ‘fascismo’ a esta serie de expresiones, bajo el argumento de que las condiciones del periodo entreguerras en la Europa de la década de 1930 no son equiparables a las actuales que están generando las recientes olas derechistas en América Latina y el mundo. Sin embargo, los efectos sobre la población, la planeación económica y la violencia como medio y como fin, concuerdan bastante con el periodo en mención, eso es lo que importa.
Si bien Traverso ofrece algunos elementos que permiten equiparar este fenómeno reciente con el fascismo europeo de los años 30, me permito agregar otros para pensar el caso colombiano.
La nostalgia de pasado
Las aspiraciones utópicas brillan por su ausencia en las agendas políticas de las nuevas derechas. Una característica de la era ‘posfascista’ es la apelación mítica y constante al pasado. Digo “mítica”, ya que la identificación de muchas personas con la ‘mano dura’ propuesta por De La Espriella, revive el recuerdo de la seguridad democrática de los dos gobiernos de Álvaro Uribe. Una política que no solo se expresó en violaciones de DDHH y persecución a opositores, sino que, además, no derrotó al narcotráfico ni a los grupos armados que se propuso combatir; por el contrario, recrudeció la guerra.
A pesar de esto, el relato prolijo pero impreciso sobre la seguridad en las carreteras que nos permitía “ir tranquilos a nuestras fincas”, se mantiene.
Movimiento con ínfula antisistema
Con ayuda de los medios masivos de comunicación, algunos de los líderes de esta ola derechista en el mundo han sido presentados como ‘outsider’ —algo o alguien que viene de afuera con algo nuevo—. De La Espriella en particular, habla de combatir a “los de siempre” para favorecer a “los nunca”. Ni vienen de afuera, ni tampoco han sido “los nunca”, De La Espriella es un recurso más de las oligarquías para salir erguidas ante desgastes y crisis de legitimidad.
Las nuevas derechas en el mundo se presentan como antagónicas a un sistema del que sus principales representantes han resultado beneficiados en muchas ocasiones. Ante la crisis, la carta a jugar es la de meter en un solo saco a la mayoría de quienes han participado en la política institucional —principalmente, en el ejecutivo—, y a ese saco ponerle el nombre de ‘clase política’; término ya gastado e ingenuamente usado también por algunas izquierdas, y del que los mass media hacen eco.
Los ‘outsider’, los representantes de ‘los nunca’, identifican en la ‘clase política’, no a los culpables de la crisis o al enemigo interno —para eso están los migrantes, el movimiento social o las guerrillas—, sino a quienes le abrieron la puerta a ese enemigo. Derrotar a la ‘clase política’ es su carta de presentación como líderes antisistema y cuyo apoyo popular no puede subestimarse.
El candidato aspiracional y el discurso simple
Un candidato que se presenta como el símbolo del éxito, que la modestia no es cosa suya, que enaltece los símbolos patrios y dice lo que las mayorías quieren escuchar, se vuelve un modelo a seguir en contraste con ‘la izquierda resentida’, aunque un considerable número de personas que se identifican con ella gozan de privilegios.
Podríamos señalar de cualquier cosa a estas nuevas derechas, menos de inhábiles para la elaboración y difusión de discursos frívolos, viscerales y persuasivos. En contraste, la izquierda —salvo excepciones— opta por discursos que, si bien pueden ser coherentes y profundos, carecen de formas simplificadas y canales de difusión eficaces que generen impacto, movilicen y, sobre todo, se vuelvan modelos a seguir para las aspiraciones individuales de las personas. De esta manera, los proyectos y valores individuales se anteponen ante los colectivos.
La mayor habilidad para la enunciación de este tipo de discurso tiene que ver con elementos semióticos, donde lo que se habla y escribe es poco y la imagen tiene peso.
La izquierda que debe dejar de mirarse el ombligo
En la tarde del sábado 6 de junio, me dirigía a una papelería cercana a mi casa para imprimir unos volantes que contenían resumidamente las propuestas de gobierno de Iván Cepeda y Aída Quilcué. Dicho material tenía como fin ser distribuido durante una actividad de ‘caseo’ que se desarrollaría al día siguiente en el sector La Paz, al norte de Popayán; iniciativa liderada por una juntanza de artistas, comunicadores, colectivos creadores de contenido, entre otros.
Una vez me acerqué a la papelería, y tras cotizar el costo de la impresión con la joven a cargo, le pregunté por el costo de ajuste del diseño y la guillotinada —eran bastantes hojas—, a lo que respondió: “Tranquilo veci, ese es parte de mi aporte, más bien dígame qué actividad harán con eso para ver si puedo ir”. Obviamente, le conté de qué se trataba y la invité.
Tal anécdota me hizo reflexionar, una vez más, sobre la posibilidad de la organización más allá de las formas convencionales, los formatos y las expresiones masivas e históricas que ya conocemos.
En los días posteriores a las elecciones presidenciales de primera vuelta —el 31 de mayo—, pulularon las expresiones organizativas que se sumaron a hacer campaña en favor del Pacto Histórico, principalmente, de carácter popular y más allá de las organizaciones sociales ya existentes.
Este momento coyuntural debería servirle a la izquierda para que ‘deje de mirarse el ombligo’, salga de los formatos tradicionales y vea allá donde es posible la organización, géstese como se geste. Más aún, plantear nuevas propuestas y formas de resistencia: si el enemigo se ha transformado, deben transformarse también las formas de combatirlo.
Las estructuras organizativas de izquierda tradicionales, si bien no pierden cierta vigencia en tanto generan sistematización de las experiencias de lucha y brindan acompañamientos importantes a sectores de la población en momentos álgidos de la lucha de clases, se vuelven rígidas cuando el estado de las contradicciones es llevado a otros campos, cuando algunas de esas contradicciones han sido superadas y cuando surgen expresiones organizativas con nuevas subjetividades y formas de acción.
Al respecto, Gramsci plantea la necesidad de producir fenómenos orgánicos, en contraste con los de coyuntura, en el marco de la disputa entre las fuerzas que buscan mantener el orden establecido y las que buscan subvertirlo. Parafraseándolo, para que una formación social —de tipo capitalista en este caso— desaparezca, deben desarrollarse todas las fuerzas productivas en ella contenidas y las condiciones materiales que permitan la aparición de nuevas relaciones de producción (Gramsci, 1981). Los fenómenos orgánicos, que plantean una dura crítica histórico-social al orden establecido, solo se desarrollan en el marco de estas condiciones materiales.
De acuerdo con esto, le urge a la izquierda identificar, fortalecer y generar procesos organizativos que trasciendan de las coyunturas electorales o de las expresiones de protesta, que respondan a acciones del establecimiento que afecten a las mayorías. La incidencia en dichos procesos organizativos debe plantearse nuevas formas de resistencia que profundicen la crisis del sistema capitalista, agudicen las contradicciones y generen propuestas alternativas sólidas en las que las mayorías puedan verse identificadas e integradas. Así, según el propio Gramsci (1981) “un momento subsiguiente es la relación de las fuerzas políticas, o sea la evaluación del grado de homogeneidad, de autoconciencia y de organización alcanzado por los diversos grupos sociales”.
Las calles y el Estado son campos de disputa, sí, pero la virtualidad y el mundo de las ideas también movilizan, organizan personas y son focos de contiendas. En consecuencia, la disputa por el sentido debe expresarse en todos los planes de trabajo de la izquierda, principalmente, en lo referido a dos cuestiones:
Por un lado, trascender de la agitación y la propaganda a una verdadera pedagogía, liberadora en este caso. El ‘voz a voz’ y las campañas comunicativas, si bien generan expectativa y movilizan en momentos decisivos de la lucha de clases, no generan por sí solos procesos sostenidos de formación de conciencia y compromiso político. Así mismo, se debe trascender de la idea de que “la gente es estúpida” y pensar en las posibilidades de que las personas pueden transformarse.
Por otro lado, las posibilidades de incidir eficazmente en el mundo de las ideas pasan por insertarse en el dominio de los temas: ser referentes en aquellos temas que están cotidianamente siendo discutidos en el ámbito público. Dicha incidencia debe pasar por un diálogo con la academia hasta por canales de difusión masivamente consumidos.
Concluyo
Enfrentamos a unas derechas que han cambiado, y aunque no nos guste, generan cambios también: en la política institucional, en la economía, y cómo no, en las formas de pensar y ver el mundo. El fascismo de la década de 1930 también planteó cambios para la sociedad en la que se desarrolló, expresados, incluso, en proyectos: una revolución nacional y una civilización alternativa. La violencia, como medio y como fin en la consolidación de dichos proyectos, se vio expresada en herramientas bastante conocidas en la actualidad: movilización reaccionaria —recuérdese la marcha de las camisas negras, por ejemplo—, estigmatización y persecución a las izquierdas, o enunciación de discursos de odio.
Por otra parte, las tareas que le urgen a la izquierda están relacionadas con comprender, cada vez mejor, cómo se comportan estas nuevas expresiones reaccionarias, antes que reducirlas a un simple enemigo a derrotar. Comprender cómo funcionan implica, a la postre, generar nuevas formas de resistencia: quizás, las ya conocidas y hechas fórmulas, le son serviles a este poder reaccionario; habrá que generar otras y ser la resistencia que no le conviene tener.
Para ello, los procesos de formación política deben ser reflexionados y llevados a cabo como ejercicios constantes de generación de conocimiento y de formas críticas de ver el mundo. El acompañamiento político, como principal método pedagógico, a expresiones organizativas en formación, debe tener el potencial de hablarle a nuevos públicos. En palabras de Paulo Freire, no se trata de “activismo ni verbalismo, sino de acción y reflexión”.
Si bien, hay una tarea inmediata —frenar el avance del fascismo en Colombia— este 21 de junio, el compromiso político debe trascenderla.
Referencias bibliográficas
Traverso, E. (2023). La era del posfascismo. En: D, Feierstein (Ed.), La extrema derecha en América Latina (pp. 17-29). Le Monde diplomatique.
Gramsci, A. (1981). Tomo 5 Cuaderno 13. En: A, Gramsci, Cuadernos de la cárcel. Edición crítica del Instituto Gramsci.
