Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Post Type Selectors

El tropel: batalla de ideas sobre la acción colectiva violenta en las universidades

El tropel se ha instalado en la vida universitaria con la estridencia de sus bombas, overoles y capuchas. Sin embargo, pocas veces al ojo crítico de la universidad le ha interesado vincularse al tropel que le acontece: comprender su historia, sus motivos y su estética. Aquí un recorrido histórico por los pasillos del mundo tropelero.

Introducción

Por: Grupo de Estudio y Trabajo Nuestra Memoria – Oficina Estudiantil UN. A un año de la realización del evento “El tropel: batalla de ideas sobre la acción colectiva violenta en las universidades” en la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín rememoramos este debate con la publicación del texto de apertura que fue construido por el Grupo de Estudio y Trabajo Nuestra Memoria. Aunque pueda parecer paradójico traer a colación el tropel universitario cuando su territorio de acción se encuentra clausurado en razón de la pandemia, es imperioso señalar que rememorar es siempre actualizar el pasado y sus reflexiones en el presente. Es cierto que el paisaje universitario actual poco tiene que ver con las multitudinarias asambleas, marchas y plantones, y mucho menos con los gases lacrimógenos que sobrevuelan los campus, así como con el estruendo de los explosivos artesanales y sus portadores con overol y capucha.

Es también cierto que las y los universitarios, como en general el movimiento social, se ha movilizado y usado nuevos repertorios de acción —con mayor o menor efectividad— para hacerle frente a la gestión autoritaria de la vida que el bloque de poder ha implementado para tramitar la crisis. Y en este proceso la acción colectiva violenta se ha expresado en respuesta a la exacerbada represión policial de los últimos meses, ya no dentro de las rejas de la universidad, y quizá de manera más espontánea. Las imágenes de calles convertidas en trincheras y de los icónicos CAI reducidos a cenizas, así como de las y los asesinados en la respuesta estatal, debe suscitar más que la simple apología, la reflexión continuada y crítica de estos destellos en los que se entreteje, de nuevas formas y en otros escenarios, la violencia y la política.

Fotografía: Desconocido, 1977. Archivo 50 años de violencia y resistencia en la Universidad de Antioquia.

Entregamos las siguientes palabras a un año del evento no para contribuir a la nostalgia de lo que era la universidad antes de la pandemia, sino para continuar la necesaria batalla de ideas, a pesar de que esta pueda seguir siendo motivo de amenazas como las que circularon a pocos días del debate. Entender los hechos sociales en su complejidad real y efectiva, más allá del higienismo y moralismo político de los defensores de las “buenas” y “malas” maneras de protestar, es lo que permitirá construir rutas y repertorios de acción para la movilización social.

Texto de apertura al evento

El aparente sentido común imperante, generalmente reproducido por los medios de comunicación, que nos habla de “vandalismo”, “desadaptados” y “violentos” dentro de la universidad, ha logrado restarle, en algún grado, su valor político al tropel.1 Pero existen otras consecuencias no tan evidentes y más complejas. Además, el que la violencia política en forma de “tropel” sea un tema habitualmente alejado de los recintos académicos y políticos nos ha hecho entenderlo de manera superficial y calificarlo per se como un hecho detestable e indeseable. De esto se deriva, por ejemplo, que la literatura sobre él sea escasa y que sean difíciles de rastrear las transformaciones históricas que el tropel en su versión universitaria ha sufrido desde que nació. Y es que acaso ¿qué es un tropel? ¿Cuándo nació? ¿Siempre ha sido igual? ¿Quiénes son las personas que “tropelean”? ¿Qué buscan y por qué se recurre a él? ¿Por qué se visten así?

Son interrogantes aparentemente ingenuos, pero con una gran carga sociológica, antropológica, política e incluso filosófica que no ha sido suficientemente explorada. Quienes se atreven a preguntar por estos temas están expuestos a sufrir señalamientos, problemas con su seguridad e integridad física o simplemente carecen de financiación para llevar a cabo una investigación seria sobre el tema, aun cuando ha sido una constante en las universidades públicas, por lo menos desde los años setenta.

La Revista Lanzas y Letras ha sido un espacio de debate en lo que al tropel se refiere, con la publicación en un primer momento de los comentarios del profesor Andrés Saldarriaga y la réplica de Sebastián Hincapié se abrió la posibilidad de ahondar sobre el tema. Posteriormente, y con motivo de la muerte del estudiante Julián Orrego, el profesor Leyder Perdomo sumó sus comentarios y como grupo de estudio y trabajo decidimos hacer parte de un debate presencial para hacer posible lo urgente: analizar algo que venía siendo cotidiano en las universidades públicas, claramente, desde nuestra perspectiva de hacer memoria desde abajo y acompañada de las herramientas conceptuales de las diferentes disciplinas de los invitados; la filosofía, la sociología, la historia y el derecho.

El profesor Andrés Saldarriaga escribió en el 2018 que “asumir con seriedad y gravedad el asunto que el tropel denuncia significaría hacer superfluo el tropel”2, es decir, que el tropel se convierte en un epifenómeno, en un hecho accesorio, cuando se hace un esfuerzo por reconocer y nombrar las causas de la violencia y las problemáticas estructurales que le dan origen. De ahí la importancia de elevar el debate por encima de la legitimidad del tropel, e incluso del tropel mismo, hacia cuestiones que tocan las raíces de nuestro orden social. Porque, ya sea que la forma violenta opaque el contenido político del tropel o que la hegemonía ideológica y cultural nos haga pensar que la violencia opaca la política, la apariencia y la inmediatez a la que parecemos estar condenados nos impide vislumbrar lo que está detrás de los hechos sociales. Sin embargo, un primer paso en este camino puede ser comenzar por lo evidente, esto es, por problematizar al tropel, sus medios, sus fines y los imaginarios que sobre él se tienen.

Como Sebastián Hincapié lo expresa3, el tropel es una actividad política fundamentalmente humana, no es un mero determinismo de la historia; es producto de la decisión consciente de hombres y mujeres, de personas que se organizan para formase militarmente, conseguir uniformes y materiales para la realización de explosivos, etc. No obstante, el hilo argumental de Sebastián conduce a la posibilidad de evitar el tropel e invertir esa fuerza en otro tipo de expresiones. Creemos que, en tanto actividad humana, el tropel se ha racionalizado para condensar el descontento social, denunciar injusticias o paralizar los circuitos económicos cuando está latente la amenaza de represión, es decir, el tropel no es un acto espontáneo, sino un ejercicio metódico y organizado. Y esto lo podemos notar mediante la transformación estética del tropel a través de los años.

Fotografía: El Colombiano. Archivo 50 años de violencia y resistencia en la Universidad de Antioquia.

Mediante algunas entrevistas, entre ellas a Leyder Perdomo, y tras una breve revisión de archivos documentales y fotográficos, encontramos que la confrontación entre estudiantes y fuerzas armadas, en la que la represión tiene como respuesta la acción violenta de los primeros, se encuentra en los textos desde 1960 con la manifestación en la Universidad Nacional de Bogotá por el alza del transporte, la consiguiente quema de buses por parte de estudiantes y la militarización de la ciudad. Sin embargo, nos detendremos en la década del setenta por los hallazgos que en el registro de prensa se encontraron.

Vemos a aquellos que tropelean solo con pañoletas o, en muchas ocasiones, con el rostro destapado, en una confrontación casi cuerpo a cuerpo con policías. En la contienda, la bomba molotov era lo más común por la sencillez de su preparación: una botella de vidrio, tela, candela y extraer gasolina de un vehículo. Del otro lado, las “fuerzas del orden” utilizaban una indumentaria no muy sofisticada: un uniforme, un casco, un escudo de plástico, un bolillo y un arma que les era permitido usar a discreción.

En la prensa de la época no se ahorraban adjetivos para calificar el “insano deporte” del tropel universitario, cuyo lugar de referencia persistente en Medellín era la Universidad de Antioquia y la sede de la Universidad Nacional. Las pedreas interminables eran interrumpidas por breves treguas, a las que seguían nuevas ofensivas de los estudiantes tras la malla que “sintiéndose protegidos osadamente se acercan a los agentes del orden para arreciar sus ataques”. Como es costumbre la prensa presentaba el número de heridos y detenidos en el marco de los “desmanes” del día anterior.

Fotografía: Desconocido, 1982. Archivo 50 años de violencia y resistencia en la Universidad de Antioquia.

El tropel, parece, no tenía una organización determinada en este lapso de tiempo, era producto de la espontaneidad de los estudiantes, por lo general hombres, que en gran medida militaban en alguna organización social, insurgente o partido político. Lo que sí se planeaba era la explosión de petardos dentro de las universidades, pero estas acciones no tenían como objetivo generar confrontación, sino la evacuación y el allanamiento por parte del ejército. Sin tener la certeza de una fecha, a partir de la década de los ochenta se comienza a utilizar la capucha, que no era otra cosa que una camiseta en el rostro, solamente dejando descubiertos los ojos. Aún las papas bomba no eran muy comunes.

La transformación organizativa y, en apariencia, estética de quienes tropelean, se da en la relación con la contraparte, con el desarrollo tecnológico del adversario para la identificación y seguimiento de quienes se rebelan. Ante la represión, persecución, asesinato o judicialización se hizo necesaria la maximización de la clandestinidad, cubrirse no solo el rostro, sino la cabeza, el cabello, ocultar formas y la contextura del cuerpo y cubrir hasta la suela del zapato.

Ahora bien, algunas agrupaciones clandestinas han sido pioneras en la organización de la clandestinidad. El Frente Estudiantil Revolucionario Sin Permiso (FER-SP) particularmente desde la década de los ochenta, el Movimiento Bolivariano desde el 2000 y luego el Movimiento 8 y 9 de Junio no solo asumieron la clandestinidad como autoprotección, sino que la adornaron para identificarse como organizaciones con posiciones políticas particulares y diferentes del resto. No solo fue la capucha y el overol, fue el uso de uniformes y distintivos para demostrar aún más la formación y organización militar. Adicionalmente, su reivindicación de la capucha trascendió la tecnificación de la violencia y adoptó justificaciones más profundas a través, por ejemplo, de la experiencia del EZLN y la icónica afirmación del Subcomandante Marcos “para que nos vean, nos tapamos el rostro, para que nos nombren, nos negamos el nombre”.4

En la actualidad, con el uso de drones, armamento especializado, cámaras con inteligencia artificial y detección de rostros, se hace más peligroso el recurso de la violencia como respuesta a la represión. A la par, han proliferado grupos clandestinos de difícil rastreo político que, en ocasiones, no tienen en cuenta las condiciones mínimas de seguridad, tanto de quienes permanecen como espectadores, como de sí mismos. De igual modo, la conformación de la Primera Línea5 ha traído consigo nuevos elementos para la confrontación: la réplica del escudo de los cuerpos antimotines adornados con letreros o imágenes, el uso del láser para incomodar al contendor, el aumento de legitimidad al representar la protección de la protesta y la diferenciación con los grupos clandestinos que salen de cuando en cuando a realizar acciones o a armar tropel. Además, es más habitual ahora ver ojos y siluetas de mujer en las organizaciones clandestinas que, sin embargo, son comúnmente destinadas a la preparación de los explosivos o, según la jerga, a la cocina.

Fotografía: El Colombiano, 1977. Archivo 50 años de violencia y resistencia en la Universidad de Antioquia.

Desde la coyuntura estudiantil del 2018 ha resurgido el tropel como forma de expresión de inconformidad. Es posible que haya vuelto a escena por una necesidad de la protesta, porque al salir de nuevo a las calles a alzar la voz, la respuesta fue la represión. Curiosamente para ese momento ya no existían organizaciones clandestinas fuertes en la defensa de la protesta, veníamos de un contexto de paz y de un repudio a la violencia. Fue en ese momento que el tropel volvió a recoger sentires y a ganarse la legitimidad de una gran parte del estudiantado. Sin esa realidad y sin ese contexto, difícilmente la acción colectiva violenta habría vuelto con tanta fuerza.

Hoy, sobre todo, estamos presenciando que las organizaciones clandestinas han buscado nuevos medios y estrategias para llegar a las personas, entre ellos, sus apuestas por impactar las redes sociales y salir del viejo mundo de los comunicados y volantes.6 Evidencia de que los tiempos han cambiado es también la cada vez más extendida campaña por la paz que, probablemente, es la que nos ha permitido traer estos temas al debate y empezar a nombrar secretos a viva voz. La desmovilización de las FARC y el hastío general que ha dejado el conflicto armado nos dio una excusa para hablar de este tema, cosa que, por supuesto, no implica que la represión, la violación a los derechos humanos, los asesinatos y los ánimos de guerra sucia aún sigan existiendo, aún más en el panorama del actual gobierno.

Sin embargo, la disputa que estamos haciendo desde la academia es precisamente cuestionar y sacudir estos lastres. Los hechos hay que tomarlos en su complejidad real y efectiva, y eso es precisamente lo que hoy intentaremos hacer en esta conversación. Estas palabras que preparamos desde el Grupo de Estudio y Trabajo Nuestra Memoria buscan ser un abrebocas provocador para iniciar este encuentro, no sin antes mencionar que nuestro objetivo ha sido desde 2007 el de recuperar la memoria de las luchas populares y estudiantiles que nos han antecedido y que han garantizado que la Universidad no pierda su carácter público y no se olvide de su responsabilidad con la sociedad. Nuestra Memoria es el esfuerzo por recuperar la historia no contada, la palabra callada… y agradecemos a los aquí presentes por hacer parte de este esfuerzo. Este evento lo dedicamos a la memoria de Julián Andrés Orrego, quien nos recuerda lo apremiante de esta discusión para que la acción colectiva violenta realmente nos transmita el porqué de esta forma de acción política y deje de costarnos la vida. Y, como siempre, a la memoria de Paula, Magaly y Juan Camilo Agudelo. Bienvenidos.

Notas

  1. Se debe hacer hincapié en que el “tropel”, como forma de acción colectiva violenta, es un término bastante elástico, por lo que puede utilizarse para nombrar la confrontación     de otros sectores sociales con la fuerza pública en el marco la     protesta. No obstante, en este texto nos referimos únicamente al     tropel en su versión universitaria.
  2. Saldarriaga, A. (29 de septiembre de 2018). Sobre la inevitabilidad del tropel dadas las actuales circunstancias. Lanzas y Letras.https://lanzasyletras.com/sobre-la-inevitabilidad-del-tropel-dadas-las-actuales-circunstancias/
  3. Hincapié, S. (7 de julio de 2019). El tropel universitario hoy: entre la insignificancia simbólica y la ineficacia política. Lanzas y Letras.     https://lanzasyletras.com/debate-para-que-sirve-el-tropel/
  4. Subcomandante Marcos. (28 de marzo de 1995). La flor prometida. El País. https://elpais.com/diario/1995/03/29/internacional/796428018_850215.html
  5. Nace la primera línea en Colombia. (6 de diciembre de 2019). Colombia Informa. https://www.colombiainforma.info/en-imagenes-nace-la-primera-linea-en-colombia/
  6. Movimiento 8 y 9 de junio. (2018). ¡Volvemos! [Youtube] https://www.youtube.com/watch?v=C7JwLXjk914

Autor

Producción editorial del equipo de la Revista Lanzas y Letras. www.lanzasyletras.com