Las luchas feministas han vuelto a introducir el antagonismo en la política: una entrevista a Raquel Gutiérrez

Raquel Gutiérrez es una destacada pensadora y militante política formada entre Bolivia y México. Partícipe de la fundación del Ejército Guerrillero Túpac Katari, constituye una figura clave para comprender el cambio social y los feminismos en América Latina. Aquí una entrevista exclusiva realizada por David Graff. [Foto de portada: Horizontes comunitarios].

Raquel Gutiérrez ha librado muchas batallas durante los últimos 30 años. Miembro fundador del Ejército Guerrillero Túpac Katari en Bolivia, acompañó las luchas sociales que, en medio de una crisis política generalizada, llevaron a Evo Morales al gobierno. Hoy es profesora de sociología e investigadora del Instituto de Ciencias Sociales e Historia de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México.

 

México es uno de los países más peligrosos del mundo para las mujeres. Según las cifras oficiales, hubo casi 1000 feminicidios en el 2019 y la violencia contra las mujeres continúa este año. ¿Qué está previsto en materia de movilización para este 8 de marzo en México?

Hay muchísimas convocatorias y hay una efervescencia de la lucha feminista en México contra toda violencia de género, contra todas las violencias machistas, contra la violencia patriarcal.
El 8 va a ser un día muy potente en México, eso es casi seguro porque hay una disposición gigante de las mujeres a salir; de miles de grupos pequeños y grandes, de acuerpamientos, de asambleas. Para el 9 hay una convocatoria a un paro de mujeres bajo el lema de “el nueve ninguna se mueve”. Estamos tratando de hacer un paro que sea significativo, que sea relevante, que haga notar el trabajo de nosotras, y que nos permita mantener abierta la discusión.

Este paro nos posibilita ligar la violencia sobre los cuerpos de las mujeres con la violencia en general que está desgarrando la sociedad; en particular, con la violencia del trabajo contemporáneo en el “capitalismo realmente existente”. Ahí, en relación al trabajo hay dos asuntos: Por una parte, la precarización, la ultraexplotación, las jornadas interminables, los ritmos enloquecedores, etcétera. Pero también está el desconocimiento del trabajo reproductivo, el trabajo del cuidado que sigue siendo negado, que simplemente se ve como una fuerza natural, se considera como una fuerza que está ahí, pero que descansa en gran medida sobre el tiempo y sobre las fuerzas y energías de las mujeres.


Ahora bien, ha sido notable la reciente intensificación de las luchas feministas en México. Hay enfrentamientos con la policía, se rayan paredes y monumentos masivamente. ¿A qué se debe esa intensificación?

Hay varios antecedentes de un momento muy importante de profundización e intensificación de la lucha feminista en México que pueden rastrearse desde agosto del año pasado. Hubo un caso de una violación de una mujer joven, Estefanía, por dos policías de la Ciudad de México y, después, cuando ella fue a denunciarlo, hubo un desconocimiento de la violación por parte de las autoridades judiciales. Fue un caso que no solamente exhibió la violación de las mujeres por quienes se supone que “dan seguridad”, sino que develó con claridad el estado de descomposición de las instituciones mexicanas y la impunidad reinante. Se hizo evidente la desolación institucional, en términos de cancelación no sólo de cualquier protección del Estado frente a esta brutal violencia en la sociedad en general; sino que se mostró la opacidad de los perpetradores -en este caso fueron policías- y también la imposibilidad de lograr justicia a través de las instituciones que se supone lo hacen.

Entonces a partir de aquel momento de agosto del año pasado a mí me parece que los movimientos feministas transitan de la indignación a la ira. De la indignación compartida, desde la que nos habíamos estado acuerpando, es decir, que ya había animado un conjunto de acciones de repudio hacia aquellas acciones de violencia puntual sobre los cuerpos de las mujeres; se pasa a un momento en el que hay dos cosas: Por un lado —como decía Zavaleta— se intensifica un momento de disponibilidad de muchísimas mujeres para ampliar todavía más la convergencia y actuar juntas pese a las diferencias. En estas acciones se va viendo que las diferencias no anulan la confluencia, más bien, son elementos que amplifican la resonancia y refuerzan la acción común. Después, por otro lado, hay un tránsito de un momento de indignación a un momento de ira desplegada como algunas lo estamos llamando. Se expanden las acciones de destrucción de mobiliario urbano, de sordas e inoperantes oficinas públicas, se reactualiza la ocupación radical de la calle, etc.Y eso, que volvió a verse de manera más intensa en agosto, ha continuado, y así estamos viviendo ahora. De tal manera que son manifestaciones, son marchas, son acciones múltiples. Pero sobe todo es la capacidad recreada de converger y compartir la radicalidad de las acciones que se hacen, cuya legitimidad no se cuestiona tan fácilmente porque ya hay un hartazgo general ante la sordera gubernamental, ante la sordera e ineficacia de la autoridad judicial que es incapaz de procesar todos estos casos.

El 8 de marzo en América Latina parece —debido a la participación masiva y al debate político y social que desata— incluso más importante hoy que el mismo 1 de mayo. La idea del paro de mujeres deviene de Argentina y se ha replicado en muchas partes del mundo. En Chile y Colombia la violencia contra las mujeres fue o sigue siendo un factor crucial de las movilizaciones sociales. ¿Qué hace que los movimientos feministas en América Latina sean tan fuertes?

Las luchas feministas contemporáneas o renovadas en su multiplicidad, en su enorme diversidad, lo que han logrado es volver a introducir ciertos términos de antagonismo a la vida política que había quedado atrapada en medio de cierta creencia sobre esta democracia vaciada, que no resuelve nada y que, finalmente, replica los problemas. Han logrado abrir el campo político poniendo en primer plano el antagonismo antipatriarcal; es decir, las mujeres hemos sido en este último tiempo y en muchos lugares de América Latina quienes hemos comenzado a plantear que lo que está ocurriendo es inadmisible y no puede seguir siendo la normalidad aceptada y admitida. Pero ¿qué es lo que está ocurriendo? Se han ampliado los términos no sólo del diagnóstico sino también de lo que debe regenerarse. En ese proceso, en muchas ocasiones y en muchos lugares ha tenido que haber una ruptura, una crisis de las estructuras mixtas de agrupación, porque en ellas se han impugnado sus rasgos patriarcales.

Entonces con la capacidad y presencia de los colectivos de mujeres y feministas anteriormente existentes ha convergido una multiplicidad de luchas y de esfuerzos antipatriarcales en muy diversos planos, y esto ha comenzado a cimbrar la estructura social y la cimbra porque la impugna en los ámbitos públicos y privados; la impugna de maneras muy variadas, la pone en entredicho de maneras inéditas dada su masividad. Esta masividad refuerza entonces la radicalidad con la que se impugnan las cosas que no quieren ya admitirse. En este contexto, la feminista argentina Verónica Gago habla de un “bucle virtuoso” entre masividad y radicalidad que pudimos detonar en América Latina. ¿Por qué pudimos hacerlo? Yo creo porque recuperamos lo que se había conseguido a comienzos de los 2000, a través de muchas movilizaciones y despliegue de capacidades políticas inéditas -que abrieron el momento de los gobiernos progresistas; pero ahora alumbrando todo con la agudeza crítica de la mirada feminista y antipatriarcal.


¿Cómo relacionarías a los gobiernos progresistas latinoamericanos con las luchas feministas?

Estos gobiernos no fueron capaces de separarse realmente, de superar, de trastocar de fondo el régimen extractivista heredado del neoliberalismo y, si bien criticaron aspectos del vaciamiento democrático que quedó planteado como pura formalidad, tampoco pudieron ni quisieron alojar adentro de sus propios esfuerzos políticos el reconocimiento de la autonomía social empecinada en transformar las cosas: los términos de la vida cotidiana, las formas políticas, los procesos de producción de decisión colectiva, etc. Por eso muchos gobiernos progresistas se inscribieron, a la corta o a la larga, como momentos de cierre de la multiforme capacidad política de la sociedad, buscaron quebrar la capacidad de impugnación y de creación de las tramas comunitarias, de los pueblos indígenas y de otros diversos acuerpamientos movilizados en defensa de los bienes comunes que llevo a muchos gobiernos al poder —Bolivia es el caso paradigmático. Las capacidades políticas heterogéneas cultivadas desde abajo se fueron desconociendo, a la larga se cerraron y los problemas no terminaron.

Además, sobre quiénes cayó la crisis más dura, nuevamente, fue sobre las mujeres. Sobre muchísimas mujeres: de los pueblos indígenas, de la economía popular, sobre mujeres precarizadas, etc. Por eso ellas empezaron a alzar la voz y esto se ha ido expandiendo desde Argentina, resonó fuertemente en el Uruguay, en Ecuador se vio el año pasado, y Chile es quizá el lugar más potente ahora. Se ha mostrado que hay una potencia enorme, una capacidad política enorme para hacerse cargo de las cuestiones generales y plantear la impugnación y la subversión de esta violencia que está junta, que es intrínseca a esta manera de organizar los modelos de acumulación contemporáneos. Por tal razón creo que las mujeres no se presentan ahora como un “sector” -por más esfuerzos que se hacen para colocarlas de ese modo- sino que nuestras luchas apuntan a la impugnación del orden patriarcal que apuntala la expansión de la acumulación capitalista y la recolonización de los territorios.


¿Y en el caso concreto del gobierno de AMLO en México? ¿Cuál, por ejemplo, es la posición del gobierno frente a las movilizaciones del 8M y el paro del 9?

A mi juicio el gobierno de AMLO está repitiendo el defecto más grande de los gobiernos progresistas: Quererse situar como el actor único que monopoliza la voz y la acción política. Es un gobierno que puede tener buenas intenciones, pero que desconoce una y otra vez los esfuerzos sociales múltiples para transformar las cosas, los esfuerzos heterogéneos y potentes que están en la base de la votación masiva de julio 2018, que hizo que los anteriores gobiernos se tuvieran que hacer a un lado.

Entonces el problema con el 9 de marzo acá en México es el siguiente: el gobierno trata de inscribir el asunto del 9 como si fuera una movilización antigubernamental; cuando la lucha va mucho más allá. Y claro que el movimiento feminista necesita ajustar cuentas con el estado; acá en México, sobre todo con la fuerza pública y los organismos judiciales. Pero el gobierno quiere mujeres sumisas que esperan sus acciones. Eso ya no va a ocurrir. En ese contexto, aparece una colección de supuestos “aliados” del movimiento feminista que, obviamente, no son aliados, porque son voces que hablan por las empresas, por los gremios patronales locales, por los partidos de oposición. Esto genera una enorme confusión en tanto desde el propio gobierno federal se hace un llamado a que no se produzca el paro del 9M, argumentando que se está instrumentalizando. De ahí se confunden terriblemente las voces feministas autónomas y se busca impedir que se expresen los contenidos de sus luchas, que se escuchen ampliamente los contenidos que ponen en circulación. Se enrarecen los términos de la deliberación pública. Eso ha estado pasando durante las semanas previas al 8/9M.


Mencionaste el modelo económico extractivista y neoliberal en América Latina. ¿Qué tanta influencia tiene este sobre las mujeres en particular?

Hay que dotarnos de una noción más amplia de lo que es el modelo extractivista, porque se exploran y se explotan infinidad de bienes comunes: existe la privatización y el acaparamiento del agua, conocemos la devastación de los bosques, la anulación de la biodiversidad etcétera. Pero también se han implementado procesos de extracción brutal de las energías vitales de las mujeres para sostener a las familias en el momento del colapso de los servicios públicos. No son tantos los varones que cuidan a los enfermos o a los niños y jóvenes, en momentos de ataque contra la garantía de existencia. No son tantos los varones que garantizan que haya comida en la mesa y que las familias logren responder a los requerimientos cotidianos. Son las mujeres, muchísimas mujeres quienes se han ocupado de que no colapse la vida cotidiana y eso significa una extracción inmensa de energía vital femenina, que es explotada de maneras amplificadas. Existe actualmente un momento brutal de explotación diferencial de las energías y el trabajo femenino y feminizado. Y todo esto ocurriendo en medio de la violencia extrema. Eso es, también, lo que muchísimas mujeres han comenzado a rechazar y a poner en discusión.

Ahora bien, en términos de los objetivos de todas estas movilizaciones, por supuesto que está la cuestión de la autonomía de los cuerpos, la despenalización del aborto y el derecho a servicios médicos eficientes y públicos. Pero también, acá en México, hay un inmenso debate en torno a la justicia. A ¿cómo podemos producir justicia? ¿Qué hay que reclamar al estado y que hay que hacer por nosotras mismas? Algunas de nosotras estamos empujando la crítica al modelo securitario de ordenamiento de la vida pública pues, como dice la potente consigna de agosto pasado: “a mí me cuidan mis amigas y no la policía”. ¿Cómo lograr justicia más allá del punitivismo securitario? Es falsa la idea de que “a más hombres armados en la calle mayor seguridad”. Todo esto entrelazado con la pelea constante contra los mecanismos de desigualación y jerarquización. En fin, estos debates están abiertos en medio de las luchas que damos contra la violencia contra nuestros cuerpos.

Estamos entonces tratando de conectar problemas variados que de otra forma se presentan separados: como si la lucha de las mujeres contra las todas las violencias pudiera ser contenida por más policías y castigos ejemplares. De hecho, cuando se trata de encapsular la violencia contra las mujeres solo en términos de la historia del machismo latinoamericano, etcétera, se empuja hacia la captura semántica de lo que se expresa en las calles y en los miles de reuniones donde se pone en común el malestar y se politiza de maneras inéditas. El machismo latinoamericano se injerta con la actual ofensiva extractivista y de superexplotación, y se vive de manera diferenciada según si tienes cuerpo de varón o cuerpo de mujer o cuerpo feminizado. Entonces, lo que quisiera enfatizar es que las mujeres en lucha estamos dando un debate sobre la transformación general de lo social, y que por eso estamos tratando de conectar diferentes problemas y que el paro es un momento central para eso.


Existen en esta América Latina muchos feminismos diferentes: el feminismo de clase media, de corte académico, el feminismo indígena, el decolonial, entre otros. ¿Qué tipo de conflictos ves entre estos feminismos?, ¿dónde hay congruencias?

Por ahora veo muchísimas diferencias que nos enriquecen entre los muy diversos feminismos latinoamericanos. No todas las diferencias enriquecen; claro que hay límites en ellas y requerimos seguir puliendo las distinciones. Pero es clave notar la masividad feminista de este momento no se guía por los mismos sentidos de “unidad” de otras maneras añejas -patriarcales- de estructuración política. Los debates feministas contemporáneos -y las resonancias y enlaces- se están haciendo “de otro modo”. Se busca el acuerpamiento, se van equilibrando diferencias, se van articulando capacidades distintas y se trata de anteponer lo que se tiene en común siendo fuerza unas para otras. Hay conflicto, pero no hay conflicto todo el tiempo. No nos contraponemos todo el tiempo como hace la política patriarcal. Es decir, para acuerparnos reconociendo las distancias que nos separan, las diferencias que nos jerarquizan y no buscamos ni la homogenización ni la igualación. En la experiencia de lucha feminista reciente, lo que encuentro es una gran capacidad de anteponer lo que se tiene en común simultáneamente asumiendo la diferencia y buscando equilibrar las jerarquías que nos separan al interior del acuerpamiento en marcha. Estos son hilos de una forma renovada de politización que estamos practicando en los muy muy variados feminismos latinoamericanos. Para mí, lo más interesante es la experimentación de una política antipatriarcal que brota desde el interior de nuestras propias alianzas. Y esto es algo inédito también.

* Esta entrevista fue originalmente publicada en alemán en el semanario Jungle World. Enlace: https://jungle.world/artikel/2020/10/die-krise-traf-frauen-am-haertesten.

Quién

David Graff
David Graff
Vive en Medellín, es docente en la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín y escribe como periodista independiente para varios medios alemanes sobre Colombia.

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