Acampesinando monstruos: crónica de un Carnaval por la Vida Digna

Año tras año los desconectados de Medellín celebran su fiesta de la resistencia en el Carnaval por la Vida Digna, jornada histórica organizada por la Mesa Interbarrial de Desconectados. Acá una crónica de lucha urbana y comunitaria. [Foto de portada: ContraPortada Comunicación Alternativa].

Montañas asfaltadas en un laberinto interminable, tiendas, anuncios, montes y ladrillo. Hombrecitos, vistos desde la altura de un bus, controlan el tráfico. Son como la medicina anticoagulante que mantiene sano el cuerpo barrial. Si no estuvieran, los altercados entre un vecino que viene bajando la loma, y un busero que la viene subiendo, pondrían en peligro la tensa paz comunitaria.

Es una geografía inquietante, juguetona en el firmamento. Niños y niñas se adaptan a vivir casi, casi en vertical. La pelota rueda más rápido y los carritos se corretean con desespero. Es la lúdica de los barrios altos de Medellín.

La última parada es la Cancha de Tavo en el barrio El Faro. Aquí comienza el Carnaval.

Foto: María Juliana Ramírez V.

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De difícil acceso, El Faro está ubicado en la esquina centro oriental de Medellín, justo arriba del barrio Golondrinas y por debajo del corregimiento de Santa Elena. Según me dicen quienes se bajaron del bus conmigo, estamos parados sobre los límites de la Comuna 8.

Pero no es tan cierto. En realidad, la Alcaldía ha negado a El Faro por años. El barrio es la mera nada burocrática. Nuestros pies caminan sobre la indecisión administrativa y el abandono programado. Pues en el inventario territorial de la ciudad oficial, no hay ningún documento que pueda certificar los miles de pasitos, saltos y volteretas que estamos decididos a emprender esta tarde.

El Faro existe por fuera de la gaceta oficial del municipio. Y sus gentes, más de 300 familias, en su mayoría desplazadas de subregiones como el Norte, el Occidente y el Oriente antioqueños, sufren de necesidades bien reales. Que “el barrio no existe” pueden aullar una y mil veces en céntricas oficinas de la ciudad; pero acá está, indómito, con olor a tierra mojada, divisando una ciudad solapada que, afortunadamente, no se sabe observada por nosotros, trapecistas de alta montaña.

Nos trajo acá la celebración del Carnaval por la Vida Digna de la Mesa Interbarrial de Desconectados, una organización que desde hace una década recoge parte importante de las banderas de lucha comunitaria en Medellín. Su historia se inscribe sobre la de las resistencias contra el dominio unificado del paramilitarismo en la ciudad, y por sus venas corre la misma sangre caliente que animó a la Red de Organizaciones Comunitarias —o, simplemente, la ROC— a mediados de la década pasada.

No hay mucho por justificar, el paisaje urbano desliza los argumentos ante los ojos. Viviendas en madera, lata y plástico; algunas de “material” y casi todas hacinadas. Desde sus balcones levantados con la ingeniería de las ausencias, se otea imponente la sede nacional de la cuarta revolución industrial. Esta Medellín se empeña en no reconocer a sus hijos, a pesar de ser tan evidente que nacieron de sus entrañas.

Foto: María Juliana Ramírez V.

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La marcha se dirige hacia el sur, atravesando los barrios Altos de la Torre y El Pacífico, hasta llegar a la cancha de este último. Los callejones son estrechos y empinados, aun así hay quienes se atreven a caminar con pesadas máscaras, bombos y platillos que animan a la festividad comunitaria. La risa de los niños, el saludo de los más ancianos, una que otra cacerola vibrando al aire, impulsan al carnaval peldaño tras peldaño.

Las consignas se quedaron abajo, junto con los disfraces de joker y los bella ciao de las recientes protestas del Paro Nacional. Acá solo hay cantos, cantores y cantoras que se ensañan contra la Empresa de Servicios Públicos de Medellín, exigen agua, vida y vivienda dignas. Suenan los tambores y un hombre jaguar choca las manos con una niña entusiasmada, la mujer pájaro entrega un comunicado en la tienda de la esquina.

Poco a poco, la pequeña fila de peregrinos se convierte en una expedición circense. Paramos momentáneamente en pequeños parquecitos, damos vueltas, los nuevos tramos del barrio nos observan extrañados, algunos nos siguen. Los vecinos comienzan a tararear los cantos al poco tiempo de escucharlos y se afirman en ellos: “De esta tierra no hay quien me saque, no dejaré que me la arrebaten”, “no más miseria, no más desconexión, no más altos impuestos ni privatización”.

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Arribamos a la cancha de El Pacífico cuando la tarde ya venía oscureciéndose. Algunas personas llevaban horas preparando los alimentos, el Carnaval seguía encendido. El frío, no obstante, empezaba a apoderarse de nuestros cuerpos, pero el olor a caldo tibio de sancocho en algo contribuía a calmar nuestras ansias de calor y comida.

Foto: María Juliana Ramírez V.

Hacia abajo las luces infinitas de la ciudad, hacia arriba la cresta de la montaña ya opacada por la noche. En medio de la cancha, las niñas del barrio liberan su infancia con el baile, los jóvenes le ponen voz a la rebeldía con la música, los viejos narran historias de convites, bregas y resistencias.

Todo parece tan cotidiano, tan fugaz, tan leve como la ciudad. Pero el penetrante olor a tierra mojada que nos acompaña desde el principio, me empuja de inmediato hacia otro plano de la sensibilidad material. Las luces navideñas, la música tradicional, los juegos en el parque y la madera ardiendo en la esquina… será como dice un amigo poeta, que las laderas de la ciudad están para que acampesinemos este monstruo.

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