Los que se marchan de Omelas… deben volver
En Los que se marchan de Omelas, Ursula K. Le Guin imagina una ciudad cuya felicidad depende del sufrimiento de un niño encerrado en un sótano. Al descubrirlo, sus habitantes deciden vivir la “felicidad” de la indiferencia o marcharse por la culpa del sufrimiento ajeno. Pero el niño sigue encerrado y Omelas sigue existiendo. Frente a Palestina: ¿Qué hacemos los mirones?
Quien ha visto al niño encerrado en el sótano de Omelas ya no puede habitar la ciudad de la misma manera. Le Guin lo dijo bien: algunos lloran, otros se enfurecen, otros parten y no regresan. Marcharse parece un gesto de dignidad, una forma de negarse a ser cómplice. Pero el niño sigue allí. Y Omelas sigue existiendo a costa suya.
Ese es el límite de la acción individual. El problema político no se resuelve al reconocer la injusticia y distanciarse de ella. La estructura que produce el sufrimiento no desaparece porque unos pocos la abandonen. El niño sigue encerrado, la ciudad sigue funcionando, la “felicidad” sigue sostenida sobre la misma base de opresión, explotación y horror. La pregunta verdaderamente radical no es cómo salir de Omelas, sino qué hacer con aquello que la hace posible.
El niño de Omelas no es una víctima cuyo sufrimiento otros lamentan desde lejos, es la condición de posibilidad de la felicidad de los demás. Su encierro no es un accidente moral, sino el fundamento material de la “prosperidad colectiva”. Esa es la lógica utilitaria llevada al extremo: el bienestar de muchos justifica el sacrificio sistemático de uno. Pero cuando esa lógica deja de ser una ficción literaria y se convierte en una estructura política, territorial y colonial, la pregunta cambia de naturaleza. Ya no se trata de un dilema moral abstracto, sino de un orden concreto que produce vidas sacrificables para garantizar la seguridad, la prosperidad y la normalidad de otras.
El 7 de octubre de 2023 no inauguró esa estructura, la hizo visible con una brutalidad que ya no puede ignorarse. La escalada de violencia israelí contra la población palestina en Gaza y Cisjordania no es una respuesta desproporcionada a un hecho aislado: es la intensificación de una lógica que lleva décadas operando y que ha encontrado en el genocidio su cúspide. Ocupación, colonización, desplazamiento, asedio, destrucción de infraestructura, control de agua, energía y alimentos, segregación territorial, bloqueo, aniquilamiento, limpieza étnica. Todo eso no es el precio de la “seguridad” israelí. Es la condición que la hace posible.
La pregunta es entonces inevitable: ¿Cuál es el costo de esa seguridad, de ese gran modus vivendi? ¿Quién paga por ello? ¿Qué debe desaparecer para que esa normalidad pueda presentarse como natural? La respuesta está en Gaza, reducida a escombros. Está en Cisjordania, fragmentada por asentamientos y controlada militarmente por su colono. Está en los miles de desplazados, en los muertos que ya no se cuentan, en los niños que no llegaran a crecer. Está en la destrucción de universidades, hospitales, archivos, bibliotecas, mezquitas, iglesias, viviendas. No se trata solo de matar personas, se trata de borrar las huellas materiales, culturales e históricas que permiten afirmar que allí existió y existe el pueblo palestino.
El borramiento simbólico es central, pues la desaparición del rastro es políticamente funcional: permite que el sufrimiento deje de ser visible y, por tanto, que quienes viven en la supuesta Omelas puedan dejar de preguntarse cuál fue el precio de su felicidad. Si no hay ruinas, no hay memoria. Si no hay memoria, no hay responsabilidad. Si no hay responsabilidad, la normalidad puede presentarse como natural, inocente, inevitable.
Desde América Latina conocemos esa lógica; la hemos visto ya en las dictaduras que desaparecieron cuerpos y borraron archivos. En los pueblos originarios despojados de sus territorios y de su historia. En las favelas y comunas donde la violencia estatal produce vidas sacrificables para garantizar el orden de otros. No se trata de establecer equivalencias simplistas, sino de reconocer una estructura común: la producción de poblaciones cuyo sufrimiento es la condición de posibilidad del bienestar de otras. Esa estructura tiene nombres distintos, pero una misma lógica.
No basta con denunciar. No basta con declararse en disidencia. No basta con emigrar simbólica o materialmente de Israel mediante el rechazo individual o la condena moral. El problema no es solo quién participa directamente de la violencia, sino qué estructuras la hacen posible y quiénes se benefician de ellas, incluso sin quererlo, incluso desde la distancia, incluso desde la crítica. La complicidad no siempre es activa. A veces es la comodidad de quien identifica la injusticia, se distancia de ella y considera cumplida su responsabilidad.
Por eso el gesto verdaderamente radical no es marcharse de Omelas. Es volver. Volver al lugar del conflicto, al niño encerrado, a las condiciones materiales y políticas que producen el sufrimiento. Volver no como heroísmo individual, sino como exigencia colectiva. Volver para transformar las estructuras, no para lamentarlas. Volver para desmantelar el orden que hace posible que unos vivan en condiciones de seguridad y bienestar mientras otros son sometidos a ocupación, asedio, desplazamiento, destrucción y muerte.
La tesis es simple y terrible: si Omelas representa una sociedad cuya felicidad depende de aceptar que una vida sea sacrificada para garantizar el bienestar de los demás, el problema político no se resuelve abandonando Omelas. La verdadera ruptura comienza cuando se vuelve por el niño y se decide que ninguna forma de seguridad, prosperidad o felicidad puede tener como condición la destrucción de la vida y la existencia política de otro pueblo.
No basta con marcharse. Hay que volver. Y volver significa rechazar la ficción moral de que el bienestar de muchos puede justificar el sacrificio sistemático de uno. Significa reconocer que la libertad de unos no puede construirse sobre la esclavitud de otros. Significa entender que la justicia no es un gesto individual de distancia, sino una transformación colectiva de las condiciones que producen la injusticia.
El niño de Omelas sigue encerrado. Gaza sigue siendo bombardeada. Cisjordania sigue siendo ocupada. Los palestinos siguen siendo exterminados. La pregunta no es si somos capaces de verlo. La pregunta es qué hacemos con lo que vemos.
