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A 731 días de cárcel

Julián el compañero, Julián el amigo, Julián el luchador, Julián el líder social, Julián el cálido ser humano al que el Estado colombiano no encontró mejor forma de acallar que arrebatándole la libertad. A 731 días de cárcel, Julián se mantiene firme en sus convicciones, nuestros verdugos no lograrán nada en su espíritu. Ofrecemos acá, de su puño y letra, un relato de inapelable dignidad.

Nuestro triunfo, nuestra victoria, debe ser la esperanza,
la fuerza de estar juntxs…

Han pasado más de dos años desde la última vez que abracé a Manolo y a Juan; desde que compartí un almuerzo con mi papá y una sonrisa con mis hermanos; desde que compartí la palabra y el abrazo con mis compañeras y amigos.

Días antes de mi captura pude escuchar las voces sentidas de líderes campesinos, sindicales e indígenas que en oposición a los proyectos neoliberales destructores de la madre tierra y los tejidos sociales no dudaron en organizarse y defender sus territorios. Reunidos en las tierras donde Manuel Gustavo Chacón luchó, donde la organización femenina no ha bajado el puño por fuertes que han sido los vientos y los jóvenes no han dejado de soñar con un mundo distinto; se daba cita la Cumbre Agraria, Campesina, Étnica y Popular en un diálogo ambiental minero energético.

Por estos días también en el barrio José Antonio Galán de la localidad de Bosa se desarrollaba el Pre icfes popular Vamos pa’la U Pública, donde varios jóvenes se preparaban para acceder a la educación superior, mis aportes eran el área de lectura crítica y con un megáfono amarrado a la moto por las calles del barrio invitábamos a la participación. Y juntando esfuerzos de mucha gente soñadora adelantábamos una campaña de recolección de recursos para construir una sede social del Congreso de los Pueblos; cultivábamos lechugas, cilantro y ruda en el antejardín, y hasta ese último día almorzamos colectivamente analizando el acontecer tragicómico del país.

Los seguimientos y la persecución en todo el país habían arreciado en contra de las organizaciones de base y en la sede del Congreso de los Pueblos cada día había vigilancia con carros, motocicletas y hasta agentes de civil grababan a los que entraban y salían del lugar. La presión no nos deshumanizaba y sin saber compartíamos alimentos y abrigo con algunos habitantes de calle, que a su vez nos hacían seguimiento y nos tomaban fotos regando el antejardín o charlando en el atardecer; la policía atendiendo supuestos llamados del vecindario que denunciaban violencia intrafamiliar llegaba a las casas y apartamentos; cuando llamábamos sabíamos que había que saludar no solo al que contestaba, sino también al agente de inteligencia que escuchaba todo y se sumaba a los días de cerveza en el Quijote o en la cancha de tejo donde Jorge; las requisas e inspecciones intempestivas en la calle donde preguntaban por qué esperaba el bus o qué hora tenía. En fin, situaciones normalizadas que se fueron convirtiendo en la absurda normalidad de la persecución política.

Los primeros días que pasé en el calabozo de la estación de Facatativá aún no percibía las dimensiones de lo que estaba sucediendo, pero odiaba con todas mis fuerzas la oscuridad de ese lugar, el frío del piso donde tocaba dormir y el tratamiento de criminales que los policías nos daban; más cuando escuchaba la voz de mi hermana, mi mamá o de alguna compañera que nos llevaban desayuno, mensajes de los amigos o un librito para pasar el rato; intentaba disimular el derrumbe hablando del desaseo —acá solo nos faltan una escoba, jabón y cloro para que todo esté bien— con algo de humor que se colara por las rejas de las tres puertas que nos separaban, y se enteraran que ese mal momento ya iba a terminar.

En las tardes intentaba distraer la rabia, como quien tira un hueso a un perro bravo, con la lectura de las “memorias del fuego” de Eduardo Galeano que hasta la celda había llegado, y que en su apartado Volando dice: “El árbol de la vida sabe que jamás cesará, pase lo que pase, la música caliente que gira a su alrededor. Por mucha muerte que venga, por mucha sangre que corra, los hombres y las mujeres serán por la música bailados mientras sean por el aire respirados y por la tierra arados y amados”. Galeano apaciguó nuestra irá momentánea y la entrelazó con la ira histórica y al pasar de dos noches o dos momentos sin luz se estableció un lenguaje de comunicación con las vecinas de la celda contigua, que por otras razones se encontraban allí, pero que también padecían el desprecio de los autodenominados defensores de la ley y el orden.

El primer domingo sin sol la contienda presidencial se definía en segunda vuelta y con gran curiosidad algunos de los captores buscaban saber qué pensaba de la confrontación en las urnas —y si gana Petro ¿será que la guerrilla llega al gobierno?, pero esos de izquierda, ¿si sabrán qué hacer con el poder?— Con una sonrisa ante las “curiosas” inquietudes del agente, pensaba en que hacía unos pocos días había estrenado la cédula en una mesa de votación y solo lo había hecho por las presiones de mis padres que habían prometido una caminata por el barrio donde habían vivido los primeros años de su llegada a Bogotá; y concluía, que lo más fatídico para todos en el país era que ganara el títere con tinte blanco en el pelo. Y la respuesta que mejor fluyó fue otra pregunta —y para usted en estos 20 años ¿quién ha ganado con el gobierno de los paramilitares?—. Se cruzaron las miradas de saber otro distinto en frente y el silencio cerró la conversación.

Los agentes de la estación con la intención de imponer quién tenía el poder del interruptor eléctrico y las llaves del baño, apagaban la luz para impedir leer y se negaban a abrir la reja para ingresar al baño en las mañanas; sus palabras denotaban el odio destilado por décadas de violencia política y como siguiendo un legado heredado de los chulavitas, el uniforme y macana les daban suficiente autoridad de juicio y castigo como para señalar que el haber estudiado en universidad pública o ser de un proceso social, eran razones suficientes para ser acusado de guerrillero y por ende culpable de cualquier expresión de inconformidad en el país.

Pasados diez días nos llevaron a la cárcel Modelo pero por el hacinamiento algunos sindicatos del Inpec impidieron el ingreso de nuevos internos, por lo que tuvimos que volver a Faca; esperaba encontrar en uno de los muros una carta con un sol que Manolo había dibujado y que por descuido se me había quedado; ahí las palabras de Hasbleidi, nuestra casi compañera de celda nos acercaban a la hostil realidad —los tombos recogieron las hojas que dejaron por ahí, diciendo: esos guerrillos hijueputas no saben que van a estar en la cárcel mucho tiempo y allá si se van a convencer de cuál es el orden de las cosas—.

El ingreso a la Picota llenaba mis pensamientos de pánico y sobre todo cuando nos confinaron a más de sesenta personas por un día y una noche en los calabozos más conocidos como primarias; había una pirámide de espumas que del color rosado de fábrica pasaban a múltiples variables de combinaciones entre el color café, el verde y el negro y lo peor es que tendrían que servir para pasar la noche; los ojos de todos los que allí nos mirábamos buscaban complicidad o signos de mayor peligro, se percibía angustia y miedo en distintas tonalidades. Al pasar unos minutos, poco a poco junto con otros cuatro que querían proteger la cobija o el libro que en las manos llevaban, nos fuimos refugiando en una esquina de la celda rectangular, no muy estratégica por cierto, pues quedaba al lado del “baño”, que con el paso de las horas se fue rebozando e imposibilitando hasta la respiración. Instintivamente empezamos a dormir por horas, mientras alguno cuidaba de cualquier movimiento extraño, la noche fue larga y acompañada por el chillido de roedores que pretendían asaltar las canecas en busca de los restos de comida que había quedado en las cajas, que al ingresar nos habían entregado, y que muchos habíamos comido selectivamente por la desconfianza que causaba el pollo con vetas rojas de sangre, la papa con tierra y los contados granitos de arroz blanco.

Al día siguiente ya cuando oscurecía otra vez, nos asignaron patio y con algo de temor y pensando que toda la cárcel era como el calabozo, tomé la colchoneta con forro azul que me asignaron, la wimpera (menaje) y una cobija de color café, y seguí al guardia que me iba a indicar cómo llegar al patio; subí como ocho pisos, más de seiscientos escalones, hasta encontrar una reja cerrada desde donde se podían ver las primeras imágenes de la montaña llena de luces, como un pesebre; tiempo después supe que era el barrio molinos, donde mi tía Luz y mis primos Diana y Jhon habían vivido en la infancia y yo algunas veces había ido de visita, también donde hacia unos meses habíamos conmemorando la ausencia de Carlitos Pedraza; del otro lado estaban las rejas como de película gringa, con cierres de seguridad, cámaras de vídeo y al fondo un muro que tenía pintado el número 11 y 14. Al pasar varios minutos de no saber qué hacer, apareció un guardia con más cara de pícaro que todos los sindicados que pasaron en vela conmigo el día anterior y que como algún experimentado canero habría calculado, él esperaba hacer sus cobros iniciales para acomodarme en alguna celda donde no tuviera mayor peligro la cobija, el libro y la wimpera que llevaba.

Fueron pasando los días y en medio de tanta turbulencia, el ánimo de la familia, de las compañeras y de algunos presos solidarios, fueron disipando mis angustias y empecé de alguna manera a comprender el nuevo momento que me proponía la inconmensurable existencia; cada visita, cada llamada, cada carta y cada saludo fueron convirtiéndose en la fuerza necesaria y suficiente para enfrentar el desafío.

El mundo no se detiene y los aprendizajes tampoco. Con una mirada más pausada y tranquila, al pasar los meses empecé a evaluar y reflexionar sobre mi participación política en los procesos sociales, el curso de mi vida personal y hasta los destinos de las apuestas de transformación y cambio social.

Entonces los deseos de no claudicar y de pelear continuaron, y motivado por el proceso del barrio montamos tres bibliotecas, una en el patio 11 en dónde estuve los primeros dos meses, otra en el 12 donde actualmente paso mis días y una tercera en el 16 donde también hay perseguidos políticos, estudiantes de la Universidad Nacional. Conmovidas con la compleja situación de abandono estatal y familiar que viven muchos en este lugar, algunas amigas de la parroquia de Bosa y cercanos del movimiento social iniciaron una campaña de recolección de útiles de aseo, llamando a la solidaridad al finalizar las misas y truequiando libros por jabones y papel higiénico. El Comité de Solidaridad con los Presos Políticos manteniendo su razón fundante, también fortaleció su apoyo formativo y de asistencia jurídica con un espacio de formación en derechos humanos para personas privadas de la libertad; luego con apoyo del algunos profesores de la Universidad Nacional y Pedagógica, la Fundación Pasos y el Equipo Jurídico Pueblos se conformó la cátedra de derechos carcelarios y penitenciarios; experiencias que han ido proyectando la fuerza necesaria para enfrentar la reciente agudización de las contradicciones.

Con la cuarentena se han hecho más largos los días y las cuentas del tiempo llevadas por la cercanía de cada visita han tenido que cambiar, ahora como dicen muchos por estos lados —cualquier día es lunes o domingo—. Entonces hemos tenido que aprender a sobrevivir sin ver, ni abrazar a la gente que amamos, sin embargo, lo rescatable de esta adversidad es que se ha puesto en el conocimiento público la tragedia que vivimos miles en el mundo y también la necesidad inaplazable de cambiar las prácticas e instituciones que atentan contra la vida y la dignidad.

En estos dos años hemos visto desde distintos ángulos cómo la violencia dirigida hacia el movimiento social ha aumentado, encarcelando y asesinando a líderes y lideresas comunitarias, haciendo juicios mediáticos y sobre todo marcando un ciclo antidemocrático, caracterizado por el soterrado cierre de la participación política a las propuestas distintas de país. Es como los días nos van cambiando y nos van enseñando que es en la lucha diaria como la vida cobra sentido y que es a quienes no dejamos de soñar y amar la vida a los que nos corresponde transformar el mundo.

De todo este tiempo puedo decir con total transparencia que amo las palabras osadas que transforman y a la gente osada que no deja de nombrar esas palabras atravesando distancias continentales, rompiendo muros y rejas, y sobre todo forjando nuevas realidades y posibilidades; y ahí está mi madre, cociendo tapabocas —para los presos— dándole golpes a la negrita zz para que no enrede el hilo y mi padre cortando con una mano la tela antifluidos, obstinadamente no dejan de enseñarme a luchar; las luchadoras incansables Aleja, Blan, Angie, Blanquita, Laura, Joha, Cristina, Jennifer, Gloria y muchas más, que tejen redes de afectos, resistencias y utopías; las vecinas solidarias y los amigos de toda la vida que desde su vida dedicada al trabajo, al cuidado de la familia y el amor a los imposibles configuran constelaciones de universos posibles. Decir también que voy aprendiendo que es tejiendo unidad que le vamos viendo forma a la resistencia y a las formas diversas en que nos podemos abrigar en los días de frío y acompañar en los de encierro.

Al cumplir setecientos treinta y un días de distancia física les comparto a mis hermanos, familiares y compañeras estas líneas de aprendizajes y desafíos vitales para continuar, no sin antes decir que no podemos dejar pasar un solo día sin que aportemos una puntada al tejido de esperanzas de cambiar la cuadra, el barrio, la vereda, el colegio, la universidad, el trabajo, la familia y sobre todo el curso de los vientos que no dejan de traer carabelas hambrientas de despojo.

¡Siempre adelante en defensa de la alegría y la esperanza!
¡En el barrio, la vereda y la Universidad nos vemos!
¡Ser líder social no es un delito!

Autor

Producción editorial del equipo de la Revista Lanzas y Letras. www.lanzasyletras.com