“¿Qué se necesita para ser un policía?”

La semana pasada el profesor Andrés Saldarriaga de la Universidad de Antioquia fue víctima de una descarada presión académica debido a su postura frente al actual debate sobre el tropel universitario. Hoy, lastimosamente, su nombre apareció en una nota amenazante firmada por las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC). Al respecto unas palabras de la profesora María Cristina López Bolívar en defensa de una universidad crítica. [Foto de portada: @mruniversitario].

Intentar desconocer el conflicto y superponer a la vida una visión de mundo es lo que se necesita para ser un funcionario del establecimiento.

La phrónesis, dice Victoria Camps (2017), es la capacidad de escuchar al otro desde la prudencia y la sensatez. El término viene desde Aristóteles para fungir como valor elemental en la cultura democrática caracterizada por el reconocimiento de la pluralidad de valores y perspectivas que están en constante conflicto. El disenso —no el consenso— fortalece el escenario de la deliberación entre los agentes que necesiten, quieren y/o deseen expresarse.

La filosofía, desde su quehacer, sospecha y duda de lo incuestionable, irrefutable y absoluto. Ella, en esencia, es crítica y conflictiva.

La crítica no puede ser instrumentalizada para darle voz a quien se erige como tribunal de la razón. Si la crítica es apática, abstracta y útil entonces no es crítica sino apología al servilismo funcional. La crítica no es un producto pecuniario que se ofrece para figurar y brillar ante el establecimiento cuya pretensión es hacer de la filosofía el nicho del capitalismo cognitivo bajo el modelo Universidad-Empresa-Estado.

La crítica es revolucionaria, performativa, incómoda, molesta. Originada en la rebeldía, la curiosidad y la inconformidad que se sublevan contra la domesticación con una ferocidad indómita, la crítica es agresiva ante las formas institucionales que conservan y disminuyen las potencias transformadoras e insurrectas de quienes venimos al mundo a devorarlo en la plenitud de nuestra libertad y el amor por la vida —esencialmente antidogmática, esencialmente distinta—.

Como una especie de resistencia ante el consenso —aniquilador de las minorías— la crítica misma es matriz del pensamiento y la cultura —¿democráticos?— que ponderan la tensión de los opuestos, de las diferencias.

La filosofía que se escribe desde la feminidad sensitiva, desde la insurrección del pensamiento rebelde y combativo contra todas las formas conservadoras y antivitales, aquella que se escribe desde las entrañas mismas de la vida en conflicto y escenario de la multiplicidad de maneras de ser en el mundo, deviene en rebelión ante el pensamiento sagrado —institucionalizado— que concibe que el papel del filósofo consiste en desvanecer las sombras de la ignorancia con sus palabras cargadas de metafísica. Pero las palabras sagradas, carentes de sentimientos y emociones, desprovistas de la comprensión de la otredad son vacías, inertes porque no alcanzan a tocar la vida o a dar cuenta de las verdades y el conflicto que perviven en ella.

La filosofía no puede cesar de incomodar con su búsqueda de verdades en el circo de mentiras vitales que ofrece la tecnocracia. Fichte, mencionó que la verdad prepara para la bondad porque ella misma se construye con los/las otros/as. Así, la escritura que comprende y busca verdades no puede renunciar a la ternura de quien se entrega a ella desde la acción bondadosa de saber asumir la búsqueda del/la otro/a.

¿Cómo se puede escribir o hablar sobre la paz desde la humillación de la otredad?, ¿cómo se puede criticar el capital desde la actualización del capitalismo cognitivo, identitario y limitante de verdad?

La universidad del siglo XXI está perdiendo sus componentes humanitas y universitas no por los conflictos que en ella subsisten, todo lo contrario, sino porque intentan desarraigarlos de los espacios universitarios. Bajo el modelo Universidad-Empresa-Estado los “autores menores”, la filosofía crítica, el anarquismo, la antropología filosófica, el socialismo, el materialismo, la teoría del bloom, la teología política, los saberes ancestrales, las prácticas en favor de la liberación de la madre tierra y las discusiones sobre el tropel, la lucha de clases, la revolución/rebelión política y las resistencias éticas son reducidos a “pensamientos marginales” apologistas de la guerra. Es precisamente esta reducción y desconocimiento de las otras voces —en la universitas— violenta: llama a la anulación de la otredad en pro de “lo correcto”, “lo justo”, “la humanidad” —¿homogeneizante?— y “la paz” del establecimiento (anti)democrático.

Decía Emma Goldman en 1940: “Los filósofos han escrito gruesos volúmenes para demostrar la santidad del Estado; algunos incluso lo han revestido con la infalibilidad y los atributos divinos. Alguien ha mantenido la insensata noción de que el Estado es un “superhombre”, la suprema realidad, “lo absoluto”. El cuestionar se condenó como una blasfemia. La servidumbre es la más alta virtud” (Goldman, 2008, pág. 37).

Si la filosofía, si lxs pensadorxs, si lxs filósofxs, cesan de cuestionar al establecimiento y abrazan el prejuicio desde el tribunal de la razón —identitario/policivo— entonces hay que dedicar un réquiem al pensamiento filosófico que mutó hacia la institucionalidad academicista que declara marginal aquello que no cabe dentro de sus márgenes de producción, de pulcritud y normalización de la verdad como funcionaria servil del Estado. Alejado el pensamiento filosófico de la comprensión y vivificación de las intensidades hostiles, románticas, rebeldes, insurrectas, anárquicas y transformadoras de quienes hacen de la filosofía su forma de vida, carece de crítica.

A su vez, si la democracia, en su camino a la paz como imposición y no como construcción de los diferentes agentes sociales, no logra sostener escenarios para la pervivencia del reconocimiento de distintas perspectivas, entonces hay que denunciarla como instrumento de opresión. Aquí lxs anarquistas —lxs mismxs que se encuentran en el intercambio de fanzines y libros dentro de la vida universitaria— han tenido el coraje para no ceder y radicalizarse contra todas las formas de dominación desde su existencia misma que se resiste a ser uniformada y aplanada por la institución. Así lo señaló la autora anarquista: “El más fuerte baluarte de la autoridad es la uniformidad; la menor divergencia frente a ella, es el mayor crimen. La generalización de la tecnificación de la vida moderna ha multiplicado por mil la uniformidad. Está presente en cualquier lugar, en los hábitos, en los gustos, en el vestir, en el pensamiento y en las ideas. (…) Pocos tienen el coraje de enfrentarse a ella. Quien se niega a someterse rápidamente es etiquetado como “raro” o “diferente” y desacreditado como un elemento perturbador en el confortable estancamiento de la vida [democrática] moderna” (ibíd. pág. 39).

La comprensión del fracaso de la democracia para acoger las divergencias concibe que la universidad del siglo XXI no puede quedar sumergida en la cultura del emprendimiento y la optimización de los individuos. La universidad ha de permanecer en resistencia desde las formas de manifestación de la inconformidad del pensamiento crítico y denunciante de las formas de control dominante.

Toda teoría, toda postura, todo discurso que no devenga en una praxis crítica, en una fuga son policivos. Cegados por el deslumbramiento de la recta razón y autoproclamados como estrados de la objetividad (subjetiva), la lógica y el universalismo, sus ojos no ven la unicidad y la singularidad en sus connotaciones que se oponen a morir en la universidad tecnócrata del siglo XXI.

La mirada inquisidora de la filosofía así fundamentada en la técnica y el servilismo al statu quo no puede contemplar que los pequeños gestos rituales de las existencias personales e íntimas vivificadas en la universidad crítica son las más valiosas posesiones que da la vida universitaria a lxs estudiantes y profesorxs condenadxs a la periferia “exótica” en la universidad-empresa. Cocinar alimentos liberados, autogestionar libros de autores que cierto academicismo ha despreciado, intercambiar saberes, “truequiar” textos, preguntar por la posibilidad de otros mundos (acariciarlos con la punta de los dedos, de las ideas) y sentir la solidaridad de las y los que luchamos por hacer de este mundo nuestro mundo se nos vuelve lo más generoso y valioso de asistir a la universidad… sabemos no estamos solxs…

Al conocimiento que denuncia las condiciones materiales, dialécticas y efectivas de la subordinación de la universidad crítica a la universidad-empresa le agradezco se oponga a ser ceniza de otros tiempos. Como trinchera de la crítica frente a la tecnocracia y la “cultura del emprendimiento”, es él quien potencia la resistencia filosófica ante la reaccionaria y denigrante manera de volverla metarrelato del poder estatal sobre la vida, la intimidad y la pasión de quienes combatimos, vivimos y morimos por arder, por incomodar, por gozar de la realidad hasta destruirla si es fiel espejo de los hombres pulcros, “bien puestos”, decentes y unilaterales en su narrativa narcisista y acrítica del mundo.

La filosofía crítica es acto de rebelión en pro de la paz, el amor y la otredad en un territorio donde las instituciones policiales matan, censuran e intimidan a quien hace de su existencia la presentación misma de su libertad de pensamiento, de su libertad para vivir por y para sí mismx. No es otra mi perspectiva (entre muchas otras) femenina devenida sensibilidad anárquica, escucha y mirada sediciosa para conquistar/entender la vida, desde la que puedo habitar la filosofía antipolicial en la universidad crítica que necesita nuestro tiempo.

Referencias

  • Camps, V (2017) Breve historia de la ética. España: RBA.
  • Esquirol, J (2015) La resistencia íntima. Barcelona: Acantilado.
  • Fichte, G (2008) sobre la vivificación y elevación del interés puro por la verdad. Trad. Emiliano Acosta. En: Boletín de estética Publicación del Programa de Estudios de Filosofía del Arte / Centro de Investigaciones Filosófica Número 4, Marzo de 2008. Argentina.
  • Goldman, E (2008) La palabra como arma. Tierra de Fuego: Editorial de La Malatesta.

Quién

María Cristina López Bolívar
Es profesora de Filosofía de la Universidad Pedagógica de Pereira.

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