Accionar la teoría, teorizar la praxis. Los desafíos actuales para construir ciencias sociales críticas
A 180 años de la redacción de lo que se conocería como Tesis sobre Feuerbach, gracias a su publicación como apéndice de la obra Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana de Friedrich Engels en 1888, volvemos sobre lo redactado por Marx en 1845 alrededor de la crítica contra aquello que, diciéndose revolucionario, no hace más que dejar intacto lo que pretende transformar. Tres reflexiones a cargo de Yesica Guzmán Sossa.
En la primavera de 1845 se forjó un legado sin precedentes. Sobre su escritorio, con su pluma aguda y sin vacilaciones, Karl Marx redactó once aforismos donde describió de manera precisa la comprensión adecuada de la relación entre teoría y praxis correspondientes a una perspectiva crítica-materialista. Este texto, que para Marx fueron sus notas de reflexión y que para nosotros son hoy una hoja de ruta abierta para el teorizar crítico, son las Tesis sobre Feuerbach.
Allí, nuestro autor presenta las consecuencias que de la comprensión materialista de la historia se derivan en términos epistemológicos, esto es, frente a la pregunta de qué podemos conocer y cuál es el fundamento del conocimiento humano; metodológicos, es decir, frente a la pregunta por cómo podemos conocer; y políticos, fundamentalmente la pregunta de por qué es posible y necesario concebir una praxis que transforme radicalmente la sociedad. En la articulación de estas dimensiones propicia una reflexión profunda sobre el papel de los educadores, los intelectuales y, hoy podríamos decir también, los científicos sociales. Por todo esto, volver a las tesis es una tarea siempre pendiente e inacabada, su relectura representa la promesa de un pensamiento crítico insobornable, que no teme someter a examen sus propios fundamentos.
Hace unos meses se cumplieron 180 años de la escritura de estas tesis y, aunque tardío, quiero compartir algunas reflexiones sobre cómo es posible construir ciencias sociales críticas en el presente a partir de su lectura. Me propongo en este artículo desarrollar tres desafíos concretos que, a mi juicio, tienen las ciencias sociales que pretendan ser críticas en el presente. Primero, el desafío de ser ciencias sociales autoconscientes y, por tanto, su necesidad de tomar como punto de partida la praxis en la que se inscriben para su teorizar. Segundo, planteo que si una ciencia social pretende ser crítica-materialista deberá, necesariamente, asumir el desafío metodológico de “ir a la cosa misma”, a lo concreto. ¿Pero qué es lo concreto? Esta pregunta es abordada desde el distanciamiento con perspectivas empiristas y positivistas, señaladas por Marx en la primera y la segunda tesis y, adicionalmente, me apoyo para la reflexión en el importante texto de Karel Kosík, denominado Dialéctica de lo concreto. Por último, planteo los desafíos que la concepción de Marx sobre la relación entre teoría y praxis representan para concebir el papel del científico social hoy, con relación a los movimientos sociales y las praxis que se autodenominan emancipatorias y liberadoras.
Ciencias sociales autoconscientes
En primera instancia, las tesis nos ubican en un problema epistemológico y antropológico básico. Es posible el conocimiento humano de la realidad social, en tanto dicho objeto: la sociedad y la historia, son un producto de la acción humana colectiva a través del trabajo, la actividad mediante la cual se transforma la naturaleza humana y no humana, en un proceso complejo que Marx llama en sus Manuscritos económico-filosóficos “intercambio metabólico”. El trabajo aparece como el fundamento explicativo de la historia, pues no hay historia sin seres humanos vivos que la construyan y la transformen. En consecuencia, la historia es el proceso en el que el ser humano se produce a sí mismo y a la sociedad, no solo en términos biológicos o fisiológicos, sino también en términos culturales en un sentido amplio: produce sus modos de organización económica y las relaciones de producción y división del trabajo que allí tienen lugar, su lengua, sus formas políticas de organización de la convivencia, sus formas artísticas, entre otras. En ese sentido, el trabajo humano, que es el productor de la historia, posibilita desarrollar, en una suerte de simultaneidad, no solo la vida en términos crasos como el sostenimiento fisiológico de los cuerpos, sino también el desarrollo de otras potencialidades. Nos indica Marx en El Capital: “lo que distingue ventajosamente al peor maestro albañil de la mejor abeja es que el primero ha modelado la celdilla en su cabeza antes de construirla en la cera”. Y, en esta línea, el conocimiento humano no es mera contemplación o pasividad frente a un mundo que le ha sido dado, sino que es actividad, participación en la construcción de ese mundo y esa realidad que al tiempo quiere conocer. Esto queda evidenciado en la primera tesis:
El defecto fundamental de todo el materialismo anterior -incluido el de Feuerbach- es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal. Feuerbach quiere objetos sensoriales, realmente distintos de los objetos conceptuales; pero tampoco él concibe la propia actividad humana como una actividad objetiva (…). (Marx, 1845)
Pues bien, de lo anterior se desprende, además, que el objeto de estudio de las ciencias sociales: la sociedad y su historia, se reconoce como un objeto transitorio, en permanente cambio, pues es producto de la praxis social que lo condiciona. Esto pone de presente una primera exigencia para las ciencias sociales que se pretendan críticas: el reconocimiento de que su objeto de estudio es histórico y necesariamente mediado socialmente, por lo que solo puede explicarse como un producto de los procesos sociales de producción y nunca al margen de ellos. Así, las ciencias sociales deben hacer un seguimiento continuo y permanente de las transformaciones económico-productivas y de la relación entre estas y sus objetos de estudio: los movimientos sociales, la familia, el lenguaje, la tecnología, la inteligencia artificial, entre otros.
Otra consecuencia se deriva de los argumentos antes expuestos con relación a la autoconsciencia de los científicos sociales que nos inscribimos en una perspectiva materialista de la historia. Esta consiste en que para nosotros el mundo pierde todo carácter de “hechos” azarosos e inmodificables, y pasa a ser una realidad susceptible de ser transformada y reorientada de modo que no produzca las injusticias, el dolor y la ignominia del potencial humano. De la consciencia de la construcción social de su objeto de estudio, viene al mismo tiempo la esperanza de que puede ser transformado y de que nosotros mismos, como parte de esa realidad, podemos participar en su transformación.
De este modo, la ciencia, la teoría, el pensamiento son producto de las formas de organización económico-productivas de la sociedad en su conjunto y, por tanto, los conocimientos que allí se producen no pueden ser independientes de esos procesos económicos, de las relaciones sociales de producción. Las ciencias sociales, llámense historia, antropología, sociología, pedagogía, psicología, ciencia política, entre otras, deben ser conscientes de que ellas son también un producto histórico-concreto que corresponde a la división social del trabajo: entre trabajo manual y trabajo intelectual, división que posibilita a unos dedicarse al pensamiento y la teoría, mientras quita esa posibilidad a gran parte de la población restante, tal y como lo expresan Marx y Engels (2014) en La ideología alemana.
Asimismo, los científicos sociales que se pretendan críticos deben ser conscientes de que hacer investigación y producir teoría es al mismo tiempo un trabajo mediado por las exigencias prácticas. ¿Cuál es la exigencia práctica que impone la sociedad a la ciencia? Que sea útil, que sirva para determinados fines, o como lo plantea el clásico paradigma positivista: que explique, prediga y controle la naturaleza humana y no humana. En ese sentido, las teorías científicas también se ven sometidas a las reglas del mercado y a sus leyes de oferta y demanda. Deben dar respuesta a necesidades prácticas o crearlas, de lo contrario su destino es la extinción (Londoño y Duque, 2022). Las ciencias, también las sociales, están en la base de la innovación tecnológica y del progreso de las fuerzas de producción, y en ese sentido contribuyen directa o indirectamente al desarrollo de los fundamentos materiales de la sociedad, pero, a su vez, la ciencia solo existe en virtud de la necesidad que esos procesos económicos le imprimen. Independientemente de que los científicos sociales reconozcan o desconozcan que su praxis científica está determinada por procesos económicos, eso en nada cambia el sentido objetivo de su trabajo, en el sentido de que la ciencia seguirá siendo, con esa consciencia o sin ella, una forma de contribuir al dominio de la naturaleza y de otros seres humanos.
Ahora bien, esta autoconsciencia no debe llevar a un científico social que quiera comprometerse con la causa emancipatoria a resignarse a ese papel preestablecido. Al contrario, bien puede establecer su labor crítica como contraria a esos intereses pragmáticos, pues la crítica no pretende mejorar lo existente sino señalar su carácter injusto y la necesidad de su transformación. En este sentido, no pierden su carácter práctico aquellas investigaciones dentro de las ciencias sociales que se inscriben en una perspectiva crítica, pero su carácter práctico no viene dado por ser útil al modo de producción, sino por su intención de denuncia y compromiso con la transformación, lo que solo puede derivarse de ese momento de autoconsciencia que he venido exponiendo.
La autoconsciencia de las ciencias sociales consiste, entonces, en el autoesclarecimiento de su lugar en la totalidad capitalista, el reconocimiento de que los académicos y profesionales no son un grupo situado por encima de la sociedad, sino que su labor, su trabajo, de hecho es un producto social que condiciona su forma de investigar, sus preocupaciones teóricas y sus objetos de estudio, los recursos para investigar, entre otras.
Por último, la autoconsciencia de las ciencias sociales implica el reconocimiento de su participación en la constitución de la sociedad de un modo específico: a partir de su comprensión y explicación. Esto debe llevarle al mismo tiempo a la consciencia política de que pueden contribuir a la transformación del mundo, pues, de hecho, todos los días con sus trabajos, están sosteniendo y reproduciendo el estado de cosas. Ahora bien, esa explicación y comprensión de la socieda4d como objeto, exige un modo particular de abordarse, justamente para diferenciarse de los demás desarrollos no críticos dentro de las mismas ciencias sociales. Pasamos entonces al segundo punto, frente a las implicaciones metodológicas.
La exigencia metodológica: “ir a lo concreto”
Veníamos diciendo que la producción de los intelectuales, académicos, investigadores no está por fuera de la división social del trabajo, sino que hace parte de su engranaje. Pero aquí surge la pregunta ¿Cómo es posible producir una teoría que no legitime el orden, sino que lo desenmascare y además plantee fundamentos para la práctica transformadora? ¿Cómo puede el científico social tener una consciencia práctica emancipatoria? ¿Cuáles son esos límites de la tarea de las ciencias sociales críticas?
En primer lugar, habría que señalar que esto solo es posible si se asume una manera particular de aproximarse al objeto de estudio. En la primera y segunda tesis, Marx plantea un distanciamiento con Feuerbach, pues plantea que es necesario comprender el objeto como actividad humana, como praxis y, en ese sentido, ir al objeto mismo no es ir a lo inmediato como lo pensaba el materialismo vulgar, o a un objeto al margen de la acción humana frente al que el sujeto se comporta de manera contemplativa. Al contrario, ir a la “cosa misma”, estudiar el objeto en su concreción, exige la indagación del conjunto de procesos —léase relaciones sociales— que condicionan ese objeto. Esto implica superar todo empirismo.
Superar todo empirismo implica, a su vez, como lo plantea Kosík (1967), ir más allá de lo fenoménico o del mundo de las apariencias, reconocer que el dato por sí solo no revela la verdad ni la realidad, pues es necesario poner el dato en conexión con la totalidad social capitalista. De modo que estudiar cualquier objeto: los partidos políticos, los movimientos sociales, las familias, el arte, la industria musical, etc., exige, desde el punto de vista materialista, ir más allá de su apariencia como fenómeno para relacionarlo con los procesos amplios y abarcadores que lo determinan. Por eso, las ciencias sociales, aunque tienen un fuerte componente cualitativo donde tienen relevancia las opiniones, las percepciones de los sujetos, esos datos no son elevados a verdad inmediatamente, sino que se ponen en conexión con sus contextos de producción para comprender lo que tienen de verdad y lo que a su vez ocultan o tergiversan. Esto tampoco significa su rechazo, por una primacía de las “estructuras”. Al contrario, la actitud del científico social materialista reconoce que la realidad social se compone tanto de los momentos objetivos como subjetivos y que incluso esa separación entre sujeto-objeto es insulsa. Por ejemplo, en una investigación sobre los niveles de explotación en una empresa determinada, un científico social crítico no podría prescindir de entrevistas a los trabajadores y los dueños, pero esa versión, el punto de vista del actor social, no es suficiente, es necesaria pero debe ponerse siempre en conexión con el análisis de la lógica de producción capitalista y las formas fetichizadas de la conciencia que allí aparecen. Justamente, para que un incauto científico social no extraiga como conclusión ingenua que no hay explotación porque un actor no se autodenomina como tal, aun cuando su situación social concreta revela todo lo contrario.
Por otro lado, una ciencia social crítica requiere, necesariamente, asumir el problema de la verdad y comprometerse con ella. Por un lado, rechazar todo relativismo, al tiempo que reconoce que la verdad, desde una perspectiva materialista, es siempre una verdad histórica, determinada, que no es eterna ni inmutable. Como sostiene Horkheimer (1993), en su texto A New Concept of Ideology?, se puede sostener simultáneamente que el conocimiento tiene un carácter histórico y al tiempo defender un concepto de verdad. Para el materialismo histórico, la noción de verdad implica un relacionamiento con la praxis, pues implica que la teoría debe hacer justicia a la realidad social, reflejarla y no al contrario, tratar de manipular los datos de la realidad social para hacerlos encajar en esquemas predeterminados. La “verdad” de la teoría que construyen las distintas ciencias sociales depende de su interpenetración con la realidad social en un movimiento que implica ir a los hechos, a los datos, para construir la teoría y los conceptos, así como relacionarlos con la totalidad social, y de nuevo bajar a los hechos para poner a prueba esos desarrollos teóricos.
El reconocimiento de la ciencia de que toda consciencia, teoría y desarrollo científico depende de las circunstancias sociales no lleva automáticamente a un relativismo. Al contrario, le muestra que es necesario estudiar los objetos particulares en relación con esas circunstancias, si quiere tener un conocimiento real y profundo. El problema de la verdad queda esbozado en la segunda tesis sobre Feuerbach. Nos dice Marx:
El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico. (Marx, 1845)
En este punto resulta fundamental recordar que la búsqueda de la verdad y la objetividad como problema práctico no es opuesto a una dimensión política. Es decir, no hay que confundir objetividad con neutralidad. De hecho, un investigador social o académico puede posicionarse en contra de una realidad opresiva y en favor de los desposeídos, es decir, puede no ser neutral, justamente porque el proceso de investigación le lleva a esclarecer y constatar empírica y teóricamente una verdad objetiva-histórica: la totalidad social capitalista es irracional y reproduce montos muy altos de sufrimientos humano, que hoy, con el nivel de desarrollo de la ciencia y la técnica, así como por los niveles de producción, podría ser evitable y corregible.
Por eso, el compromiso de una ciencia social crítica con “ir a lo concreto” y con la verdad, no es otra cosa que la necesidad de pensar los procesos de transformación y, simultáneamente, revolucionar el proceso de pensar, tal y como afirma Bolívar Echeverría (2011).
Por último, la autoconsciencia de las ciencias sociales que se pretendan críticas proviene también de la consciencia de la vigencia y, al tiempo, de la caducidad de su carácter crítico, en el sentido de que quienes hacemos parte de las ciencias sociales y decidimos adoptar el materialismo histórico como punto de partida, reconocemos que esto se ve justificado tanto en cuanto existe un mundo, unas relaciones sociales que merecen ser criticadas, negadas y transformadas. Es decir, la crítica depende también de las circunstancias que la hacen necesaria, de ahí su historicidad. De este modo, si el objeto se transforma, si se abolen las relaciones de producción capitalistas y con ellas la propiedad de los medios de producción y los antagonismos de clase, posiblemente la crítica reduzca su carácter de necesariedad y se aboque la ciencia social a otros objetivos que esa sociedad, en ese momento específico, defina.
El papel del científico social, el intelectual y el investigador frente a la transformación
Para finalizar, me gustaría señalar otras consecuencias que se derivan de estas reflexiones sobre las tesis con relación a los límites y potencialidades del científico social en función de la praxis transformadora.
Al respecto, considero que la segunda tesis abordada en el punto anterior nos da luces concretas. El teórico crítico debe su carácter crítico directamente a su compromiso con la verdad, una verdad que es histórica y sin la cual no sería posible posicionarse. Ese compromiso con la verdad le exige y le posibilita simultáneamente una indagación dialéctica, concreta, de sus objetos de estudio particulares y su relacionamiento permanente con la totalidad social. A su vez, ese compromiso con la verdad le exige tener, por un lado, una necesaria relación con la praxis de la que se ocupa y, por otro lado, un relativo distanciamiento. Me explico. El compromiso con la verdad le implica no estar al margen de los procesos de transformación de la sociedad y hacer seguimiento de aquellas fuerzas transformadoras, sin embargo, esto no implica necesariamente ciencias sociales militantes en el sentido de estar al mero servicio de las prácticas militantes. La ciencias sociales críticas deben tener la posibilidad de señalar en qué medida la praxis que se pretende emancipatoria está apuntando a los fines que se propone o en qué medida se desarticula de ellos, en qué medida la praxis ha devenido irreflexiva y como consecuencia reproductora del orden al que se opone. Su militancia, si queremos ponerlo en términos estrictos, consiste en su compromiso con una crítica insobornable, incluso de parte de los movimientos que se autodenominan emancipatorios.
A la decimoprimera tesis de Marx (1845) “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”, habría que introducirle una mediación, en el sentido de que no se trata de asumir la praxis transformadora en distanciamiento de la interpretación del mundo y la teoría. Al contrario, esa praxis no va a ser verdaderamente emancipadora si no se compromete con la verdad y con un estudio riguroso y preciso de la totalidad social capitalista que le lleve a esclarecer su propia praxis. Entonces, más bien habría que decir que interpretar el mundo es ya contribuir a sus modos de transformación, aunque claramente es solo un momento, por supuesto insuficiente en el proceso de transformación que implica formas concretas de organización política y el esclarecimiento de aquello que se quiere transformar, la táctica y la estrategia.
Por último, como nos dejan ver las tesis, el proceso de transformación de la sociedad es uno necesariamente colectivo y práctico, que no viene de una perspectiva idealista que cree que cambiando las ideas, las teorías, el pensamiento, se transforma de facto la realidad social. Por esta razón, la praxis del científico social es acotada, porque con su trabajo científico-teórico puede contribuir a explicar la sociedad, sus transformaciones y develar sus procesos ideológicos o de ocultamiento de las relaciones de opresión y de dominación, pero por sí mismo es impotente para transformar la realidad, ya sea como individuo o como grupo al resto de la sociedad. De este modo, las ciencias sociales críticas pueden contribuir a la transformación, pero de ellas no depende enteramente. Allí está su límite. Veamos la tercera tesis:
La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad. (Marx, 1845)
Es claro, entonces, que la transformación depende de una forma organizativa consciente, donde los intelectuales no aparecen como una élite por encima de los procesos organizativos para iluminarles y decirles qué hacer. Por definición, la tarea del teórico, del científico y del académico es una tarea tardía porque su material de estudio es la historia en movimiento. Ese es su límite, repito, pero también su potencialidad.
Referencias bibliográficas.
Echeverría, B. (2011). El materialismo de Marx: Discurso crítico y revolución. En torno a las tesis sobre Feuerbach, de Karl Marx. Ítaca.
Horkheimer, M. (1993). A new concept of ideology? En Critical theory: Selected essays. Continuum.
Kosik, K. (1967). Dialéctica de lo concreto. Grijalbo.
Londoño Agudelo, A. M., & Duque Monsalve, L. (2022). Fundamentos epistemológicos de la teoría crítica. En M. Santamaría Moncada (Ed.), La teoría crítica: Fundamentos epistemológicos y normativos (pp. 33–88). Tirant lo Blanch.
Marx, K. (1845/1974). Tesis sobre Feuerbach. En K. Marx & F. Engels, Obras escogidas (t. 1). Progreso.
Marx, K., & Engels, F. (2014). La ideología alemana. Akal.
