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Camilo, Evita y el Che, espejos latinoamericanos: cuerpos reaparecidos, llamas que no se apagan

El rescate y la identificación de restos de desaparecidos no es la regla en un continente con cientos de miles de personas acribilladas por sus compromisos revolucionarios que siguen sin una tumba donde poder ser honradas. Camilo Torres, como Evita y como el Che, vencen después de muertos. Sus ejemplos siguen vivos y nuevas generaciones recogen sus nombres para llevarlos como bandera a la victoria. Una nota de Pablo Solana en el marco de #Camilo60&100pre Legado Vivo.

La desaparición de personas fue un método sistemático al que apelaron las oligarquías y demás sectores del poder económico, por medio de sus brazos armados, en la guerra que libraron durante décadas en Nuestra América contra los pueblos que ansiaban su liberación (Sigue siendo una realidad en distintos países pero con intenciones más diversificadas.) Durante la segunda mitad del siglo XX, como parte de la lucha contrainsurgente, ese método apuntó a ocultar los cuerpos masacrados para dificultar los reclamos de justicia y garantizar impunidad a los verdugos, pero tuvo además un sentido último más profundo. Como bien analizó la politóloga Pilar Calveiro, las desapariciones constituyeron una tecnología represiva estatal diseñada para despojar de identidad a las víctimas: al negarles el nombre, se borraba su existencia simbólica y jurídica, impidiendo el duelo o el homenaje social y la reivindicación de esa memoria. De ese modo, cada cuerpo desaparecido amplificaba la función simbólica de perpetuar el terror. Así lo aprendieron los militares latinoamericanos de la Doctrina Francesa desplegada en Argelia por la Section Administrative Spécialisée, inspirada en el decreto nazi Nacht und Nebel (Noche y Niebla), que había masificado las desapariciones de combatientes anticolonialistas entre 1954 y 1962; lo aprendieron, sobre todo, en la Escuela de las Américas, montada por los Estados Unidos para capacitar en métodos de torturas y desaparición a quienes deberían llevar adelante lo que denominaron “guerra contrainsurgente” en América Latina. 

Con las desapariciones impedían al pueblo la certeza de saber sobre sus muertos. Imposibilitaban reivindicarlos, porque “los desaparecidos no existen, no están ni vivos ni muertos, son una incógnita, no tienen entidad”, según textuales palabras del genocida argentino Jorge Rafael Videla –formado en la Escuela de las Américas– ante un corresponsal del New York Times en el año 1979, en pleno proceso de desaparición masiva de militantes revolucionarios y personas solidarias con la causa de la emancipación.

Las cifras abruman: se contabilizaron más de 45.000 personas desaparecidas en Guatemala entre 1960 y 1996, según la Comisión para el Esclarecimiento Histórico; 30.000 en Argentina entre los años 1976 y 1983, establecieron los organismos de Derechos Humanos, y cerca de 120.000 en Colombia en el período 1985-2016, informó la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad. En algunos casos las identidades pudieron ser restituidas por equipos especializados en la identificación de restos óseos, como el Equipo Argentino de Antropología Forense o la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas de Colombia. Pero la mayoría de los casos –más de un centenar de miles en todo el continente–, mantiene el estatus macabro de la desaparición.

 

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Excepciones como las del Che, Evita y ahora Camilo, resultan victorias estratégicas: a pesar de toda la maquinaria del poder y la guerra, contra décadas de tiempo a favor de la impunidad, esas identidades se potencian al ser rescatadas de las manos de sus verdugos o de las estrategias de desaparición y de terror que buscaron aplicar.

Son casos distintos, pero ponerlos en una misma línea de análisis nos permite reforzar la reflexión. Veamos:

 

Ernesto Guevara cayó en combate en Bolivia el 8 de octubre de 1967. Fue ejecutado extrajudicialmente un día después y su cuerpo fue inmediatamente desaparecido. Quienes lo ocultaron en una fosa común cerca del aeropuerto de Vallegrande –todo esto solo se sabrá tres décadas después– fueron tres militares de mediano rango, pero la decisión se tomó en los altos mandos de la CIA, agencia que estuvo detrás de toda la operación. Dijeron a los oficiales del Ejército de Bolivia de que debían evitar que la tumba del Guerrillero Heroico se convirtiera en un lugar de peregrinaje popular, aunque, como vimos, el método de la desaparición de los cuerpos tenía que ver con mucho más que eso.

El secreto se mantuvo durante 30 años, hasta que un equipo de expertos geofísicos y forenses cubanos dio con los restos el 28 de junio de 1997. Junto al Che se pudieron identificar a otros seis guerrilleros. Los siete fueron exhumados y trasladados a Cuba, y ahora reposan en el Mausoleo de Santa Clara. Dijo Fidel al momento de recibir los restos del Che: “Un combatiente puede morir, pero no sus ideas. ¿Qué hacía un hombre del gobierno de Estados Unidos allí donde estaba herido y prisionero el Che? Los interesados en eliminarlo y desaparecerlo no eran capaces de comprender que su huella imborrable estaba ya en la historia y su mirada luminosa de profeta se convertiría en un símbolo para todos los pobres de este mundo, que son miles de millones”.

 

Eva Perón murió a sus jóvenes 33 años el 26 de julio de 1952. Tras el golpe de Estado al gobierno peronista, en 1955 su cuerpo fue robado de la capilla donde reposaba en la sede de la Confederación General del Trabajo por los militares argentinos. A diferencia del Che –y de Camilo– Evita no murió en combate, sino como resultado de un cáncer fulminante. Pero hay dos circunstancias posteriores a su fallecimiento que la emparentan con el destino de los otros mártires latinoamericanos. El primer elemento vuelve más densa la decisión de desaparecer su cuerpo: al no haber caído en manos de sus enemigos en un enfrentamiento, los militares argentinos, en el intento por evitar su trascendencia histórica, decidieron robarse el cadáver. Claramente no buscaban dificultar una investigación ni esquivar responsabilidades, sino que, directamente, el objetivo fue privar al pueblo de una de las figuras más veneradas en la lucha contra los oligarcas. El otro elemento que emparenta el devenir de su figura con la de otros revolucionarios es que, tal como ella misma había predicho, su nombre fue estandarte de nuevas luchas. Ya enferma, en uno de sus últimos discursos, con la voz quebrada y debilitada alcanzó a decir, ante una multitud: “Aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria”. Así sucedió, aunque no hubo –aún– victoria. La organización Montoneros fue la que más buscó reflejar el ideario combativo de Evita, y presionó a los militares para que su cadáver fuera devuelto (entre los cargos que le imputaron al General Aramburu, secuestrado y ejecutado en 1970 tras un juicio popular llevado a cabo en la clandestinidad por los Montoneros, se encontraba su responsabilidad en la desaparición del cuerpo). Un año después de este hecho de altísimo impacto en la política argentina, los militares negociaron con Perón la devolución del cadáver, que había sido llevado a Italia. En 1971 los restos fueron devueltos en Madrid, y en 1974, casi 20 años después de su robo y desaparición, fueron repatriados.

 

Camilo Torres cayó en combate en Patio Cemento, Santander, Colombia, el 15 de febrero de 1966. El Ejército Nacional de Colombia decidió desaparecer sus restos con argumentos idénticos a los que la CIA había propuesto para el Che: evitar que su figura fuera venerada por las masas. Para garantizar ese objetivo, convirtieron la cuestión en un verdadero “secreto de Estado”.

La familia del cura guerrillero hizo gestiones de primer nivel desde el primer momento: ante el entonces presidente Lleras Restrepo y también ante el papa Pablo VI, subrayando que la víctima de desaparición a manos del Estado colombiano era, después de todo, un sacerdote de la Iglesia Católica. Ni esos pedidos ni la solicitud de información por parte del hermano de Camilo al coronel Tovar, quien estuvo al mando de la Quinta Brigada del Ejército responsable del abatimiento del revolucionario, dieron resultados: el “secreto de Estado” se mantuvo por casi 60 años. Hasta que, en enero de este año, la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas notificó los avances de sus forenses en las tareas de identificación de los restos, lo que provocó que tanto el Ejército de Liberación Nacional (ELN) como el presidente Petro se manifestaran saludando el hallazgo.

 

Diferentes contextos, una constante: la lucha inclaudicable

La Revolución Cubana fue la responsable de la reaparición de los restos del Che: por décadas se puso al hombro la tarea de la identificación del cuerpo, llevó adelante más de 200 excavaciones, y finalmente logró el objetivo, con esa terquedad tan característica de Fidel en el seguimiento de las causas justas que tan bien fue asumida por el conjunto del pueblo cubano. Rescatar al Che del destino que le había diseñado el enemigo fue una lucha inclaudicable, que finalmente dio sus resultados.

La recuperación de los restos de Evita, como ya dijimos, también se dio en el contexto de las fuertes luchas en Argentina a finales de la década de 1960 y principios de los años 70. El surgimiento de Montoneros y otros grupos revolucionarios había sido precedido por el Cordobazo y otros estallidos de rebelión popular, en un contexto donde los militares, que ejercían el gobierno, empezaban a retroceder en todos los planos. Como parte de esas luchas, la recuperación del cuerpo de Evita fue una conquista que alimentó nuevas perspectivas de victoria, como ella misma había preanunciado.

Ahora, en Colombia, la aparición de los restos de Camilo debe leerse en similar clave. Las circunstancias históricas son distintas, pero en cada caso se trata de contextos de lucha y de reafirmación popular los que permitieron y permiten estos avances. La identificación de los restos del cura guerrillero no puede atribuirse a un mérito puntual del gobierno de Gustavo Petro, pero visto como parte de un proceso de luchas más amplio –y no tan lejano, que tuvo puntos altos en el Paro Nacional de 2019 y en la rebelión popular de 2021–, el primer gobierno popular en la historia de Colombia no puede ser ajeno a la valoración del momento en que se da el hallazgo.

Al parecer, los restos de Camilo descansarán ahora en la Universidad Nacional, una de sus trincheras de lucha política y también académica, plano en el que se destacó de manera determinante. Será un gran evento el traslado de su cuerpo allí, pero lo más importante será lo que se proyecte de él. Como cantó el poeta, los pueblos seguirán multiplicando su ejemplo. Habrá, ahora con más ímpetu que antes, cien mil Camilos prontos a combatir. Al igual que el Che, que Evita y que cientos de miles de militantes anónimos desaparecidos, Camilo Torres muere para vivir. Que su figura, su ejemplo y su legado revolucionario nos acompañen hasta la victoria, siempre.