Venezuela: Ni gala ni diplomacia, el poder real se juega en la guerra
Lo imprevisto del reciente ataque gringo a tierras venezolanas fue lo previsible que resultó siendo. En las semanas previas Donald Trump advirtió que haría lo necesario para “recuperar” el petróleo y el dinero que Venezuela le ha “robado” a Estados Unidos, con lo que no contábamos era con que hasta el mismísimo presidente Nicolás Maduro junto con su esposa Cilia Flores serían recuperados también. Un pertinente análisis a cargo de Esteban Romero, politólogo y militante de organizaciones populares en Colombia
Sorpresa táctica, rigurosa inteligencia estructural-operativa y agilidad militar en un contexto urbano son, al menos, tres de los principios del diseño militar que el gobierno de los Estados Unidos empleó para extraer, la madrugada del 3 de enero, en la centralidad de Caracas, al presidente Nicolás Maduro Moros y a la primera dama, Cilia Flores.
La autorización para proceder con la operación “Resolución Absoluta”, emitida desde el 25 de diciembre por Donald Trump, tuvo que esperar su último visto bueno a las 11:46 p. m. del 2 de enero, con el fin de despejar dos variables críticas: las condiciones meteorológicas y la confirmación absoluta de que el objetivo se encontraba en Miraflores.
Lo que vino después es ampliamente conocido: una ciberoperación destinada a interrumpir el suministro eléctrico en sectores clave de Caracas y que, aprovechando la oscuridad generada, creó las condiciones operativas necesarias para el despliegue coordinado de aviones, drones y helicópteros, que atacaron instalaciones estratégicas como las bases aéreas de Higuerote y La Carlota, la base naval de la Meseta de Mamo, el Cuartel de la Montaña 4F y el Fuerte Tiuna.
En su alcance, lo que vemos es una operación militar quirúrgica y limitada a descabezar al gobierno chavista, pero que, por ahora, no ejerce control militar sobre el territorio venezolano y que, de concretarse, tendría que contar con la aquiescencia del Congreso en un año electoral en el que la política doméstica estadounidense está centrada en ofrecer a los electores respuestas frente al alto costo de la salud y la inflación rampante.
Aunque en el plano mediático se vocifera una transición política bajo tutela de Estados Unidos, lo que en realidad se ha producido es, por un lado, un reavivado sentimiento antinorteamericano dentro y fuera de Occidente, expresado en brotes de movilización a escala global y, por otro, tensiones en la política interna del Partido Republicano.
En este último ámbito, algunos congresistas republicanos observan con escepticismo la viabilidad de capitalizar electoralmente un despliegue militar en Venezuela, especialmente cuando el discurso de Trump en los últimos años ha sido abiertamente crítico de las intervenciones militares estadounidenses en Oriente Medio, a las que ha responsabilizado de desatender los problemas del “americano de a pie”.
Por lo demás, el militarismo desplegado el 3 de enero no constituye únicamente una expresión de la apuesta por someter a la región a la doctrina Monroe y a su corolario trumpista, sino también una manifestación concreta del lugar que ocupa la guerra en los procesos de acumulación capitalista. En este marco, el despojo de los recursos naturales adquiere un papel central, especialmente en el contexto de un mundo multipolar que asiste a la progresiva erosión de la arquitectura institucional liberal surgida tras la Segunda Guerra Mundial.
Si bien en la agenda mediática la “transición” en Venezuela se ha narrado como un problema de la voluntad de Delcy Rodríguez, Vladimir Padrino y Diosdado Cabello de “entregar el poder” a su legítima portadora, María Corina Machado, lo cierto es que ni en la agenda de Trump ni en la reconfiguración del poder real del chavismo parece tener un papel relevante, al menos por ahora.
Considerar que el chavismo y el proyecto comunal en Venezuela son una cuestión de tres o cuatro personajes en la cúpula del poder institucional es, cuanto menos, ingenuo. El poder no está solo en Miraflores. La construcción del poder comunal en Venezuela es una arista estratégica que se descuida en los análisis del escenario que se abre con la agresión militar y la reorganización del gobierno.
La tendencia esperable con el decreto de conmoción interior es, en pocas palabras, el alistamiento para la lucha armada de los componentes militares, policiales y populares, en lo que Chávez supo llamar la guerra de todo el pueblo contra cualquier agresión imperial.
Aunque el desenlace de la coyuntura sigue abierto, el episodio impone dos lecciones fundamentales para las izquierdas y los movimientos revolucionarios de la región.
Primero, que la ambigüedad del progresismo —que condena formalmente la agresión militar pero adopta la narrativa del “régimen dictatorial”, como lo han hecho Petro, Boric y Lula— no constituye un escudo frente a una eventual confrontación con Trump. Por el contrario, pone en evidencia un límite estructural: tensionar discursivamente las relaciones con Estados Unidos no es lo mismo que asumir, de manera consecuente, una posición anti imperialista dentro de las propias fronteras.
Segundo, que la estrategia militar continúa siendo el método más agudo para comprender las relaciones de fuerza. El quién manda y quién obedece no se dirime en el marco de democracias “conflictivas” pacíficamente reguladas, como suelen aducir los defensores de la teoría del populismo. La máquina Estado-Capital es fuerza física, despojo, rapiña, confrontación directa y destrucción; es, en última instancia, guerra.
En este sentido, apelar al desescalamiento, a la intervención de la ONU o a la urgencia de convocar a la CELAC como esperanza de solución no revela otra cosa que el vaciamiento teórico y político de una izquierda pacificada, carente de perspectiva estratégica y de clase, que erróneamente cree que el entierro del imperialismo ocurrirá en una elegante noche de gala.
La comunicación entre Donald Trump y Gustavo Petro, ayer 7 de enero, no deja ver más que precisamente la vocación de conciliación del progresismo a los intereses económicos y geopolíticos norteamericanos, la retórica anti imperial no se corresponde con el cuestionamiento de la nueva Doctrina Monroe, que más que simbolismo y discursos agitados por X, es fuerza militar para doblegar a América Latina.
¿Con qué contamos los pueblos para enfrentar al imperio? ¿Con el progresismo de la “militarización verde” en la Amazonia? ¿Con el presidente progre de la cooperación militar con Estados Unidos, que no dudará en usar sus tropas en suelo nacional cuando contrarie sus intereses?
