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Voces que retumban en silencio. Un poemario en la huella de Javier Heraud

Presentamos en exclusiva un adelanto del segundo libro del poeta y periodista peruano Jesús Rojas, “Voces que retumban en silencio”. A continuación, el prólogo en el que Pablo Solana presenta la obra y cinco de los poemas más destacados.

Conocí la poesía de Jesús en septiembre de 2021. Estaba en Buenos Aires cuando me escribió para contarme que había editado su primer libro, Caminos fangosos, que incluye varios relatos y algunos poemas. Enseguida cuadramos para vernos. Recibí un ejemplar que tuvo la generosidad de acercarme al barrio de La Boca, gesto que le agradecí sinceramente. Sabía que se trataba de una edición autogestiva y que él mismo se encargaba de distribuir y vender los ejemplares de mano en mano. Como militante y editor (y ocasionalmente autor), sé de lo que se trata. Este segundo libro repite el método: es una edición sencilla pero cuidada, gestada con pasión artesanal.

No es casualidad que haya elegido empezar estas líneas resaltando esa particularidad, que destaco como virtud. Un joven escritor podría explorar otros caminos: presentarse a premios importantes que pudieran darle un renombre y cierto conocimiento masivo; buscar algún editor-mecenas con quien negociar el contenido de una obra que tuviera en cuenta las demandas del mercado; publicar directamente en redes sociales más atento a lo que mande el algoritmo y no tanto a lo que dicte su sensibilidad y su conciencia; o simplemente escribir algo distinto a la poesía para caer más simpático al lector promedio actual. No son opciones contrapuestas ni deshonrosas, pero cualquiera de ellas dejaría gusto a poco si se convirtiera en la única elección.

Publicar un libro en tiempos de egoísmo neoliberal y de embrutecimiento masivo –como proponen quienes detentan el poder– es un acto de resistencia. Si el libro es de poemas es, además, un acto de rebeldía. Una apuesta por la sensibilidad, por el compromiso con un futuro mejor para esta maltrecha humanidad.

Hace poco volvimos a encontrarnos con Jesús, esta vez en Lima. Tuve ocasión de preguntarle por Javier Heraud, el poeta limeño acribillado en 1963 por la Guardia Republicana cuando tenía 21 años. Tras haber estudiado en Cuba, Heraud se había sumado al Ejército de Liberación Nacional (ELN) del Perú. Conocí la poesía de Javier, que emparenté con la obra temprana de otros dos poetas muy queridos: el guatemalteco Otto René Castillo y el salvadoreño Roque Dalton. Es claro que la poesía de Jesús recibe la inspiración de Heraud, además de otra influencia obvia, la de César Vallejo. Pero Javier también se hace presente de cuerpo entero entre las páginas de este libro, porque como escribe el autor: “Su temblorosa voz / se escucha en los bosques / en las montañas / su sonrisa juvenil / sigue pintando / dibujando / la memoria de Madre de Dios. / Solo sé: / ¡El poeta no ha muerto!”

Son tiempos difíciles para la humanidad, harán falta mil batallas. Hoy los desafíos son distintos a los que tuvo que enfrentar la generación de Javier Heraud, y por lo tanto la literatura –fruto dialéctico de cada contexto histórico– también lo es. Pero aun cuando las luchas deban ser por otros medios, algunas de ellas (la batallas por el sentido, por las ideas, por la justicia y por la belleza) se seguirán librando, al igual que entonces, a pura poesía.

Los buenos poetas no mueren y los buenos libros de poesía perduran. Este libro está llamado a perdurar: seguramente sea el primer poemario que publique Jesús de muchos que vendrán.

Pablo Solana, enero de 2024

Voces que retumban en silencio

Se despidieron del frío
guiados por una fe inquebrantable
y por unos sueños lejanos.
La travesía se dio por los cielos
abandonando la serranía,
las bufandas
los ponchos.
Por las tierras de shiringas
caminaron los barbudos
por carreteras fangosas,
por trochas inhóspitas
y con machetes desafilados 
embistieron los rudos árboles.
Navegaron por ríos violentos
en frágiles balsas
nadaron
junto a serpientes
y caimanes.
Fue en agosto,
cuando las gotas de dolor cayeron
cultivos de maíz
crecían en las montañas
un nuevo amanecer
se iluminó en la selva.

En ese extenso valle de la sierra central
los huesos crujen 
y los débiles se endurecen.
Santa Bárbara sigue siendo 
ese sanguinario panteón de esclavos,
es el recuerdo de la miseria y explotación;
¡El bendito mercurio!
tuvo la dicha de castigar a un pueblo
y bendecir al foráneo.
En esos hostiles suelos 
se levantaron
barrios de adobe con tierra contaminada,
muchas familias tienen la gracia de no comer
y llenan la panza con los vapores de mercurio.
Bajo esas altas montañas 
doce iglesias se levantaron
para que los pongos sin almas
puedan morirse en el Paraíso.
La vida me ha llevado a conocer ese hermoso valle,
el señor de Potocchi me vigila
la lluvia pelea aunque le cueste la vida
y sus ríos lloran a borbotones;
en ese lugar no paro de jadear 
por momentos siento que voy a morir,
pero luego vuelvo a la vida.
Hoy estoy en una iglesia persignándome 
de hinojos y sollozando sin tregua,
suplicándole a Dios que, nunca,
pero nunca perdone mis pecados.
Sigo solo en este valle 
hablando con los labios partidos,
escribiendo con mis dedos quebrados
y con ese aire frío 
endurezco mi débil corazón;
y me despido de un niño que me dice:
¡Kawsayta hamuy rikurisun!
¡Nos vemos en la próxima vida!

Un libro me llevó
a esa extraña selva,
y, ahora,
entre shiringas camino.
Ayer me contaron:
en esos ríos profundos
el poeta acribillado
aún no ha muerto.
Su temblorosa voz
se escucha en los bosques
en las montañas 
su sonrisa juvenil
sigue pintado
dibujando 
la memoria de Madre de Dios.
Solo sé:
¡El poeta no ha muerto!

No era un sueño
no era un cielo
era tu sempiterno gesto
con lágrimas derramadas 
por tu despedida.
Solo quiero quedarme contigo
en las extensas orillas
en los recuerdos sin olvidos
en los tiempos del desierto.
Entre lágrimas
déjame despedirte
dame un último abrazo
suspírame en el jardín
paraliza los segundos,
y piérdeme contigo 
para siempre, siempre
con tu efusiva sonrisa
con tu aliento de jazmín
con tu suficiente compañía
con tu salvación.
Estoy agotado
no sé si pueda escapar 
tampoco quiero hacerlo
¡No quiero nada sin ti!
Entre lágrimas 
déjame despedirte.

Aún no sé
no sé qué pasó
ni puedo entender
lo que sentimos,
todo es como ese sol
que quema el solitario desierto
donde nadie habita.
Aún no sé qué pasó
ni en que instante
el tiempo nos abandonó.
Dios está callado,
pero tú sigues siendo un destello
y el desierto se vuelve infierno.
Aún no sé qué pasó
ni entiendo lo que sentimos
¡Al carajo conmigo!
Tus parpadeos
son como ese sol
que se oculta 
y alumbra el desierto
Y, 
así sigo,
sin entender qué pasó
con esa fugaz locura.
Aún no sé qué pasó
no puedo entender
 no puedo apagar
ni con llantos 
el incendio.

Para contactar al autor:

Facebook: /jesusangel.rojas.37

Correo: jesusangelrojas@hotmail.com