“Argentina, 1985”: qué hay detrás del éxito de Prime Video que pone la lupa sobre los crímenes de Estado

Un debate recorre al movimiento popular en Argentina y a los organismos de Derechos Humanos: el que provoca la película que recrea el Juicio a las Fuerzas Armadas responsables de la dictadura cívico-militar-eclesial que asaltó el poder entre 1976 y 1983, una de las más sangrientas del Cono Sur. Compartimos una lectura crítica que parte de Argentina y llega hasta Colombia.

La película, proyectada en cines argentinos y ahora disponible en Colombia por la plataforma Prime Video (y en sitios gratuitos alternativos, ver enlace al final),1 en las primeras semanas se convirtió en la más vista del año en su país. Aunque la trama no sorprende porque relata con fidelidad un hecho conocido como es el histórico juicio que llevó a la cárcel a los militares responsables de la dictadura –hecho inédito en América Latina hasta entonces–, la actuación de Ricardo Darín como el fiscal encargado de la acusación y otros buenos desempeños actorales refuerzan el interés en una cinta que hace ruido por lo que aborda, pero sobre todo por lo que omite.

Quienes tenemos edad para recordar aquel suceso, y de un modo u otro estuvimos cerca de las luchas por los derechos humanos de ahí en más, encontramos en la trama motivos para la emoción, aun cuando el relato habilita cuestionamientos políticos e ideológicos que es necesario marcar. Impacta reconocer en la pantalla a Adriana Calvo de Laborde, exmilitante revolucionaria detenida-desaparecida durante la dictadura y después una incansable luchadora popular, interpretada de manera magistral por la actriz Laura Paredes. Su testimonio en el juicio, duro, digno, contundente, es recreado con cuidado, respeto y eficacia. Si con los años solo quedara de la película la huella de ese testimonio, solo por eso ya habría valido la pena. En tiempos de negacionismo sobre los crímenes de las dictaduras (encabezadas por militares, como en Argentina, o por civiles en el marco de la formalidad “democrática”, como en Colombia), disputar ese sentido con una producción cinematográfica que llega e impacta en amplios sectores de la sociedad es una gran virtud.

Más crítico se vuelve el análisis si nos detenemos en la mirada política, en la opción ideológica de los realizadores. Salvo por los testimonios de las víctimas (ancladas en el lugar de víctimas, sin reconocer sus opciones militantes ni sus proyectos revolucionarios), en toda la trama no existe nada parecido al protagonismo del pueblo, al activismo social. Ni en retrospectiva (esos militares cometieron aquellos crímenes en cumplimiento de un plan para contrarrestar un proceso de luchas por el socialismo que había logrado importantes anclajes en la sociedad, hecho que la película oculta), ni en el contexto histórico en el que se enfoca: las Madres de Plaza de Mayo fueron, en los hechos, protagonistas indiscutibles como vanguardia de un sector dinámico de la sociedad que empujó el fin de la dictadura y después la lucha contra la impunidad. Sin embargo, aparecen en la película como figuras secundarias, casi pasivas. Pañuelos blancos despojados de la potencia ética y política que fue central para que todo aquello se dé como se dio.

Sin pueblo ni sujetos sociales activos, “Argentina, 1985” presenta a un par de fiscales en los roles de héroes, reforzando la mirada de la historia que plantea que los protagonistas pueden ser, o bien seres valientes, o bien personas mediocres moldeadas por las circunstancias… pero nunca los pueblos. (Lo único rescatable ante esa mirada es el rol del equipo de jóvenes que se puso al hombro la investigación, que la película sí refleja). En el mismo sentido despolitizante, no aparece el otro polo social de la contradicción: el poder económico que ideó el golpe de Estado y se benefició gracias a la dictadura; la casta política cómplice; la jerarquía eclesial que legitimó el genocidio.

Si bien una y otra limitación estuvieron presentes en el Juicio de 1985, un abordaje realizado casi 40 años después bien debería dar cuenta de los avances que se dieron respecto a las responsabilidades civiles que, al omitir, la película contribuye a seguir dejando en la impunidad.

Pero hay otra dimensión posible de la polémica. La película puede generar debates más allá de las fronteras. El caso que refleja esta historia puede dialogar de manera certera con la coyuntura que vive Colombia, donde la lucha contra la impunidad de los criminales de Estado aún tiene un largo camino por recorrer.

Lo sucedido en Argentina es emblemático: la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) apuntó a dilucidar los crímenes cometidos por la dictadura militar, específicamente la desaparición sistemática de personas. Eso es lo que alimentó el Juicio de 1985. Aunque el discurso dominante pretendió instalar la “teoría de los dos demonios”, es decir, poner en el mismo plano a los agentes del Estado que cometieron violaciones de derechos humanos y a quienes participaron de la violencia política como forma de resistir al autoritarismo y la falta de libertades, la película no cae en esa equiparación (aun cuando no muestra que fueron los organismos de derechos humanos, más que los fiscales, quienes resistieron esa maniobra). Con las Madres de Plaza de Mayo a la cabeza, se logró poner el foco en quienes instrumentalizaron las armas del Estado en perjuicio del pueblo. Los delitos que pudieron haber cometido los actores no estatales del conflicto no debían ser equiparados al accionar ilegal del propio aparato estatal.

En Colombia, en cambio, cuando se habla de víctimas se incluye a quienes fueron agredidos por el Estado y los paramilitares, pero también a quienes padecieron distintas formas de violencia por la acción de los grupos insurgentes, poniendo a los actores antagónicos en un mismo plano. La dinámica del conflicto interno en este país resulta distintiva respecto a lo que sucedió en América Latina por varios factores. Uno, su carácter prolongado y sostenido, que se arrastró por décadas y aún perdura. Otro, la multiplicidad de actores armados y sus responsabilidades en distintas formas de victimización de sectores de la sociedad.

A la hora de analizar diferencias, pero también similitudes en los caminos de la búsqueda de justicia, la película puede resultar un buen punto de partida para dar debates necesarios: ¿El expresidente Uribe, por caso, no debería ser juzgado y condenado por gravísimos crímenes de Lesa Humanidad, en lugar de seguir gozando una banca parlamentaria y ser reconocido como referente de la “oposición”? ¿Los altos mandos militares que diseñaron masacres y fusilamientos serán juzgados en Colombia con la severidad que se logró en el caso que muestra la película? ¿Cómo será el avance, en este país, hacia un Estado de derecho que necesariamente deberá rechazar cualquier tipo de pactos de impunidad?

Esas preguntas no están en la película. Harán falta insumos generados desde el activismo social, cultural, de los medios de comunicación popular y los derechos humanos, si queremos fomentar miradas y debates que alienten el protagonismo de los pueblos. Pero la historia que cuenta “Argentina, 1985” puede motivar la búsqueda colectiva de respuestas. Y, sobre todo, iluminar vías de acción para fortalecer las luchas por Justicia, pilar imprescindible de cualquier sociedad que se empeñe en conquistar su libertad.

Notas

  1. “Argentina, 1985” puede verse en la plataforma de Prime Video Colombia, en sitios alternativos como Cuevana3 o en el siguiente enlace: