Sobre el reclamo social a nombre de nadie

¿Cuál es el potencial crítico de las acciones desde el anonimato? ¿Es posible sostener que la violencia es un asunto que solo con la democratización de las voces se subsanas? ¿Y cuándo el diálogo que permite la sociedad está en desigualdad de condiciones? El tropel como manifestación colectiva violenta sigue generando preguntas; sin embargo, no parecen ser tan contradictorios los argumentos de quienes señalan la necesidad de que el fenómeno sea pensado y quienes ven necesario el fin de esa acción violenta. [Foto de portada: @mruniversitario].

Por Uriel Cruz. En un artículo sobre el tropel en la universidad publicado en 2018, el autor del texto llamaba la atención sobre la necesidad de analizar el tropel para dar cuenta de lo que anda mal en la sociedad que lo genera. Ante esto, otro autor, en un artículo del año 2020, respondiendo a aquel artículo, consideraba que el texto era un llamado de apoyo e idealización del tropel en la universidad, en contraposición con el diálogo inteligente y crítico al interior de la misma, diálogo que no toca la médula del asunto. Lo que nos interesa en este texto es mostrar cómo las dos posiciones tienden a llamar a lo mismo, pero en el llamado de una se esconde la posibilidad de pensar y analizar las problemáticas sociales, mientras que la otra se esconde bajo el nombre del pensamiento, tal vez para esconder algo más. No es nuestro interés dedicarnos a analizar, citar o “señalar” cada parte de los textos. Más bien nos interesa entrar al planteamiento que hacen, según nuestra comprensión, pero también aportando nuestra mirada. En caso de que el malentendido se dé, es nuestra responsabilidad y nuestra escasa comprensión lo que lleva a ello, cosa que hay que tener en cuenta cuando se habla de temas propios. Una aclaración por lo demás: los autores hablan del tropel en el sentido de los movimientos de resistencia, inconformidad, revolución o fuerza que se dan en la universidad colombiana; tomamos este sentido cuando, pero pensamos también por “tropel” un cierto desorden y ruido de la sociedad que no necesariamente se tiene que ajustar a territorios universitarios –tomamos, “tropel” a partir del Diccionario de la Real Academia de la Lengua.

Planteamos nuestra comprensión de los textos con las siguientes dos tesis, las cuales corresponden a cada uno de los textos en el respectivo orden en que fueron publicados. 1) El tropel se da, existe, entonces hay que responder, como filósofos y profesores, pensando las causas que lo generan, puesto que una sociedad que tiene que recurrir al tropel como medio de expresión tiene problemas de fondo, he ahí su necesidad de ser pensado. 2) El tropel no es necesario, ya que nuestra sociedad ha tenido bastante de violencia; nuestra sociedad necesita medios democráticos para poder llegar a ejercerse como Estado de Derecho, para ello hay que recurrir al pensamiento crítico y no a la fuerza como medio de expresión. Estos son, a grandes rasgos, los planteamientos de los dos textos que han entrado en polémica. Estos dos planteamientos no se contradicen ni se contraponen entre sí. No hace falta ser un profesor universitario para darse cuenta de ello.

Puede considerarse que la primera tesis tiene dos puntos principales. Por un lado, el sentido del tropel como algo que se da, que existe, que “está ahí”; por otro lado, se considera la necesidad de pensar cuáles son sus causas y actuar ante ellas. Las dos partes del primer planteamiento llevan a pensar que la necesidad del tropel es la necesidad de pensarlo como un medio de expresión, que tal vez no sea el mejor, de una sociedad que no escucha y un gobierno que no actúa. No hay, en este planteamiento, nada que pueda endilgarse como uso exacerbado de la fuerza.

La segunda tesis puede ser pensada también en dos partes: por un lado, se considera que estamos en una sociedad democrática, en la cual no es necesario que se actúe por medio de la violencia, sino que se necesita más bien el pensamiento crítico; por otro lado, se piensa de modo paralelo que los medios de expresión en la universidad no son los del tropel, sino los de un sentido crítico y pensante, en los cuales cada voz debe sonar como medio de expresión, anteponiendo la voz a cualquier estallido de artefactos explosivos. Así, esta tesis no trae a colación más que el sentido del diálogo propuesto desde antaño por la filosofía.

Desde el segundo planteamiento se pueden pensar dos cosas, que no necesariamente están dichas allí de manera expresa, pero sí tal vez de manera implícita, inconsciente. El autor piensa que Colombia es, de entrada, una sociedad democrática en la que cualquiera puede ejercer su derecho a hablar y a expresarse de manera crítica. Que Colombia sea una democracia solo existe en los papeles, de manera ideal y poco llevada a la realidad social, pues una democracia que gobierna para los pocos ya es una contradicción en los términos (cfr. Platón. El Político; Aristóteles. Política). No hay que argumentar mucho ni duramente para saber que Colombia apenas es un embrión democrático, a pesar de la historia; más bien hay que ver las cifras y las acciones de un gobierno, sus reformas, sus programas, sus formas de callar a la gente, de generar olvido, de anular y desmentir cualquier consideración o informe internacional, de recurrir una y otra vez a las ejecuciones extrajudiciales, mal llamadas falsos positivos, como medios de flagelo, de censura y de arrogancia, etc… Por otra parte, el autor plantea un sentido de pensamiento crítico que habla desde la universidad y que defiende, usando, irónicamente, a manera de escudo, a autores que apenas hablan de lo mismo. Hablan del liberalismo, del capitalismo, del capital, de la posición liberal ante la distribución económica, etc… Ninguno, a excepción de Andrés Saldarriaga, contra quien escribe el texto, habla de tropel o alguna cosa parecida. Así, el planteamiento es un pensamiento crítico que trae a colación a otros pensadores, pero que teme pensar, más allá de estos, lo que pretende pensar. El texto toma su posición ante una situación de violencia en el país que no ha servido de nada, cosa que es verdad, pero olvida pensar que la exigencia del derecho a veces lleva a la inconformidad, a la ira.

No se trata de defender estas, pero, si se trata de pensar críticamente, no se pueden obviar ni anular sin más, no se puede decir que hay que hacer diálogo crítico en una sociedad en la que las condiciones del pensamiento no están garantizadas, cuando son precarias, señaladas, amenazadas o anuladas. Plantear un diálogo crítico que no sabe cómo garantizar las posibilidades del diálogo, es un diálogo que no es solo entre sordos, sino también entre mudos.

Cuando se predica el diálogo crítico sin más, hay que tener en cuenta que este también es un caballo de batalla, un eslogan, una frase de cajón de aquellos que piensan dogmáticamente, una frase que en cualquier caso da resultados ante una comunidad académica. Un diálogo autoproclamado crítico y que disfraza el dogmatismo, como medio de expresión, idealiza la situación: desconoce al desconocido y lo que dice[1], apela siempre al orden, a las buenas costumbres; considera que todos y cada uno tienen el tiempo, la educación y las facultades para pensar lo mismo sobre lo mismo, en un supuesto de “democracia” intelectual, donde el “buen sentido es lo mejor repartido” (Cfr. Descartes. Discurso del método); considera que el capitalismo se tiene que pensar, no que cambiar; considera que los elementos que da el capitalismo para pensarse son los apropiados para pensarlo (como el temblor de la universidad con la privatización). El “pensamiento” autoproclamado crítico, que apela al diálogo, hace del desconocido de la política un conocido más, le da cara, lo señala, sin responsabilidad. Pero el desconocido es aquél por quien se mueve la política, aquél por quien opera la democracia (un ideal, en todo caso), puesto que en un sistema ideal democrático no se lucharía por derechos individuales, sino por los del abstracto y desconocido “de todos”, de aquellos que ni siquiera aún han nacido, que vienen de la oscuridad de la inexistencia (oscuridad en cualquier caso diferente a la oscuridad desde donde surge el grito del tropel (Saldarriaga. 2018)). A aquél desconocido de la política, se le llamó, en el pensamiento francés del siglo pasado, “el otro”. Si existe un diálogo crítico (y aquí consideramos que existe), no puede ser autoproclamado, tiene que ser dado por el otro, el desconocido que quizá lea tales o cuales líneas y se sienta movido a hablar, a pensar, a actuar, no necesariamente en la visibilidad, sino también en el anonimato. No hay que decir ni pensar que anonimato es sinónimo de tropel, de capucha, de máscara. El anonimato es la fuerza del desconocido que siempre está latente en cada uno, así como lo está la tendencia a la inconformidad, al pensamiento. Si se dice que el pensamiento crítico es dado por el desconocido, esto quiere decir que viene siempre de lo anónimo, pues es aquél que no conozco quien puede asumir lo mío con criterio, con crítica, con hondura; además, es necesario permanecer anónimo en una sociedad en la lo que se dice es más mortífero que lo que se hace. El anónimo posibilita el pensamiento crítico y dialógico, pues es este quien lee; si no es así, hay que pensar que el diálogo crítico solo es posible al interior de la universidad, que el pensamiento crítico solo es posible entre académicos.

No solo es necesario buscar las causas de un tropel, de una inconformidad, sino más bien prestar oído a lo que se dice, a lo que en cada caso resulta ser lo que mueve un movimiento, no para apoyarlo ni rechazarlo, sino para tomarlo en consideración y desde allí exigir. No para ordenar un desorden desde una imagen preconcebida, sino para saber que este “desorden” requiere condiciones necesarias que no pueden ser negadas, en cuanto se da como un medio de exigencia de nuevas formas de vida. No solo es necesario pensar la “cadena causal” de una injusticia expresada en tal o cual modo, también es necesario saber que existe la expresión, que la expresión no puede ser un mero efecto de una causa que viene de lejos (como lo sabía ya Kant), puesto que si así fuera, la expresión sería vana e insignificante, un mero medio. Es necesario saber que el tropel se da, que existe y que no podemos tacharlo de mera fuerza violenta, sino que debemos saber que el tropel viene del anonimato, que allí está posiblemente un familiar, un amigo, un ciudadano —tal vez yo. Pero esta solo es la contracara del movimiento de represión estatal que, debiendo tener cara, se oculta para ejercer la violencia. Ese ejercicio, el del poder estatal, no debe ser anónimo en cuanto legalidad, aunque responda también al anonimato del cualquiera (pues de él hace parte también el vecino, el conocido, el hijo —quizás yo). Tenemos que saber que el anonimato se expresa de diversos modos, pero que no son iguales. Debemos exigir a cada uno su responsabilidad.

Con esto no tomamos partido por un movimiento de derecha o izquierda, no solo por el miedo que nos embarga ante cualquier señalamiento, sino porque todo movimiento dice algo, a todo movimiento hay que exigirle algo y en cuanto movimiento político de seres humanos, hay que salvaguardarlo. Al tropel universitario hay que escucharle, no aceptarle la violencia ante la vida; pero hay que salvaguardar las vidas de aquellos que lo conforman, por más que estemos en desacuerdo con sus formas. No debemos aceptar su violencia, así como no debemos tolerar la violencia de estado (o de un para-estado). No debemos aceptar esto o aquello, hemos dicho, y aquí ya viene el lector atento, anónimo, a pensar críticamente y refutarnos tal vez con su silencio, o con una respuesta escrita o hablada. En cualquier caso, un diálogo no solo se compone de palabras, de frases, sino también de silencios.

“No debemos aceptar esto o aquello” y con ello pasamos, por la tal sociedad democrática, hacia el pensamiento de un desajuste entre lo que se da y lo que debe ser, entre lo que existe y lo que no es necesario que exista, horizonte en el que opera la política, aquella que gobierna y vela por el otro (extraña en gran medida a la política de este país). Si algo se da, existe, hay que reconocerlo como tal, esa es la necesidad del pensamiento; pero hay que saber que aquello que se da no es necesario, que podríamos mantenerlo a raya para un “bien” “común”: pensamiento político; p. ej., el pensamiento sabe que existe la desigualdad, esta, político-económicamente debe dejar de operar para lograr una sociedad más justa. Pero no hay que usar esto para aplanar el diálogo, para nivelar las diferencias que configuran la sociedad. Ponemos el ejemplo de la desigualdad, pero ¿qué pasa cuando no se trata de una “especie” de concepto? Es decir, ¿qué pasa cuando se habla de seres humanos que componen un tropel? No se pueden tomar como algo que política-económicamente haya que negar o suprimir, pues las épocas de la política donde el enemigo era el otro, donde el otro es el malo, etc., son cosas del pasado. Un pasado hipotético desde luego, pues sabemos que aún opera en nuestra sociedad. Decimos: del pasado, pues tenemos conciencia de ello, es un pasado de la conciencia; pero de una conciencia no histórica, no ilustrada, sino más bien de una conciencia que sabe que el otro existe —¡que el otro soy yo!

¿Qué queda? Tal vez una doble necesidad, una necesidad contradictoria. La necesidad de saber que algo existe pero que hay que negarle su existencia, no eliminándole, sino interrogando su origen. Una necesidad de pensar, un pensar que no sea abstracto, que no piense solo en abstractos, sino que sepa que no se puede pedir la omisión de algo que es la sociedad misma, que la expresión se encarna y esa encarnación es un ser vivo, aunque desconocido. Es decir, es una necesidad de pensar para no reincidir, para exigir, pero es un pensar que también vela y resguarda aquello de lo que la sociedad no tiene necesidad de sí misma.

Referencias

[1] Cfr. María Cristina López Bolívar (2020) http://lanzasyletras.com/que-se-necesita-para-ser-un-policia/

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