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El porvenir del socialismo. Una introducción

A principios de siglo, con la aparición de nuevos gobiernos en la región, la palabra socialismo recobró una importancia pública sin precedentes desde la década de los noventa. Habiendo pasado casi dos décadas desde aquel entonces, el socialismo sigue reclamándose como ese “otro mundo posible”, ese espacio para “ensayar nuevas respuestas para los viejos dilemas”. A continuación, presentamos la introducción de “El porvenir del socialismo”, un clásico contemporáneo de Claudio Katz.

En la última década la discusión sobre el socialismo perdió relevancia. Mientras que el análisis crítico del capitalismo se renovó en varios planos, las reflexiones sobre el proyecto de una nueva sociedad han sido escasas. El tema no está de moda en el ambiente académico, ni en los medios de comunicación y tampoco es abordado en la izquierda. Las razones de este silencio son evidentes. Primero la implosión del “socialismo real” desanimó a un vasto número de militantes e intelectuales que apostaba a la renovación de ese sistema.  Luego el giro hacia el capitalismo desalentó a los viejos defensores del “campo socialista” y también a sus críticos de izquierda. Por eso en la actualidad todos prefieren mirar hacia otro lado y a lo sumo debatir el balance de lo ocurrido, sin ninguna referencia a la reconstrucción del proyecto socialista. 

¿Pero qué sentido tiene batallar contra la opresión capitalista sin desarrollar un proyecto alternativo? ¿Qué grado de credibilidad ofrecen los cuestionamientos al presente que no incluyen opciones para el futuro? Omitiendo el socialismo el proyecto político emancipatorio pierde contenido. Por eso hay que superar la desazón política y el pesimismo intelectual, retomando la elaboración del programa de una nueva sociedad. 

Una actitud defensiva era comprensible durante la primera mitad de los 90, pero no se justifica en la actualidad. El shock creado por el colapso de la URSS no puede eternizarse en la izquierda cuándo ha perdido peso entre los ideólogos de la clase dominante y ejerce una decreciente influencia sobre la nueva generación de luchadores sociales. Este sector de militantes no participó de la experiencia del “socialismo real”, ni compartió la ilusión en la rehabilitación de esos regímenes. 

El desprestigio del neoliberalismo y la reaparición de consignas anticapitalistas en los movimientos de protesta ha creado un clima propicio para reelaborar el proyecto socialista. Pero hay que complementar la crítica del capitalismo con la formulación de alternativas, acompañando los planteos “anti” con nuevos abordajes “pro”. De lo contrario, los cuestionamientos tenderán a deslizarse hacia la resignación frente a un sistema que es rechazado, pero parece imbatible. La nueva opción no emergerá de la reivindicación nostálgica de la tradición socialista, sino de la actualización de este proyecto para el siglo XXI. 

Algunos autores descalifican esta elaboración argumentado que un escenario anticapitalista no está a la vista en un futuro próximo. ¿Pero qué distancia separa el porvenir de la realidad inmediata? ¿Cómo se mide esa temporalidad? La única forma de conectar ambos momentos es señalando los caminos para alcanzar la meta estratégica. Si se aclaran cuáles son los puentes que podrían ligar el presente con el horizonte deseado, la discusión sobre el socialismo se tornará tan realista como cualquier otro debate sobre opciones al sistema actual.  

Prefigurar el futuro concibiendo otra sociedad es una necesidad imperiosa, porque al imaginar el porvenir se amplía el horizonte de lo que puede lograrse. Las utopías adquieren así una significación positiva, ya que permiten avizorar como funcionaría una sociedad sin explotación. Estas reflexiones despiertan el interés científico por ensayar nuevas respuestas para los viejos dilemas. Para evitar la aceptación fatalista del capitalismo y superar la crítica puramente nihilista de ese sistema hay que analizar la dinámica del socialismo. Pero discutir la sociedad futura exige también erradicar las miradas ingenuas del porvenir. El socialismo no surgirá espontáneamente de un colapso terminal del capitalismo, ni creará un régimen sin contradicciones y solo afectado por las reminiscencias del pasado. La gestión poscapitalista no será una tarea sencilla y algunas disyuntivas de esa administración ya pueden analizarse hoy, partiendo de las experiencias ensayadas durante el siglo XX. 

Algunos autores rehúyen esta revisión suponiendo que los nuevos intentos de superar al capitalismo recorrerán senderos totalmente inexplorados. Pero al desconectar el proyecto socialista de sus antecedentes, eluden los problemas reales e ignoran -que en nuevas condiciones y circunstancias- las viejas dificultades de la apuesta emancipatoria volverán a emerger. Por eso resulta decisivo aprender de lo ocurrido y renovar el proyecto socialista a partir de una reflexión de sus propios problemas. 

El debate sobre el socialismo no es coyuntural. Forma parte de una agenda permanente de discusiones sobre los principios y objetivos de la izquierda. Pero en la actualidad este abordaje se plantea de un modo completamente diferente a los análisis predominantes durante los años setenta y ochenta. Durante ese período la referencia de aplicación de cualquier modelo eran la URSS, Europa Oriental o China. Esta opción ha desaparecido o se encuentra en vías de extinción y cualquier replanteo del socialismo exige reconocer la vigencia de estas nuevas condiciones capitalistas. Este es el punto de partida de nuestro enfoque. 

¿Cómo abordar actualmente el problema del socialismo? ¿De qué forma se plantea este horizonte? En los cinco capítulos del texto se indagan distintos aspectos del pasado y del provenir de este proyecto. 

En el primer ensayoanalizamos los tres grandes procesos históricos de construcción de una sociedad igualitaria: el comunismo, el socialismo y la transición. La meta comunista constituye el norte estratégico de los marxistas frente a los propósitos mercantiles de los liberales, los programas de regulación económica de los antiliberales y los mitos redentores de los fundamentalistas. 

En nuestra opinión los obstáculos para erigir una sociedad comunista no son antropológicos, sino políticos, sociales e ideológicos. Si se lograra remover estas barreras quedaría abierto el camino para erradicar las formas de explotación dominantes. El comunismo no puede germinar al interior del capitalismo porque la concurrencia por la ganancia sofoca el desenvolvimiento de las formas cooperativas y solidarias de trabajo. Un futuro comunista es posible, pero no presentaría las sencillas características que numerosos autores imaginaron en los últimos 150 años. El funcionamiento de esa sociedad sería mucho más complejo que una simple “administración de las cosas”. 

El período socialista que anticiparía el comunismo debería caracterizarse por un proceso dual de expansión de la propiedad pública y de avance de la gestión popular. Los fundamentos objetivos de esta socialización ya son perceptibles en las tendencias de la economía contemporánea hacia la centralización productiva. Pero el socialismo conformaría una forma avanzada de autoadministración de la población, radicalmente opuesta a la “economía mixta” que actualmente controlan los empresarios. Por esta razón no se desenvolvería masificando la distribución de acciones entre los ciudadanos, sino introduciendo conquistas sociales que contribuyan al surgimiento de un “hombre nuevo”. 

Este objetivo –que constituye el pilar ético de un proyecto socialista- complementa el cimiento científico de este programa. 

El avance de la mundialización refuerza el carácter global de esta propuesta, pero también confirma que el debut del socialismo sería un proceso muy variado y dependiente de las condiciones específicas en cada país. Por eso es tan importante analizar el período de transición que permitiría en los países periféricos crear las premisas económicas y sociales de esta alternativa. La dimensión de las crisis y la polarización imperialista podrían empujar a esas naciones a liderar la introducción de medidas anticapitalistas, repitiendo una secuencia ya observada durante el siglo XX. Pero el desarrollo de este cambio exigiría combinar el plan con el mercado durante una etapa inaugural. Por este camino se tornaría factible la construcción de la nueva sociedad en las regiones subdesarrolladas. 

En ese período intermedio la gestión de los sectores estratégicos de la economía debería quedar sujeto a procedimientos de planificación centralizados y descentralizados.  El radio de acción mercantil quedaría acotado, pero abarcaría a numerosas ramas aún inmaduras para la socialización. En cualquier opción resultaría esencial desenvolver una democracia real (y no el formalismo constitucional predominante) para que esta transformación pueda progresar. La democracia genuina es el único mecanismo viable para corregir los errores, facilitar la participación popular y asegurar la discusión de alternativas. 

El segundo ensayo presenta un balance del “socialismo real”, discute la naturaleza de esos regímenes y evalúa en qué punto se encuentra el tránsito hacia el capitalismo en esas regiones. Se describen los elementos de transformación revolucionaria que estuvieron presentes en varias circunstancias y se retrata también como esos rasgos fueron sofocados por el despotismo burocrático. En nuestra opinión el denominado “sistema comunista” nunca alcanzó siquiera el estadio previo del socialismo, pero tampoco estuvo caracterizado por la vigencia del “capitalismo de estado”. Las relaciones mercantiles y salariales se desenvolvían en esos países, en un cuadro de ausencia de propiedad privada de los medios de producción que impedía la acumulación sostenida de capital. 

Partiendo de esta caracterización retomamos la vieja discusión sobre el carácter de la URSS y destacamos porqué la adecuada noción inicial de “estado obrero burocratizado” quedó desactualizada. Ese concepto ignoraba la consolidación de una capa explotadora, sobredimensionaba los atributos de la planificación y subvaloraba la regresión de la conciencia socialista. Esos regímenes constituían en realidad “formaciones burocráticas”, corroídas por crecientes desequilibrios internos. Aunque la discusión sobre estos sistemas ya no suscita el interés de otra época, la revisión de este problema es vital para clarificar la naturaleza del capitalismo y del socialismo.

Esta indagación permite analizar a la restauración en curso en el ex “bloque socialista” como un proceso dual de avance objetivo de la propiedad privada y aceptación subjetiva del capitalismo. Esta dinámica –que es consecuencia de la frustración provocada por los reiterados fracasos de renovar el viejo régimen- ha dado lugar a un proceso muy desigual de implantación del capitalismo en cada país. Evaluamos este aspecto recurriendo a varios criterios centrados en el rumbo del poder político, el peso de las nuevas clases dominantes, el tipo de coordinación económica y las formas de la crisis.  

Utilizando este enfoque investigamos cómo se ha reimplantado el capitalismo en Rusia de manera incompleta y en un cuadro de regresión social y carencia de legitimidad política. Con esta transformación se ha instaurado un “régimen rentístico y predatorio” que augura una perspectiva periférico-dependiente para el país. En cambio, el pasaje al capitalismo en China se desenvuelve por otra vía, a través de su promoción “desde arriba”.

por un régimen que todavía se autodenomina socialista. Es muy controvertido definir en qué punto se encuentra esta involución porque los desequilibrios regionales, sociales y agrarios que emergen de la acumulación privada amenazan la continuidad de este proceso.  En nuestra opinión el contraste entre la caótica situación rusa y la controlada reconversión china no obedece a intereses diferentes de las elites dominantes, ni a distintos grados de resistencia popular. Es la vigencia de marcos económicos y estrategias políticas disímiles lo que explica ese contrapunto.  

También analizamos porqué la restauración se encuentra ya concluida en Alemania, aunque es incierto si el costo económico justificará en el futuro la anexión de la ex RDA. El avance del capitalismo se sostiene en Hungría, Polonia y la República Checa en la expectativa popular de acceder al nivel de vida predominante en Occidente. Pero esta ilusión es utilizada para apuntalar el proyecto imperialista forjar una “Europa potencia” atropellando las conquistas sociales en el viejo continente. Por eso en las regiones más periféricas de Europa, la restauración se impone directamente a través de la violencia y la desintegración social. 

Por último, estimamos que la implantación del capitalismo se encuentra frenada en Cuba porque en la isla prevalece una decisión colectiva de mantener la independencia nacional y las conquistas sociales. Este resultado constituye una verdadera hazaña, pero no zanja la perspectiva del país. La disyuntiva entre la restauración enmascarada o autoritaria y la renovación socialista se mantiene pendiente. 

El tercer ensayo indaga los modelos de transición socialista debatidos en el pasado y replanteados en la actualidad. La principal referencia de este análisis es la controversia que se desenvolvió en la naciente Unión Soviética para definir una estrategia económica que combinara saltos en la producción con el mejoramiento del nivel de vida. Pensamos que Bujarin y Preobrazhensky plantearon dos opciones compatibles para lograr ese “crecimiento balanceado” y que Trotsky sugirió una síntesis, que podría servir de base para la superación futura de las deformaciones padecidas en el “socialismo real”. 

En este capítulo analizamos los problemas de la gestión burocrática centralizada y  los desajustes creados por la búsqueda de metas cuantitativas, en desmedro de la eficiencia  y del equilibrio entre la inversión y el consumo. En la URSS se registraron los defectos más  extremos de este modelo, cuya enfermedad de origen fue la eliminación anticipada del  mercado. Entendemos que es equivocado atribuir el fracaso de la planificación compulsiva  a las ventajas militares del imperialismo o al subdesarrollo de la informática, omitiendo las  nefastas consecuencias de la gestión burocrática y el despotismo político.  

El modelo descentralizado —lejos de corregir estas distorsiones— preparó la reconversión de la burocracia en clase propietaria. A este resultado condujo la ausencia de control popular sobre la administración autónoma de las empresas. Para ilustrar esas consecuencias detallamos tres casos. Primero estudiamos la autogestión yugoslava, que fracasó porque extendió la rivalidad comercial privada a las empresas públicas e introdujo una asfixiante competencia entre los trabajadores. En segundo lugar, analizamos las reformas en Hungría, que en vez de acotar la expansión mercantil al ámbito privado simulaban el mercado en el sector estatal y abandonaron el objetivo de la socialización.  Finalmente evaluamos la “Perestroika”, que a diferencia del pasado no fracasó por la oposición de la Nomenklatura central, sino por la inclinación capitalista de todas las fracciones de la burocracia. Este giro apropiador del sector social que impulsaba las reformas determinó el fin de esos ensayos en todo el Este Europeo.

El balance de estas experiencias es vital para replantear modelos futuros de socialismo. En nuestra opinión corresponde suponer que la transición en la periferia que podría acortarse con logros estratégicos del proyecto socialista en las naciones avanzadas.  Pero en ausencia de esas transformaciones anticapitalistas globales, un período intermedio resultaría necesario en las regiones subdesarrolladas para acelerar el crecimiento. Esa etapa debería incluir el uso parcial del mercado, cuya acción no se identifica con el capitalismo.  Durante la transición habría que compatibilizar también la preservación acotada de la acción mercantil con una batalla estratégica contra todas las formas de alineación. 

Por otra parte, nuestra reflexión aborda la revisión del modelo libertario -que aporta incitantes argumentos a favor de una sociedad igualitaria- pero ignora los pasos requeridos para alcanzar ese objetivo. En este terreno se sitúa también la evaluación del rol que podrían cumplir las cooperativas en un proyecto emancipatorio. En nuestra opinión, las metas colectivistas de estas asociaciones enfrentan bajo el capitalismo el insalvable obstáculo de la concurrencia. Por eso el florecimiento de la “economía solidaria” requiere la vigencia de un sistema de planificación democrática. 

En nuestro balance de lo ocurrido en la década pasada asignamos gran importancia a las circunstancias políticas de ese período, tanto en el plano internacional (ascenso neoliberal, crisis de la izquierda occidental) como regional (asimilación de la burocracia al capitalismo, destrucción de las expectativas igualitaristas en el Este). Estos procesos fueron determinantes de la restauración y por eso el cambio de estas condiciones inaugura un nuevo horizonte para el socialismo. 

El cuarto ensayo aborda ciertos problemas teóricos, indagando inicialmente la pertinencia de una disciplina económica para investigar la transición al socialismo.  Destacamos porqué esta teoría es necesaria para afrontar las disyuntivas de la planificación y también explicamos cuáles son sus diferencias con una “economía política del socialismo”. Señalamos que su objeto de estudio son los problemas previos a la maduración poscapitalista y que solo en una etapa posterior -cuándo la disolución de las relaciones mercantiles transparente la vida social- las categorías de la economía política se tornarían prescindibles.  

Partiendo de estas aclaraciones investigamos los tres problemas clásicos de la economía planificada: el cálculo, el estímulo y la innovación. Analizamos porqué la discusión del primer tema debió referirse al capitalismo y no al mercado y describimos como la objeción neoclásica fue refutada demostrando que un planificador puede imitar eficientemente la formación mercantil de los precios. Pero también puntualizamos los equívocos que genera la aplicación de este razonamiento a una gestión planificada, especialmente cuándo se sustenta este análisis en la vigencia de la ley del valor.  Destacamos que el cuestionamiento de las fantasías neoclásicas puede realizarse sin reivindicar como alternativa el manejo burocrático vigente en la ex URSS. En nuestra opinión, el cálculo planificado fue distorsionado por una administración compulsiva y esta deformación no podía corregirse perfeccionando el equipamiento informático. La eficacia del plan requiere el control democrático y la participación popular. 

Por otra parte, debatimos la propuesta de utilizar los bonos de trabajo, destacando que su aplicación en la maduración socialista contribuiría a la desalienación mercantil. Pero entendemos que la introducción prematura de esos certificados solo transparentaría una situación de racionamiento. Un modelo de transición podría igualmente incluir cierto sistema de cálculo dual —en términos contables y de mercado— para contrarrestar la manipulación burocrática y garantizar que los precios administrados reflejen la realidad de los costos. 

En nuestro repaso del tema de los incentivos recordamos que los neoclásicos objetaron la falta de estímulos en una economía planificada, pero ignoraron el efecto de este mismo problema sobre las corporaciones capitalistas. En su reivindicación actual del incentivo mercantil desconocen el carácter relativo de la escasez y la posibilidad de instrumentar una provisión gratuita de ciertos bienes básicos. Por el contrario, en nuestro texto describimos como la extensión de los estímulos morales contribuiría a superar el individualismo competitivo en un futuro socialista. Sabiendo que solo el avance del bienestar permitiría prescindir por completo del estímulo pecuniario, promovemos el desarrollo de la conciencia igualitarista. 

Finalmente, al analizar el problema del cambio tecnológico señalamos que la ortodoxia cuestiona la capacidad innovadora de la planificación, pero restringiendo esta facultad a los capitalistas. Por eso desconocen la existencia de impulsos a la invención desconectados de la rentabilidad e ignoran también la posibilidad de ensayar un esquema de “negociación coordinada” de la innovación, que combine estímulos específicos con reconocimientos sociales. Al retomar esta última propuesta, retratamos como el despotismo centralista, la autarquía económica y la competencia con Estados Unidos distorsionaron las prioridades de la innovación en la URSS.  

En el quinto ensayo explicamos porqué el proyecto socialista requiere suplantar el sistema político actual —al servicio de las clases dominantes— por un régimen de efectiva soberanía popular. Esta conclusión surge de cuestionar la presentación de la democracia capitalista como un procedimiento neutral o como un instrumento de extensión de los derechos ciudadanos. Ese sistema reproduce la supremacía de la burguesía y por eso neutraliza las conquistas populares, distorsiona el sufragio universal y sufre un vaciamiento derivado de la pérdida de gravitación de la ciudadanía frente a la elite burocrática gobernante. A medida que la acumulación divorcia el universo político de la esfera económica decrece la influencia del status cívico sobre la posición social de los individuos. Esta fractura socava la credibilidad del sistema constitucional en los países centrales y acentúa su crisis en las naciones periféricas. 

En este capítulo también ilustramos cómo la obtención de los derechos cívicos históricamente motorizó las demandas sociales. También destacamos la tensión que opone al capitalismo con la democracia plena y señalamos que en los momentos de intensificación de la lucha de clases se verifica que el régimen constitucional no conduce a la “humanización del capital”. Objetamos aquí la resignación o adaptación socialdemócrata al curso neoliberal, pero subrayando la importancia de valorar las conquistas democráticas.  Destacamos que las interpretaciones puramente instrumentales de la dominación burguesa impiden percibir la proyección socialista de los logros populares. 

En nuestra opinión, la función de la democracia socialista sería crear las instituciones que pavimenten un salto hacia el comunismo. Este proyecto debería tener alcance mundial y comenzaría a materializarse a medida que el despotismo imperialista sea reemplazado por relaciones equitativas entre los países. 

La nueva democracia genuina debería incluir formas directas e indirectas para ensamblar la ciudadanía social con la emancipación política. Supondría la vigencia de mecanismos de participación, representación y control popular, que permitan combinar la democracia en el lugar de trabajo con la adopción de las decisiones de interés general a través del sufragio.

En este apartado también analizamos porqué el sistema piramidal de partido único bloquea el avance del socialismo. Esta modalidad favoreció en la ex URSS a las capas privilegiadas, constituyó en Europa Oriental una implantación externa y facilita actualmente en China el tránsito hacia el capitalismo. Partiendo de estas experiencias entendemos que la democracia socialista requiere la vigencia del multipartidismo. Esta necesidad deriva del carácter heterogéneo de las clases que participan en una transformación anticapitalista y de la existencia de etapas de ascenso y repliegue de la intervención popular. Al analizar las peculiaridades del modelo cubano, subrayamos la elevada legitimidad de las instituciones de la revolución, pero destacamos que la regimentación oficial obstaculiza la vigencia de una democracia plena. Entendemos que las tradiciones antiimperialistas o la prioridad de introducir avances sociales no justifican esas limitaciones. 

También revisamos las discusiones sobre la dictadura del proletariado. Aquí entendemos que este concepto alude a la supremacía social de la mayoría popular sobre las viejas minorías privilegiadas, pero no define cuál es el régimen político más adecuado para una transición al socialismo. Consideramos que el proyecto consejista no es viable en la sociedad contemporánea porque se apoya exclusivamente en la democracia directa y pensamos que es legítimo recurrir a un “régimen de excepción” para hacer frente a las conspiraciones reaccionarias. Pero se debe tomar en cuenta el carácter indeseable de esta opción y su consiguiente validez puramente transitoria. Este rechazo al ejercicio de un poder tiránico no implica postular la rendición frente a las clases opresoras. 

Finalmente señalamos que el modelo libertario basado en la democracia directa contempla el protagonismo popular, pero ignora que la representatividad de los organismos autogestionados declina junto al repliegue de la movilización. Además, no reconoce la conveniencia de cierta estabilidad de los funcionarios, ni la necesidad de formas indirectas de democracia para diseñar colectivamente un plan económico. Olvida que un largo proceso de socialización resulta indispensable para eliminar toda forma de opresión estatal. 

En nuestra síntesis destacamos que la democracia socialista debería asimilar las experiencias del consejismo, la democracia directa y las formas representativas para facilitar un avance conjunto de la igualdad política y social. 

En las conclusiones del libro presentamos un epílogoque ilustra como la elaboración de autores marxistas provenientes de distintas tradiciones está contribuyendo a concebir un nuevo modelo de transición socialista. Este programa no figura aún en la agenda de la nueva generación de luchadores que emerge junto a los renovados cuestionamientos del capitalismo. Pero es una perspectiva que despunta en varios escenarios nacionales y del “movimiento por otra mundialización”. 

Es probable que el lector perciba que en este libro se han soslayado ciertos temas esenciales del proyecto socialista. En dos planos esta omisión es voluntaria: el diagnóstico de la situación actual del capitalismo y la estrategia política de sustitución de este sistema. Hemos dejado de lado el primer aspecto porque ha sido tratado en varios textos recientes1 y esperamos abordar próximamente el segundo problema.

Las reflexiones sobre el socialismo desarrolladas en este libro recogen las elaboraciones sobre el tema que realizaron muchos autores. En las notas de cada capítulo está presente mi reconocimiento hacia estas contribuciones. Pero, además, debo agradecer a quiénes leyeron y comentaron las versiones originales de este texto permitiendo su posterior reelaboración. En este terreno fueron esenciales los aportes de Mauricio Turkieh, Julio Fabris, Adrián Piva, Guillermo Gigliani, Jorge Marchini, Aldo Romero y Juan Carlos Venturini. 

En el texto que presentamos hemos optado por indagar qué es el socialismo y cómo podría desenvolverse en el futuro. Elegimos este tema porque nos pareció indispensable clarificar esta perspectiva antes de discutir los caminos para alcanzar esa meta. En nuestra opinión, debatir cómo podría funcionar una sociedad crecientemente igualitaria constituye una reflexión prioritaria luego de la traumática experiencia registrada en el “socialismo real”.  

Muchos simpatizantes de la causa emancipatoria se preguntan si ese proyecto anticapitalista es realizable. Esperamos que los argumentos expuestos en estos cinco ensayos contribuyan a esclarecer que ese objetivo conveniente es también alcanzable. Para que “otro mundo sea posible” el socialismo es necesario. 

Abril de 2004.

  1. Un panorama de esta elaboración puede consultarse en: Katz Claudio. “Capitalismo contemporáneo: etapa, fase y crisis”. Ensayos de Economía, Facultad de Ciencias Humanas y Económicas, vol. 13, n 22, 2003, Medellín, Colombia y Katz Claudio. “El imperialismo del siglo XXI”. Desde los Cuatro Puntos, n 48, enero 2003, México.