Las neas en pie lucha

Pasan los meses y las imágenes del último gran paro en el país siguen retumbando en la consciencia nacional. Aún no dejamos de hablar de la Primera Línea, de los tropeles y de esos meses de florecimiento popular. Las siguientes líneas son, además de unas convulsionadas memorias del paro, una radiografía que nos ilumina el presente. [Foto de portada: Teophot].

El lugar que hoy habito

Hace unos años presenciaba y participaba de los tropeles de una forma muy distinta a la de hoy. Algunas veces tuve entre las manos distintos artefactos para canalizar la indignación, pero la mayoría de las ocasiones anduve con una cámara en la mano. Al ESMAD lo he intentado retratar hace un buen tiempo, me lo he encontrado de frente muchísimas veces y tengo en mi memoria la imagen precisa del momento en que empecé a odiarlos: fue en el desalojo de La Cruz, un barrio en la parte alta de la ladera nororiental de la ciudad de Medellín, un 26 de abril de 2012. Ese día, mientras tumbaban las casas de madera, una señora estaba hirviendo una aguapanela en un fogón de leña cuando un agente del ESMAD tumbó la olla del fogón de una patada. Ella, con indignación, le gritó al policía: “¡¿Qué tiene que ver el desayuno de mis hijos con el desalojo?! ¡No sea hijueputa!”.

En mis múltiples encuentros con el ESMAD en los tropeles aprendí a moverme, a leerlos, a saber qué tipo de actores estaban enfrentándose, cuáles eran sus estéticas, sus tácticas, su simbología. También aprendí a saber cuándo podía avanzar a tomar una foto o tirar una piedra, a sentir cuándo era el momento de huir porque las cosas se ponían feas. Aprendí a oler dónde estaban los tombos infiltrados, y por eso puedo decir —sin el temor a equivocarme— que es distinto lo que se vivió en las calles de Medellín y de Colombia durante el más reciente Paro Nacional: los sujetos que hoy confrontan a la fuerza pública son otro universo distinto al que yo conocí años atrás.

En la Universidad lo primero que se podía advertir era que los capuchos estaban organizados por combos. Se podían diferenciar por sus posturas ideológicas, por su discurso político de izquierda, por la forma y el color de la capucha, incluso, por el sonido de la pólvora uno podía saber quiénes estaban tropeleando. Pero ahora es todo lo contrario, empezando por el escenario de disputa: la pelea es totalmente callejera, no hay rejas que protegen a los manifestantes, la forma en la que se cubren la cara no es muy sofisticada y menos los artefactos que utilizan. La mayoría de veces las armas de los protestantes son piedras, palos y la energía para resistir confrontaciones de largo aliento. Espacio y tiempo son ahora diferentes.

Hoy, seis años después de haberme graduado, trabajo para la Alcaldía de Medellín y me veo envuelto en una serie de preguntas sobre la militancia política, sobre el cuidado de la vida y responsabilidad de las acciones en el contienda política. Quizás por eso es que deseo ver las dinámicas de la confrontación callejera desde un lugar claramente distinto al de hace unos años, desde el cual trataré de hacer una lectura etnográfica de lo que vi en esos tres meses de Paro Nacional.

Son muchas las cosas que me llamaron la atención de ese paro: las expresiones culturales que aglutinaron, la capacidad creativa de los sujetos que lo conformaron, ver a las putas y las maricas en la contienda, la diversidad sonora de las marchas, el nivel de acogida y legitimidad social de la protesta… Pero lo que más me sorprendió e impactó fue el combate que se estaba librando en la calles de Colombia entre unos jóvenes —a quienes se les ha negado el derecho de soñar—, contra una fuerza pública armada, cruel e indolente hasta el exceso.

Cronología de un combate cultural

Como un hito fundamental para entender el estallido social que presenciamos, ubico al 29 de noviembre del 2019, el famoso 29N, día del Paro Nacional. Aquel día, después de una marcha gigantesca que terminó en una gran jornada de ocio colectivo en lo alrededores del Parque de los Deseos en Medellín, y mientras muchos jóvenes jugaban microfútbol en la calle Barranquilla, fuimos fuertemente reprimidos por el ESMAD. Como la Universidad ese día estaba cerrada, el tropel se concentró en las calles. Los días siguientes fueron iguales: una serie de tropeles universitarios intentaron tomar la calle Barranquilla. En una de estas confrontaciones murió Julián Andrés Orrego, un capucho que fue arrollado por una moto. El impacto con la moto hizo que se estallaran los explosivos que llevaba consigo.

Después de la muerte de Julián —al menos en mi recuerdo—, no se dieron más tropeles hasta el 20 de febrero del 2020, donde la batalla tuvo como escenario las instalaciones de la Universidad de Antioquia y fue reprimida con excesos por la administración del alcalde Quintero, quien se atrevió a dar la orden de entrar con toda la rudeza al interior del recinto, el Alma Mater que lo vio crecer.

La indignación creció. Si hay un código importante en nuestra sociedad y en nuestros barrios, es que con la familia y el rancho (la casa) nadie se mete. Cada que veo al ESMAD dentro de la Universidad siento lo mismo que sentí en aquel desalojo de La Cruz, o las veces que la policía allanó mi casa, o lo que pudo sentir Allison Meléndez en Popayán, cuando las manos sucias de los agentes de la policía entraron a lo más íntimo de su cuerpo, esa casa, ese territorio primigenio.

La siguiente confrontación icónica entre el ESMAD y los manifestantes en Medellín fue el 21 de septiembre de 2020, tras casi siete meses de encierro por la pandemia. Ese día los manifestantes alcanzaron a incendiar una habitación de la estación de policía de la Avenida Oriental, cosa nunca vista en Medellín, ni siquiera en un primero de mayo. Esa noche los manifestantes querían dañar cuanto cajero se encontraban en el camino, y justo cuando estaban destruyendo la sucursal del banco Caja Social, también en la Avenida Oriental, la tanqueta con la Venom encima entró en acción. Era la primera vez que la veía en la calle. Antes, solo la había visto en la Universidad, disparando muchos gases y aturdidoras al tiempo. Esa noche también la Venom hizo sentir su terror.

En medio de las manifestaciones del 2021, que iniciaron el 28 de abril, ese fenómeno de tropel callejero que venía creciendo estalló con más fuerza en varias partes del país. Si bien en Colombia se venía hablando de la Primera Línea a raíz de las protestas en Chile, y tras el asesinato de Dylan Cruz en Bogotá, en noviembre 2019, fue casi dos años después, que la Primera Línea se consolidó como un nuevo actor.

Ver en acción a la Primera Línea Medellín me ha llevado a preguntarme cuáles son las y los sujetos que están peleando en las calles. Sin duda se trata de un actor violento que nos interpela con palabras como las que me dijo un joven de la Primera Línea el 12 de mayo en el Parque de la Resistencia: “cucho, nosotros nos paramos duro por nuestro futuro, también tenemos derecho a existir en este mundo”. Su expresión me hizo pensar que el tropel, como lo conocíamos en la Universidad, ya no existe más. Hoy el tropel es el sonido amplificado de las entrañas de las comunas pobres de Medellín, es el hambre pura y real la que clama en las calles de mi ciudad por posibilidades reales para vivir con dignidad.

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El 28 de abril del 2021 el ESMAD desafío a duelo a los manifestantes. Ese día la cita fue temprano. Se empezaron a organizar múltiples marchas hacia el norte de la ciudad, se juntaron varias de ellas cerca a la Universidad Nacional, y de allí marcharon a recoger otra concentración que esperaba en el Parque de Luces, para juntas seguir hacia el Poblado. Mientras unos jóvenes dañaban las cámaras de fotomultas en la Avenida San Juan e intentaban ingresar al Centro Administrativo Municipal (CAM), cosa que de nuevo ninguna otra marcha había intentado, el ESMAD intervino con una cantidad impresionante de aturdidoras y gases. Igual, la gente seguía ahí firme, indignada y furiosa. La energía era tanta ese día, que aun con tropel a bordo, la gente se volvió a organizar como pudo y siguió su rumbo hacia el Parque del Poblado, donde al final de la tarde el ESMAD desalojó el lugar con atropellos y fuerza desmedida.

Lo que hizo el ESMAD ese día fue carear a la gente. Hizo una demostración del carácter que en adelante tendría la pelea. Los jóvenes decidieron asumirla, dejando claro también el arrojo en su lucha, que hasta la fecha no ha desvanecido.

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El 1 Mayo le vi a los ojos a la bestia. En una mirada se reconoce la maldad, la sevicia y el placer de matar. Yo crecí en medio de esas miradas, hombres que disfrutan con el sufrimiento ajeno. Y aunque eran los ojos de los policías, era también la mirada podrida del Estado colombiano la que nos miraba.

Ese primero de mayo vimos a unos jóvenes torturados en el sótano de la Gobernación. Uno de ellos temblaba sin parar, estaba muy aporreado. Yo, sin saber mucho de medicina, tenía la certeza de que ese joven había entrado en estado de pánico. Tan triste era su gesto que un colega me susurró con el mismo espanto que yo tenía: “Negro, qué impresión ese pelao, ¿no?”.

En ese mismo estado había presenciado minutos antes a una funcionaria de la Personería, quien después de una arremetida del ESMAD, a la altura del Parque San Antonio, se abalanzó sobre mí, y agarrada a mi brazo gemía: “¡Nos van a matar!, ¡nos van a matar!”. Yo, sin saber muy bien qué hacer, subí con ella hacia el centro comercial el Punto de la Oriental, ahí la policía tenía todo cubierto con vallas para evitar el paso de los manifestantes. Me acerqué a una de las esquinas donde habían unos policías, y muy formal le dije: “señor agente déjeme cruzar con esta mujer por aquí, miré como esta, yo la llevo a la Clínica Soma”. Su respuesta fue bastante contundente: “ella sí pasa porque es Personería, usted no puede pasar”. Allí mí carné de funcionario de la Alcaldía no sirvió de nada.

Después de semejante palabras me di vuelta e intenté buscar salida hacia los lados de la Alcaldía, pero era imposible, el ESMAD no estaba dejando pasar a absolutamente a nadie para esos lados, en ese momento vi que llevaban a una joven con una gran inflamación al lado derecho del rostro, también por un golpe de gas en la cara.

Mientras subían a la ambulancia a un joven que no sentía los pies de la cantidad de golpes que recibió en la espalda, me senté un rato a hablar con uno de los pelados que tenían ahí detenidos. Él tenía una herida grande en la cabeza, pero según los paramédicos no era de gravedad y podía esperar un poco más. Alcanzó a decirme que el joven paranoico que habían sacado en ambulancia, entró en ese estado cuando el policía que lo arrestó le puso una granada en el pecho para que se dejara conducir. En cambio él había sido capturado por un policía infiltrado, “de repente alguien de la misma marcha me trajo con los tombos”, me dijo. También me contó que un policía les pegaba en el estómago, mientras los demás les gritaban: “ratas, gamines, ustedes no sirven para nada”.

Más tarde fuimos a dar una vuelta y ver cómo había quedado el centro de Medellín. Más allá de los daños y la apariencia solemne de posguerra, me sorprendió el alcance y margen de acción de la confrontación, tanto así que terminamos en el Parque de los Deseos —renombrado Parque de la Resistencia—, pues los manifestantes habían dañado la Unidad Permanente de Justicia (UPJ).

Lo más triste de ese día fue saber que esa bestia uniformada sabía a la perfección que no estaba tratando con un actor armado, y aún así lo trató como tal. Ese Primero de Mayo la represión fue tan tremenda que si no hubiera sido por la Alcaldía de Medellín, los organismos de DDHH y los procesos de comunicación alternativa, la tragedia hubiera sido incalculable.

Nariño está de caza1

El 5 de mayo, después de una marcha bastante emotiva y gigantesca que logró atravesar algunos barrios del zona noroccidental de la ciudad, llegamos nuevamente al recién nombrado Parque de la Resistencia. Esa tarde se respiraba mucha dignidad y unas ganas las hijueputas de pelear, y así fue. A eso de las 5:30 p. m. la Primera Línea se dispuso a bloquear la calle Barranquilla y a su paso caían semáforos y señales de tránsito, y de una forma extraña esa tarde noche incendiaron la estación Universidad del Metroplus. De la Alcaldía nos sugirieron que no nos fuéramos del lugar, que estuviéramos cerca por si alguna cosa grave pasaba, una hora después de iniciado el tropel a nuestra coordinadora le entró una llamada del Proceso Social de Garantías (PSG), el ESMAD estaba intimidando el puesto de APH y tenía retenidos unos defensores de DD. HH. en la estación de servicio Texaco, ubicada en Avenida Carabobo y la calle 68. Fue en ese momento cuando entramos a la zona de confrontación, nuestra sorpresa fue enorme al ver que los y las estudiantes de medicina habían montado un hospital de guerra en los corredores de la lavandería de la Universidad de Antioquia, esa noche presenciamos desde el corazón mismo de la pelea la fuerza desmedida del ESMAD y el aguante de los jóvenes. Pero fue una noche de terror.

Jóvenes sin ojos, con heridas graves en sus rostros y extremidades. Vimos como el ESMAD golpeaba a un joven con síndrome de down que estaba comiendo con su madre en una panadería, eso no tiene explicación alguna, eso tristemente reafirma que los policías no razonan, son animales sin control. Nuestra labor esa noche fue rodear los puestos de APH y mantener las manos levantadas para que el ESMAD no atacara estos lugares. Sin temor a equivocarme, creo que es de las acciones más humillantes que he vivido, fue rogarle a la fuerza bruta del Estado colombiano que no nos atacara. Pero a ellos no les importaba que allí solo estuviéramos defensores de DD. HH., APH, funcionarios y heridos, pasaron por encima de nosotres destruyendo todo a su paso y convirtiendo el puesto de salud en un campo de batalla.

Fueron pasando las semanas y el resto de tropeles fueron muy similares. Heridos a granel, semáforos dañados, fotomultas destruidas, gases vencidos, gente corriendo por todas partes, bloqueos de calles principales por algunas horas, una policía cada día más terca, medio sorda y que de manera sistemática lograba que el tropel se trasladaba hacia el sector de Moravia donde los manifestantes eran acorralados por el combo del barrio y la policía, obligando a que estos se disolvieran o se enfrentarán con el combo. Los tropeles, especialmente los nocturnos, parecían como si desde la Casa de Nariño le hubieran dado la orden a la policía de salir a cazar, es bastante lamentable ver como la fuerza pública disfruta generando terror y persiguiendo jóvenes como si fueran trofeos para colgar.

También hay que decir que vimos una Primera Línea bastante inentendible y desconcertante. Por ejemplo, el 12 mayo en inmediaciones del Parque de la Resistencia, entre ellos se peleaban a cuchillo, que días antes habían discutido con la Guardia Indígena porque esta no quería tropeliar, que meten mucho perico, pepas e ingieren mucho licor, que se creen los dueños de la marchas, pues a todo aquel que ven haciendo algo indebido le pegan la pela; pero también vimos cómo el aguante va en aumento, como se organizaron hasta el punto de hablar de una sola Primera Línea Valle de Aburrá, en definitiva vimos el progreso táctico a la hora de pelear.

Fueron tantos los avances de la Primera Línea que el 28 de Mayo, en la celebración del mes del paro, en el bulevar Libertadores de América, entre la Calle 47D y la Av San Juan, habían fácilmente unas dos mil personas encapuchadas. Yo creo que desde los años más violentos de las Barras Bravas no veía una turba de tal magnitud, ese día el ESMAD tuvo que retroceder en varias ocasiones, no fueron capaces de contener la fiesta que habían armado los manifestantes por estar de meses, tanto fue el descontrol que al ESMAD le llegaron ayudas de civiles armados.

Al momento de escribir este relato puedo decir que el último tropel que presencié fue el del 9 de Junio. Ese día fue bastante especial, se conmemoraba el día del estudiante combativo y, como era de esperarse, la marcha terminó en inmediaciones de la Universidad de Antioquia, donde los y las marchantes bloquearon la calle Barranquilla. En una actitud desafiante hicieron lo impensable para que el ESMAD llegará a su encuentro, intentaron incendiar el Centro Comercial Aventura, y el ESMAD ni corto ni perezoso realizó una intervención tácticamente perfecta, entre un tres tanquetas, un par de cuadrillas de agentes y un uso correcto de los gases, lograron disolver la concentración, pero al igual que en los tropeles anteriores la confrontación se trasladó al sector de Moravia, es aquí donde viene lo especial de la jornada, por primera vez en vez en 43 días de paro, logré entrar hasta Moravia a ver qué era lo que allí pasaba, si bien ya había escuchado que desde el tropel del 4 de junio las cosas en Moravia habían cambiado y que la actitud de sus habitante era menos hostil con los manifestantes, fue igualmente sorprendente ver que esa noche lo que ocurrió fue una especie de abrazo del barrio a los manifestantes, si bien la gente estaba bastante gaseada y cansada de que siempre los tropeles terminaran afuera de sus casas, esa noche, creo yo entendieron que los y las peladas que están peleando son los mismo jóvenes del barrio, que tropelear ahí garantiza que los manifestantes puedan tener un lugar para la retaguardia, y que como en sus mejores años de beligerancia, Moravia resistía con dignidad, debo decir que esa noche el ESMAD actuó bajo el protocolo establecido, pues en Colombia estaba haciendo presencia una pequeña comisión de CIDH.

Pensamientos desordenados en un momento de convulsión nacional

Definitivamente a uno se le desordenan los pensamientos y las sensaciones con lo que pasó. Un desbordamiento de la ira y la rabia contenida por mucho tiempo, una forma de llenar de palabras y de fuego los vacíos y las ausencias del Estado. Aún no logramos comprender lo que significa que en Colombia se haya llevado a cabo un paro cívico como el que presenciamos, pues la realidad aún es bastante densa y confusa como para dar alguna apreciación contundente sobre la magnitud de esa coyuntura, pero sí se puede hacer mención de algunos elementos para caracterizar ese momento.

Un asunto que hace muy difícil la lectura del tropel es que no sabes muy bien por qué se estaba tropeleando. La rabia es tanta que logró enceguecer al movimiento y llevarlo a perder de alguna forma el horizonte, hubo una ausencia muy marcada de una meta común, un descrédito por quienes decían representar el paro en todos los niveles, y un desespero al no ver los logros obtenidos.

Otro asunto importante fue el evidente nivel de demencia de muchos de los y las jóvenes que configuraron la Primera Línea. Son las hijas y los hijos de un Estado que, como buen padre colombiano promedio, abandona a sus hijos. Son jóvenes que no tienen absolutamente nada que perder, ni la vida, pues yo creo que muchos de ellos la tienen perdida desde antes de nacer, y lo más conmovedor, es que de esos jóvenes sin esperanza y sin un futuro evidente están llenos nuestros barrios.

Se pudo apreciar una felicidad ardiente, y la plena conciencia de que ese pudo ser su último acto sobre la tierra, ejemplo de esto fue ver un joven que se abalanzó sobre una tanqueta en movimiento a chuzarle las llantas con un cuchillo, sin temor alguno a ser estripado.

Son jóvenes cansados del maltrato policial, cansados de todo tipo de represión, cansados de ser los ninguneados de esta sociedad. Dijeron que a muchos de los pelados les pagaron por incendiar bancos y tumbar fotomultas, información que es muy difícil de corroborar, pero de ser cierta el mensaje es el mismo: los pobres de Colombia le gritan al mundo, ¡tenemos hambre! Sus rostros demuestran que las banderas rojas ondeadas al inicio de la pandemia no eran un chiste, pues las condiciones de pobreza de nuestro país cada día son muy extremas y por eso y las formas de manifestarse son igualmente extremas. No sé quienes somos nosotros para decirle a esos pelados que no hagan esas cosas, o que no actúen con violencia, sabiendo que hasta el hecho de no utilizarla es de alguna forma un privilegio, en cuanto a esto puedo decir que las parceras aciertan bastante con sus palabras, “no me diga que me quede quieta, esto es lucha, y violenta se pone el hambre cuando es mucha”.2

Sin lugar a dudas de las cosas más complejas de entender son los niños en Primera Línea, pudimos sacar tres de la confrontación: uno de diez años y dos de catorce, eso me cuestionó mucho, porque aunque dimensione las condiciones de vida de esos niños, y pueda entender el porqué están ahí, es muy desgarrador ver que a nadie le importa la vida de esos pequeños, quienes a su vez son la muestra más fehaciente que la Primera Línea es el clamor de la pobreza, fenómeno que no puede llevar otro nombre diferente a: Las neas en pie de lucha.

Notas

  1. Frase tomada de la canción La caza de Nariño, de Alcolirykoz, 2021.
  2. Intervención musical en el metro de Medellín, por Lianna, Briela Ojeda y La Muchacha.

Quién

Sebastián Pérez
Sebastián Pérez
Nacido en Medellín y criado en el municipio de Itagüí, es hijo de Nora Arbeláez y Fredy Pérez. De profesión es sociólogo y realizador audiovisual, actualmente se desempeña como montajista y docente universitario; es un apasionado por el fútbol, profundamente hincha de Nacional; amante de la investigación social y la salsa.

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