En tiempos necróticos de pandemia: un manifiesto de amor/vital

En momentos en los que amar la vida parece significar temerle, en los que el pavor se confunde con el cuidado, la profesora Maria Cristina López nos interpela amorosa y radicalmente. “Sabernos tremendamente contagiados de vida en medio de tanta muerte”: nuestra defensa, militancia y, en este caso, nuestro manifiesto. [Imagen de portada: Guache].

Este escrito es un manifiesto. Un manifiesto vital para declararse amante de la vida en tiempos de la muerte.

Este manifiesto reclama el profundo amor hacia la vida y la obsesiva necesidad de perseguirla en todas sus formas.

Este manifiesto se declara en contra del mundo, del apestoso mundo necrótico en pandemia que padece por no superar su temor a la muerte y amar suficientemente la vida.

Este manifiesto habita el único tiempo para la vida en esta época: el hoy. Hoy, hay que decidir no morir, no matarse, no agonizar en el sufrimiento de este mundo insufrible.

Hoy, más que ayer, hay que decidir no darle paso al nihilismo, a esa nada infértil que espera desesperadamente esperanza de un porvenir de héroes y heroínas de otros tiempos, futuros por supuesto.

Hoy no hay que esperar que esta raza insensible que se inventó “lo humano” para moralizar el sentir y despotenció la vida animal para no sentir tanto, se extinga y, por fin, la anarquía sea posible.

Hoy, no hay que malgastarse en la depresión, aunque este mundo no sea el mejor y, quizá la manía hable a través de las voces. Hoy, hay que decidir con plena convicción amar tanto, tanto, ¡tanto! cualquier rezago, chispa o remanente de vida hasta que el mundo nauseabundo no duela.

Y si después de tanto amor e intentar amar tanto, el mundo aún duele pues que nos salve la mentira, la ficción de la pasión que ha salvado a tantxs otrxs en otros tiempos de volver a la parca pesadez de sabernos tremendamente contagiados de vida en medio de tanta muerte.

Que los afectos negativos no tengan efectos negativos, pesimistas y oscuros en nosotrxs. Que esta tierra fértil que originariamente somos pueda mantener florecida la llama de la vida.

Que el exilio de la política y la militancia fáctica no representen la muerte de quien osa criticar el mundo con la fiereza ontológica necesaria para vivir, resistir, rebelarse y consumir en todos los grados la vida.

Ahora, hay que ser clarxs, no hay tiempo para más. Mundo y vida son antagónicos. Hoy, quien habita este mundo necrótico con temor a la vida está muertx. No se puede estar “bien adaptado” a esta distopía que siendo un muerto sin vida.

Hoy hay vida en la locura y hay que decidir con firmeza perseguirla. No de manera formal y romántica sino, animal y grosera. Perseguir la locura en la sinrazón que abandona el por qué: el buscar y entender por qué la pandemia y no el Covid-19 nos quita la vida.

Hay que sentir y liberar la locura, anteponer el deseo, la afectación, los afectos y el sentimiento a la razón, a la ley de la palabra, por ahí, y con algo de suerte, terminamos bailando con nuestrxs animales.

Entonces decidamos voluntariamente abrazar la locura hoy. Ahora, en el lecho de la vida que no nos pueden quitar, ni reprimir, ni gobernar, ni amedrantar, ni enfermar, hay que aferrarse al amor con suma franqueza para sentir un poco el calor, el afecto, la linda magia que existe al enamorarse de la vida vivida junto a lxs otrxs, en común/unidad en la comunalidad solidaria, altanera, confianzuda y rabanera a ratos.

Lo absurdo es ley en el mundo tanatorio: amar la vida significa temerle y confundir el miedo con el cuidado. Hay que vivir en ese mundo, mundo de muertos cuidando la vida de la vida misma.

La vida no se cuida, se consume y nos consume, nos devora, nos quema, nos transforma, se gasta… se muerde, se folla, se erotiza, se desacraliza, se destruye, se vive… lo que sea que eso signifique. Como dijo Stirner: gozar de la vida es devorarla y destruirla.

Basta decir algo más antes de cerrar el manifiesto a quien lo lee o lo escuche: aún desconocidx sepa que le amo. El solo acto de amar y buscar la vida en su singularidad en medio de la identitaria muerte —hoy— es un acto de resistencia.

Lo inédito hace que ya no duela el mundo y, que, por lo menos, roce la vida en su forma más espléndida: en el amor a lo desconocido, a lo que está por nacer: en la unicidad que está por conocerse está la vida que se vivifica viviendo sin temor.

Que el amar la vida en todas sus formas potencie la vida que desean matar. Que su temor a que vivamos sea el único temor que aumente amando hasta que ya no duela el mundo, hasta que la comunalidad vuelva en la manifestación de sentirnos vivos más acá del temor a la muerte.

 

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