Copa América. Luces y Sombras

Para muchos, hablar de fútbol en un contexto como el colombiano parece un crimen porque incluye callar sobre los asesinatos y la represión. Sin embargo, hoy más que nunca el fútbol ha sido plataforma para comprender qué es lo que sucede en el país y el continente. La Copa América, estandarte del fútbol regional, se realiza mientras el pueblo latinoamericano muere de covid-19  de hambre. Aquí una reflexión del politólogo Steve García sobre la realización del “torneo más antiguo del mundo”. 

¿Una locura digna de mejor causa? ¿Un negocio vulgar y silvestre? ¿Una fábrica de trucos manejada por sus dueños? Yo soy de los que creen que el fútbol puede ser eso, pero es, también, mucho más que eso. Como fiesta de los ojos que lo miran y como alegría del cuerpo que lo juega.

Eduardo Galeano

“El torneo más antiguo de selecciones del mundo” es la chapa con la que la CONMEBOL saca pecho para vender su producto estrella al mundo. Una frase formalmente cierta pero tan materialmente engañosa como el título de “la democracia más antigua de América Latina” que se autoproclama Colombia.

Desde su origen, en el año 1916, el que fuera nombrado como Campeonato Suramericano de Selecciones, estuvo motivado por intereses de instituciones gubernamentales. En ese momento, desde Argentina se propuso un evento deportivo como celebración del centenario de su independencia, que, pese a su nombre, sólo tuvo la participación de las selecciones de Uruguay (primer campeón), Chile y Brasil, además del anfitrión.

Este emparentamiento entre los eventos de fútbol y las celebraciones políticas no era una novedad; ya en 1910, también desde el gobierno argentino, se había promovido la celebración de un torneo para la conmemoración del centenario de la Revolución de Mayo. Y seguiría como una constante, con ejemplos emblemáticos como el primer mundial de fútbol, celebrado en Uruguay como conmemoración del centenario de la Jura de la Constitución; evento para el cual se construyó especialmente el mítico Estadio Centenario.

El interés de las instituciones en el fútbol siempre ha estado fundamentado en el reconocimiento de su enorme importancia popular, por lo que, al mismo tiempo que los gobiernos lo toman como perfecto vehículo de sus causas y celebraciones, es posible identificar manifestaciones de las gentes reclamando el fútbol como suyo, más allá de las causas institucionales. Tal es el caso de la “Copa América” de 1919 celebrada en Brasil, cuando se desataron protestas pidiendo al gobierno eliminara la prohibición para que jugadores negros hicieran parte de la selección.

Las protestas lograron su objetivo y Arthur Fridenreich, hijo de una negra brasilera y un comerciante alemán, se convirtió en el primer futbolista negro en representar a Brasil. En ese torneo las faltas cometidas a jugadores negros no fueron penalizadas.

Paradójicamente, la copa de 1919 se celebraba en Brasil en medio de protestas, un año después de lo planeado, ya que en 1918 tuvo que ser cancelada debido a la pandemia por la gripe española, en la que incluso murió el entonces presidente Francisco de Paula Rodrigues Alves. ¿Qué tanto han cambiado las cosas 100 años después?

La selección Colombia se unió a la competición apenas en 1945, cuando aún no existía la liga profesional, presentado un equipo basado en el Junior de Barranquilla. Sólo hasta 1975 cuando apareció por primera vez el nombre Copa América, se tuvo la participación de las 10 selecciones sudamericanas. Este torneo marcaría la modernización institucional de la CONMEBOL, acompasada por sucesos de una década marcada por las dictaduras y la consolidación del capitalismo, también en el futbol. La aparición por primera vez de publicidad en una camiseta de un club de fútbol, el crecimiento de la cobertura por televisión y el surgimiento de las superestrellas del fútbol, empezando por el consagrado Pelé, triple campeón del mundo en el primer mundial transmitido por televisión a color, fueron muestra de esos vertiginosos cambios.

En el centro del triángulo fútbol, gobiernos y negocios está la CONMEBOL, que es una de las expresiones más claras de la magnitud del fútbol en la historia moderna. Mucho antes de la globalización y del surgimiento de las instituciones internacionales que configuran el mundo como lo conocemos hoy, en el seno del futbol surgieron instituciones globales como la FIFA y asociaciones nacionales se juntaron para cooperar en torno a fines comunes, configurando instituciones transnacionales como la CONMEBOL.

El encarnado fenómeno de corrupción y autoritarismo asociado a las instituciones suramericanas no es ajeno a este deporte y esta similitud se puede explicar fácilmente al ver que la dirigencia del fútbol sudamericano está plagada de personajes políticos. El actual presidente de la CONMEBOL, Alejandro Domínguez, es hijo de Osvaldo Domínguez, uno de los hombres más ricos de Paraguay. Conocido por haber sido presidente del club Olimpia por 25 años, además de participar como precandidato a las elecciones presidenciales de su país. Además, uno de los tíos de Alejandro fue esposo de la hija de Alfredo Stroessner, el dictador del país entre el 54 y el 89.

Domínguez, economista de la Universidad de Kansas –igual que el expresidente colombiano Juan Manuel Santos–  llegó a la dirigencia de la Confederación en 2016, después de la convulsión del “FIFA GATE”, y el inicio de su presidencia quedó marcado por la visita a la Casa Rosada para entregar una réplica de la Copa Libertadores e invitar personalmente a su amigo, Mauricio Macri, a la Copa América Centenario. En 2018 fue reelegido, y así inicia su segundo periodo, con la entrega de la Orden del Honor del Fútbol Sudamericano al, para entonces, presidente argentino y ex presidente de Boca.

Pero es que la Confederación Suramericana de Fútbol es una institución absolutamente atípica incluso dentro del futbol. Igual que el Vaticano –por traer un ejemplo que nos ayude a dimensionar–, es la única institución deportiva que cuenta con los privilegios de inviolabilidad diplomática, otorgados para su sede en Paraguay por medio de la ley 1070 del 97. El artículo 3 de la mencionada ley dice “La inviolabilidad dispuesta en esta ley, tiene el mismo alcance que la establecida en las secciones 3 y 4 de la Convención sobre los Privilegios e Inmunidades de las Naciones Unidas…”.

En el marco de la actual pandemia, la CONMEBOL ha hecho gala de su poder, haciendo anuncios de partidos y competiciones incluso en contra o sin tener en cuenta las restricciones de gobiernos locales para mitigar la propagación del COVID 19. Al mismo tiempo, es la única institución que se precia de tener autoridad sobre sus propios protocolos de bioseguridad, pese a que sus competencias se desarrollen por todo el continente. Finalmente, también han sacado a relucir que es la única institución que ha hecho gestión privada de vacunación para sus asociados en el mundo, pese a que la vacuna gestionada, la de Sinovac, no ha sido aprobada por el Ministerio de Salud argentino y que el gobierno brasilero había anunciado inicialmente que, si las vacunas llegaban a su territorio, serian decomisadas y utilizadas para la población priorizada.

Después de la copa de 2015, empañada por el escándalo del FIFA GATE, se vino la improvisada copa del centenario de la competición en 2016, realizada en Estados Unidos y con Catar como participante invitado. Valga decir que, producto de esa copa, se generó un distanciamiento de la CONMEBOL con la CONCACAF, debido al incumplimiento de pagos por concepto de taquillas a esta última. En 2019 se realizó una nueva versión en Brasil; y en 2020, con la excusa de igualar los calendarios con la competición homóloga de la UEFA –la Eurocopa– se propone una nueva versión. El prestigio del torneo más añejo de selecciones, que se venía realizando cada 4 años, queda por el piso por el afán de sacar el mayor provecho económico con cuatro ediciones en 5 años.

La Copa América 2020 –después 2021–, viene como parte de una seguidilla de versiones justificadas a como dé lugar por la CONMEBOL para aprovechar el enorme rédito económico de los patrocinadores cataríes. Los mismos que son dueños del PSG, organizadores del mundial 2022 y creadores de ciudades –literalmente ciudades enteras– futbolísticas para la preparación de deportistas de cara a su participación en su mundial, por medio de la polémica academia Aspire. Son los dueños de los derechos deportivos de la Copa América para el público asiático y de oriente.

La CONMEBOL va primero y el negocio se impone a la “diplomacia” si los intereses políticos no van a la par del caculo de las ganancias. Colombia es, tal vez, el mayor ejemplo de esto. De las tres veces que Colombia ha sido elegida como sede de la Copa América –1951, 2001 y 2020–, dos veces se le ha quitado y una más estuvo en duda hasta último momento. “La democracia más estable de América Latina” no ha tenido la estabilidad suficiente para satisfacer las condiciones de la CONMEBOL para realizar la Copa de selecciones más antigua.

La deslucida y polémica versión 2001, la única de las tres otorgadas a Colombia que se pudo realizar, fue tal vez el mayor esfuerzo diplomático y mediático del gobierno Pastrana. Sin embargo, esto no fue enteramente un mérito del gobierno, más bien fue posible por las presiones de Traffic, empresa dueña de los derechos de transmisión, y los principales patrocinadores: Coca Cola y Mastercard.

La versión del año 51 tuvo que ser cancelada debido a que los equipos de la naciente liga profesional colombiana estaban contratando jugadores de todo el continente de manera ilegal y como consecuencia Colombia fue expulsada de la FIFA. Para esa época, a los dirigentes colombianos les importó poco, pues su negocio era rentable y el fútbol era el principal frente diplomático del país. En palabras del entonces embajador de Colombia en España y luego Ministro de Relaciones Exteriores, Guillermo León Valencia, “Más han hecho los hombres del fútbol en 90 minutos que yo en España en 2 años cómo embajador”, a propósito de unos partidos disputados entre Millonarios y Real Madrid.

Si se quiere, a modo de casualidad por lo menos curiosa, Colombia regresaría a la FIFA después de someterse a la regularización de la liga por medio del denominado “Pacto de Lima”.

Llegamos entonces a la Copa América 2021, con el absurdo logístico de una sede compartida entre dos países cuyas capitales están a 7000 kilómetros de distancia, tal vez como anticipo a la incapacidad colombiana para ser sede única del evento, o el intento de construir el producto televisivo soñado: Messi levantando una copa por primera vez con la selección mayor argentina en el estadio Monumental, con la publicidad de Catar Airways de fondo.

Sostengo que el mayor atractivo del fútbol como deporte de representación popular y, al mismo tiempo, como producto televisivo, tiene que ver con su impredecibilidad. Para el primer caso la esperanza siempre viva de que cualquier equipo, por pequeño que sea, puede alzarse ante los más grandes; y para el segundo, el morbo y el drama en su máxima expresión empaquetado como programa de televisión que está incluso por encima del riesgo de spoiler. Y esa “dinámica de lo impensado” en el fútbol, de la que hacen parte fundamental los hinchas, lo convierte en una espada de doble filo: al mismo tiempo que es el producto perfecto para entretener –distraer si se quiere–, es el mayor cartel del mundo en tiempo real para poner en el centro de la opinión publica cualquier causa. El estallido social que vive Colombia nunca estuvo tan vigente en los medios del continente como después de que la transmisión de los partidos de Copa Libertadores, en los que jugadores de River Plate y Atlético Mineiro se vieran doblegados por los efectos de gases lacrimógenos. El sonido de las bombas aturdidoras lanzadas por la policía, obligaron a relatores y comentaristas de la transmisión oficial a referirse a la situación del país.

“Habría que preguntarse por qué el fútbol no tiene la sensibilidad de identificarse con las necesidades del pueblo colombiano (…)
Me parece hasta irrespetuoso hablar de fútbol cuando están pasando hechos lamentables afuera de la cancha”. Decía Diego Latorre en vivo por el canal ESPN para todo el continente.

La actual coyuntura social en Colombia ha permitido ver claramente al fútbol como escenario de organización política. El rechazo generalizado al gobierno de Iván Duque logró incluso que las barras organizadas, que en muchas ocasiones han sido pintados como fanáticos irreflexivos, se juntaran en apoyo a las consignas del paro nacional, pidiendo que no haya fútbol en medio de la barbarie.

El gobierno colombiano, que apuesta por mantener un discurso totalmente paralelo a la realidad social, incluso desmintiendo las versiones de organizaciones como Human Rights Watch y la misma Comisión Interamericana de Derechos Humanos sobre las evidentes violaciones de derechos humanos en el marco del tratamiento de la protesta, quedó expuesto ante el mundo en gran medida gracias al fútbol.

Ante el inminente anuncio de la CONMEBOL para quitarle la Copa América a Colombia, Iván Duque no reculó y mantiene la estrategia de construir una realidad paralela. Finalizando el mes de mayo, el ministro del deporte Ernesto Lucena anunció que Colombia iba a solicitar a la CONMEBOL el aplazamiento de la copa para final del año, con la finalidad de que el evento pudiera tener público en los estadios. La solicitud evidentemente iba a ser negada, pero borraría la posibilidad de que los medios titularan que la copa no se pudo realizar por la incapacidad del estado para tramitar la protesta social. Sólo unos días después de que se negara la solicitud de aplazamiento, se anunciaba que el partido entre Colombia y Argentina por eliminatorias, programado 5 días antes del inicio de la Copa América, tendría público presente en el estadio Metropolitano.

El negocio y el interés político coinciden nuevamente en Brasil. Después de descartar a Colombia por la preocupación de que la movilización social empañe el producto televisivo, como pasó en la Copa Libertadores, y a Argentina por la preocupación en el manejo de la pandemia, se descartaron también Estados Unidos, por las asperezas producto de deudas no pagadas de la versión 2016; y Chile, que, pese a su buen manejo de la pandemia y la superación del estallido social iniciado en 2019, no aceptó la solicitud de la CONMEBOL para conceder exenciones tributarias para el evento; que si había concedido Colombia, al mismo tiempo que tramitaba una reforma tributaria.

Poco más de 100 años después de la copa realizada en medio de la crisis sanitaria de la gripe española, se inicia la versión 2021 de nuevo en un Brasil con cifras que han superado las 3000 muertes diarias por la pandemia del Covid 19. A un par de días del inicio del torneo, el primer reporte oficial habla de más de 50 casos de Covid asociados a la realización del evento, y al mismo tiempo, la organización impuso una multa de 20.000 dólares al goleador de la selección boliviana, Marcelo Martins, por manifestar en sus redes “¿La vida del jugador no vale nada?”.

La Brasil que fue capaz de organizar el mundial 2018, literalmente cercando las favelas para que no tuvieran acceso directo a las vías principales que llevaban a los estadios de la competición, inicia la Copa después de las declaraciones de las mayores figuras de las selecciones en contra de la realización del evento y el retiro de grandes patrocinadores como Mastercard.

“Fútbol, dinámica de lo impensado”, donde los banqueros le dan lecciones de ética a los gobernantes y los “barra brava” se suman a los movimientos sociales, para impedir que se juegue a la pelota mientras falte dignidad.

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