“Te amaré hasta la muerte”. Crónica contra la violencia patriarcal

Como muchas otras, la historia de Jessica Alexandra Gómez pasó de agache para la opinión pública nacional. Una mujer incinerada por su expareja en la ciudad de Neiva, otra muerta más gracias la sociedad patriarcal y al amor autoritario. [Imágenes de portada: Campaña gráfica #VivasNosQueremos].   

Por: Liseth R. Ortega*. Eso era lo que me decía mientras que con un fuerte abrazo me llenaba de paz el alma y con un beso largo en la frente me hacía saber que él sería quien me protegería de cualquier cosa.

Amé cada instante de risas que compartí a su lado, la intensidad de nuestras caricias hizo que me apegara como imán a sus brazos sin entender en ese momento que entre polos opuestos también pueden destruirse.

Creí en cada palabra que salió de sus labios y con sus detalles empecé a construir el mágico castillo en mis sueños, donde nuestro amor sería eterno.

Éramos muy jóvenes aún para comprender que “amor” no es solo una palabra que se dice cuando el corazón se siente pleno, sino que es algo que se demuestra en cada acción, que se construye con el correr del tiempo y que nos obliga a luchar con nuestro propio ser dañino, para evitar lastimar a la otra persona.

Decidimos construir juntos nuestro hogar de ensueño y pronto tendríamos a nuestro primer retoño. Me hacía feliz empezar a crear una vida a su lado.

Las cosas empezaron a cambiar y a veces me daba miedo lo que pronunciaban sus labios. Esos mismos que me hacían subir al cielo con sus palabras, besos y sonrisas me bajaban de inmediato a la realidad que mis ojos aún se negaban a ver.

Lloré porque no sabía qué hacer, lo amaba y sabía que era solo cuestión de horas para que se le bajara el calor de la rabia y volviera a ser el mismo hombre de mis sueños.

Eso es el amor, ¿no?

Ser incondicional sin importar nada.

Trate de ser mejor mujer para él. Ya con tanto tiempo viviendo a su lado aprendí a conocer cada estado de ánimo que él tenía, sabía que debía o que podía hacer en cada uno de ellos para evitar que se convirtiera en ese monstruo a quien tanto le temía.

Al final nada era suficiente. Con cada acto de amor que yo tenía hacía él, perdía mis fuerzas para alejarme de sus brazos y él se agrandaba más, creyendo que yo era un objeto al cual le había grabado su nombre.

Me confundía… a veces era el monstruo de mis pesadillas y a veces era el hombre de mis sueños.

Otro retoño venía en camino. Sentí felicidad pues pensé que era una muestra de amor más para que él se sintiera seguro de lo que yo sentía hacia él, pero… todo empeoró.

Las caricias que me empezaba a dar dolían, y a pesar de que él decía que eso no era nada y me trataba de floja, se evidenciaba lo contrario con grandes morados en mi cuerpo al día siguiente.

Ya no era feliz.

Ya no era yo.

Permití cambiar mi ser por darle tranquilidad al suyo, aun así, nunca fue suficiente y ya estaba cansada de mentirme con la esperanza de que él cambiaría.

Mis hijos me alentaban a ser fuerte, a resistir más, pues sola, no podía brindarles nada. No quería molestar a mi familia con mis problemas, ellos ya tenían muchos por resolver.

Trataba de aparentar que todo estaba bien para no preocuparlos, pero ellos sabían que algo pasaba.

Un día dije ¡no más!

Ya no aguantaba que me pisoteara de esa forma, como si fuera un ser insensible a quién las palabras de odio no herían y los golpes no sentía.

Como respuesta a esa decisión, recibí amenazas y volví a sentir temor.

El bienestar de mis hijos era mi responsabilidad y no podía permitir que él les hiciera daño por vengarse de mí.

Callé y bajé nuevamente mi mirada, decidí aguantar y más ahora que tenía otra vida en mi vientre.

Me resigne a que esa era la vida que me había tocado, por amor a mis hijos. No quería que pasaran hambre, no quería verlos vivir con el mismo miedo de que su padre les hiciera algo por rehusarme a estar con él.

Las peleas eran constantes, los golpes me mataban de a poco y el miedo que estaba evitando ver en los ojos de mis hijos apareció.

¡Ya no aguanté más! Me cansé de cubrir los moretones resultantes de los golpes que él me daba y decidí resguardarme en el amor de mi familia.

Como siempre mi padre me abrió las puertas de su casa y me buscó junto con mis hermanos un espacio para mis hijos de 8, 6 y 3 años, para construir nuestra nueva vida.

Empecé a sentirme más fuerte, y el temor a las amenazas del monstruo de mi ex desaparecieron pues creí que él no sería capaz de lastimarme.

Sonreí nuevamente, soñé, vi la vida desde otra perspectiva y agradecí inmensamente el poder alejarme de la condena que tuve, por amar al papá de mis hijos.

Pensé que esa pesadilla había acabado y logré sentirme en paz.

Poco a poco mi familia empezó a curar esas heridas que no solo estaban en mi piel, sino también en mi alma.

¡Sí que era feliz!

El 31 de diciembre del año pasado a las 3 y 40 am yo descansaba en la habitación donde también dormían 2 hermanos. Abrazaba a mi hija de 3 años.

Mi ex llegó a buscarle problema a otro de mis hermanos y aprovechó el momento para ver el cuarto donde me encontraba.

Jamás imaginé que en el sitio donde inició todo, sería el mismo donde también terminaría.

Él se las ingenió para entrar a la casa.

Sin importarle que la bebé estaba conmigo nos bañó en gasolina y con sevicia nos prendió fuego.

Mis hermanos se despertaron asustados al escuchar mis quejidos mientras la candela se hacía incontrolable. Trataron de apagarnos con sus sábanas y nos internaron en la clínica.

Mi caso se empezó a escribir con furia en las noticias locales y regionales, mientras que yo luchaba con fuerza para poder estar con mis hijos nuevamente.

Mi bebé estaba avanzando en su recuperación y yo intenté; les juro que me forcé por seguir viva para ellos, pero las heridas de mi cuerpo no me lo permitieron.

El 4 de enero del 2020 a las 7 y 40 de la mañana mi corazón dejó de palpitar por culpa de un enfermo amor.

Que ironía, él me besaba la frente para hacerme saber que me cuidaría de cualquier cosa, pero no me pudo cuidar de su propio monstruo y me di cuenta de ello muy tarde

En honor a Jessica Alexandra Gómez (Tello – Huila), una madre de 24 años a quien su ex le apagó sus sueños. #NiUnaMenos.

* Bloguera.

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